Suicidio encubierto

Existen diferentes maneras de suicidarse y algunas de ellas son encubiertas, ni aún el paciente está conciente de ello, son actos llevados acabo cuando el paciente no ve sentido a la vida, y cuando su única salida para aliviar su sufrimiento es el morir, sin embargo, estás acciones que realiza, van dirigidas a la autodestrucción, por ejemplo el diabéticos que consume dulce, el paciente pancreático que no deja los encurtidos, la persona que se niega a comer por estética, el conducir de manera temeraria, el alcohólico que llega hasta la inconsciencia,  el transitar por lugares peligrosos, las personas con anorexia y por supuesto el que no usa mascarilla en una pandemia. Todas estas personas son suicidas. A continuación voy a describir las diferentes formas solapadas del suicidio.


. Todas estas personas son suicidas. A continuación voy a describir las diferentes formas solapadas del suicidio.

Se denominan fenómenos paranucleares del suicidio

(Rojas, 1978) o, simplemente, conductas parasuicidas

los comportamientos autodestructivos que se asemejan al 

suicidio y que conviene diferenciar, en base a su fenomenología y mecanismo motivacional, de la conducta suicida

propiamente dicha. Se define el parasuicidio como “un 

acto sin resultado fatal mediante el cual, sin ayuda de otros, 

una persona se autolesiona o ingiere sustancias con la 

finalidad de conseguir cambios a través de las consecuencias actuales o esperadas sobre su estado físico” (Grupo 

de trabajo de la Guía de Práctica Clínica de Prevención y 

Tratamiento de la Conducta Suicida, 2012). 

El término parasuicidio está cayendo en desuso desde 

que, en 2013, la Academia Americana de Psiquiatría lo 

sustituyera en el DSM-5 por el de autolesión no suicida

(Non Suicidal Self Injury, NSSI) al proponer el “trastorno 

de autolesión no suicida”, una categoría diagnóstica todavía en estudio (APA, 2013).

Nock y Prinstein (2004) definieron las autolesiones 

como cualquier conducta intencional y autodirigida que 

causa destrucción inmediata de tejidos corporales. El 

DSM-5 define la autolesión no suicida como una conducta 

por medio de la que el sujeto se inflige intencionadamente 

lesiones en la superficie corporal del tipo que suelen producir sangrado, hematoma o dolor, con la expectativa de que 

la lesión sólo conllevará un daño físico leve o moderado. 

El espectro de conductas autolesivas es muy amplio: 

puede ir desde provocarse daños corporales (arañarse, 

pellizcarse, cortarse, quemarse, etc.), hasta cortarse una 

oreja al modo de Van Gogh. A las automutilaciones se les 

ha llamado también “suicidios parciales” (Rojas, 1978). El 

denominador común entre las autolesiones y de las automutilaciones sería el ataque al cuerpo y la corporalidad sin 

finalidad suicida.

Muchas veces los clínicos y los investigadores toman 

las autolesiones como conductas suicidas sin serlo. Desde 

un punto de vista fenomenológico, la conducta suicida y 

la autolesiva son justo lo contrario: quien desea suicidarse 

quiere salir de la vida y dejar de sentir, mientras que la 

persona que se autolesiona desea sentir (siquiera sea el 

dolor corporal) y permanecer en la vida. 

Aunque las autolesiones no son conductas suicidas, 

mantenidas en el tiempo, aumentan el riesgo suicida (Sánchez-Sánchez, 2018). Esto se puede explicar en base a la 

teoría interpersonal del comportamiento suicida de Joiner 

(Joiner, 2005; Van Orden, Witte, Cukrowicz, Braithwaite, 

Selby y Joiner, 2010). Según este autor, la exposición a experiencias dolorosas y repetición de conductas autolesivas 

estaría en el camino de producir una habituación al dolor 

y desensibilización al miedo a la muerte, lo cual sería para 

este autor una condición necesaria para poder adquirir la 

capacidad de suicidarse, más allá de que se quiera o no. 

Desde esta teoría, todo lo que provoca un aumento del 

umbral al dolor corporal puede favorecer la adquisición 

de la letalidad necesaria para el suicidio.

Las automutilaciones

En las automutilaciones el mecanismo motivacional es 

más instrumental: véase conseguir una incapacidad laboral 

o librarse de una situación-límite (Sirit-Urbina, Fernández-D´Pool y Lubo-Palma, 2002). En la historia reciente 

de la minería se dieron casos de amputación de dedos de la 

mano mediante un hachazo. Esto se hacía como una manera 

de huir del pánico de unas condiciones infaustas de trabajo y 

donde la siniestralidad era la norma. En otras ocasiones las 

autolesiones se manifiestan como un fenómeno en cortocircuito en pacientes que sufren epilepsia (Rojas, 1978).

Suicidios encubiertos y equivalentes suicidas

De gran importancia social y psicológica son los llamados suicidios encubiertos y los equivalentes suicidas. 

Suicidios encubiertos

Se haba de suicidios encubiertos en referencia a accidentes de tráfico inexplicables (autocidios) y a las muertes 

por intoxicación o sobredosis, donde la “autopsia psicoló-

gica” (Martin-Fumado y Gómez-Durán, 2017) o el examen 

forense llevan a considerar la posibilidad de un suicidio. 

Ante una muerte por sobredosis, no es fácil saber si la 

persona se ha querido suicidar, o ha sobrepasado accidentalmente la dosis de sustancia con la que quería evadirse 

de la realidad; piénsese, por ejemplo, en las muertes de las 

actrices Romy Schneider y Marilyn Monroe. 

En los autocidios, se simula un accidente de tráfico 

como una manera de salvaguardar la estima familiar frente 

al estigma social. Se estima que el 5% de los accidentes 

de tráfico pueden deberse a una motivación suicida y en 

EEUU podrían llegar al 15% (Abramson, Alloy, Hogan et 

al., 2000). 

Por tanto, ni todos los suicidios registrados son suicidios 

auténticos, ni se registran como suicidios todas las muertes 

resultantes de intención suicida. 

Conviene también diferenciar el suicidio encubierto

de aquellos otros casos donde las personas se exponen a 

riesgos temerarios, pero en quienes prevalece el propósito 

de dominio o reafirmación del yo por encima de la búsqueda de la muerte. Rendueles los llama órdagos de suicidio

(2018). Se ve normalmente en jóvenes que juegan a la ruleta 

rusa, que compiten en carreras de coches o que muestran 

sus habilidades físicas en cornisas de rascacielos. ¿Se juega 

aquí con la muerte como una manera de calmar los impulsos 

agresivos y suicidas? El estilo de vida del escritor norteamericano Ernest Hemingway, buscando y exponiéndose a 

peligros continuamente (participación en guerras, asistencia 

a cacerías de animales feroces, viajes en avión en malas 

condiciones, etc.), representaría la caricatura de esta figura 

temeraria (Baker, 1974; Martin, 2006; Yalom y Yalom, 

1971). Desde luego, los límites del suicidio encubierto son 

difusos. Se requiere una autopsia psicológica antes de sacar 

conclusiones.

Equivalentes suicidas

Se llaman equivalentes suicidas (Castilla del Pino, 

2013) o suicidios lentos, indirectos, crónicos, sociales o parciales (Rojas, 1978), a las siguientes modalidades clínicas: 

a) Por un lado estaría el proceso de degradación o abandono 

personal que tiene lugar en las adicciones y en particular en la intoxicación alcohólica crónica. La ingesta 

masiva de alcohol tiene, a juicio de Castilla del Pino, 

dos significados motivacionales: (1) silencia el conflicto 

y se eluden los efectos de una concienciación de la situación y, por otra parte, (2) los efectos euforizantes de 

la droga seudoafirman la estima de la persona (Castilla 

del Pino, 2013). De acuerdo con este autor, el consumo 

de alcohol puede desempeñar un papel protector de la 

caída en depresión, gracias al cual los conflictos internos 

pueden ser mejor tolerados. Hay evidencia clínica que 

apunta a que, cuando se consigue la deshabituación del 

alcohol o cuando se suspende bruscamente su consumo, 

sobre todo si se lleva muchos años, aflora en muchos 

casos un proceso depresivo subyacente. Dentro de 

esta situación depresiva, si el sufrimiento emocional 

es muy alto (véase una vivencia de culpa y agresividad 

importantes) y la inhibición no está muy marcada, se 

puede ejecutar en un corto espacio de tiempo un intento 

de suicidio. 

b) Otra modalidad de equivalente suicida sería la anorexia. Desde nuestro punto de vista se consiguen tres 

cosas simultáneas mediante la decisión anoréxica: (1) 

se desplaza al campo del cuerpo un conflicto existencial que se evita, a saber: construir una identidad y 

un proyecto biográfico, (2) se consigue una imagen 

delgada socialmente valorada y (3) se externaliza una 

acusación o agresión al otro que se vive como causa de 

su fracaso existencial con lo que se consigue además 

cierta evitación de la propia responsabilidad. 

Pseudosuicidios

Interesa señalar otras conductas que tienen como resultado final la muerte, pero donde los indicios o evidencias 

apuntan más a que el sujeto no tenía una intención suicida, 

que a que sí la tuviera. Abarcarían aquellos casos donde las 

capacidades volitivas y cognoscitivas están afectadas, como 

sucede muchas veces en las defenestraciones de las personas 

con diagnóstico de esquizofrenia o en estados confusionales. 

El DSM-5 propone como diagnóstico que necesita más estudio el “trastorno de comportamiento suicida”. Los criterios 

D y E especifican que el acto no se inició durante un delirio 

o un estado de confusión y que el acto no se llevó a cabo 

únicamente con un fin político o religioso, respectivamente 

(APA, 2013). Es decir, se descartan las causas médicas y las 

motivaciones sociales

Suicidio abortado

Barber, Marzuk, Leon y Portera (1998) introdujeron 

el concepto de suicidio abortado, que se entiende como 

un paso previo al intento en el que no se llega a llevar a 

cabo la conducta y por tanto no se producen daños físicos. 

La conducta estaría caracterizada por un comportamiento 

potencialmente autodestructivo, con el cual el individuo, 

implícita o explícitamente, desea quitarse la vida, aunque en 

el último momento no lleva a cabo el plan. La importancia 

del suicidio abortado radicaría en su capacidad para alertar y 

en la posibilidad de actuar sobre el riesgo de futuros intentos 

de suicidio y de suicidio consumado.

Suicidio racional

Por otro lado, estaría el suicidio racional (Richman, 

1992; Siegel, 1986). Se refiere a cuando se constata en el 

sujeto una visión realista de una situación límite, cuando los 

procesos mentales que han llevado al sujeto a la decisión 

final de suicidarse no se han visto influidos por trastornos 

psicológicos, así como cuando el motivo del suicidio resulta 

comprensible biográficamente para observadores imparciales del mismo grupo social. Otros autores hablan de suicidio 

por balance existencial: una persona, a cierta altura de su 

vida, hace un análisis sobre los resultados de su existencia 

en ese momento concreto (Rojas, 1978). A nuestro juicio, 

sería muy similar al suicidio racional. 

El suicido racional suele darse principalmente en personas mayores que sufren una enfermedad irreversible, sin calidad de vida y donde la proyección de futuro aparece como 

algo negativo y sin esperanza. Se menciona como ejemplo 

prototípico de suicidio racional el de un paciente con cáncer 

irreversible acompañado de un grave deterioro de la calidad 

de vida. Esta situación parece haber sido la motivación del 

suicidio del actor Robin Williams o del escrito de eutanasia 

del poeta Juan Goytisolo. Este tipo de situaciones son las que 

se pretenden legislar mediante el derecho a la eutanasia y al 

suicidio asistido. Como dice la Proposición de Ley Orgánica 

sobre la eutanasia, Título II, artículo 4.3 (Congreso de los 

Diputados, 2017, pág. 6), “La persona ha de encontrarse en 

la fase terminal de una enfermedad o padecer sufrimientos 

físicos o psíquicos intolerables”. No se aclara la cuestión 

de quién decide y cómo lo que es tolerable o intolerable; 

por tanto, son pertinentes dos consideraciones en torno al 

suicidio asistido: peligros y fundamentos.

Suicidio pasivo 

Aquí la persona decide abandonarse a morir. El paciente 

con infarto abandona el estilo de vida adecuado, el diabético 

deja de inyectarse la insulina, etc. Sería un suicidio lento 

como los equivalentes suicidas. Interesa incluir aquí el 

“martirio clínico” como forma pasiva y lenta de suicidio. 

Desde una visión psicoanalítica, el mártir -dice Menningerse siente maltratado o víctima de la crueldad de otros o de 

la circunstancia mientras persigue un ideal. A diferencia 

del asceta, el mártir se autoengaña respecto hasta qué punto 

es uno el responsable último de su propio sufrimiento. Su 

única satisfacción sería sentir la compasión de los demás, 

para lo cual puede llegar a someterse a situaciones lastimosas extremas (Menninger, 1965). Según este autor, tras 

el martirio y el ascetismo, se darían simultáneamente tres 

motivaciones psicológicas inconscientes, aparentemente 

similares a las del suicidio: (1) un deseo de auto-castigo 

por una culpa o incapacidad difícil de llevar, (2) un deseo 

vindicativo de castigo a los demás y (3) un deseo de satisfacción erótica (Meninnger, 1956). Otros autores añadirían 

a ese listado de motivaciones inconscientes la satisfacción 

de una necesidad narcisista (Linares, 2020, en prensa). 

Homicidio-suicidio

Finalmente habría que hablar del grupo de asesinos-suicidas: se refiere a personas sin psicopatología ninguna que 

cometen homicidio antes de suicidarse. En nuestros días, 

este grupo se refleja en la violencia machista. Sería difícil 

responder aquí a la pregunta de si el acto suicida tras el 

homicidio es planificado o no. 

Suicidio catártico

Para terminar, interesa el fenómeno de los efectos catárticos asociados al intento suicida. Aquí la persona queda 

como inmunizada contra posibles nuevos deseos o impulsos 

suicidas (Rojas, 1978). En nuestra experiencia clínica no 

hemos encontrado este fenómeno si bien admitimos que la 

ausencia de evidencia no significa evidencia de ausencia.






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