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Una reina y una monja: mujeres insumisas


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16/11/2011

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Leonor de Aquitania y Sor Juan Inés de la Cruz, encarnan en la historia, esa constante que solo hasta ahora ha tenido una expresión política sin vuelta atrás: la inconformidad frente al secular estamento masculino




 

En días pasados cumplía una vez más con el derrotero académico de la materia que imparto en la Universidad. Son holgada mayoría las mujeres en mi aula, en la Escuela y en el campo de mi profesión. Y por eso siempre estoy a la espera de la protesta cuando es el caso que emplazo al alumnado a leer algunos extractos de la obra de Michel de Montaigne. “Me pareció un poco machista”, dice la alumna. “Un poco”, matiza con el mohín inseguro que más abona a la admiración que le causa el escritor de marras, que a temer la más mínima reconvención de mi parte. Porque tiene razón la alumna, si se juzgan las opiniones del autor sobre la mujer.

Suelo sortear el asunto, cuando se le plantea a mi cátedra, al excusar con convenciones a Montaigne: ilustre avecindado a La Gironda, de ese estuario bendito por los dioses, asiento de los mejores vinos del mundo, y la industriosa ciudad de Burdeos, de la que fuera alcalde entre 1581 y 1583, considerado el padre del ensayo literario, con todo, era el pobre hombre “un producto de su tiempo” digo yo. “Hay que verlo a luz de su tiempo”, insisto con otro lugar común, para relativizar la misoginia del gran bordelés, que por lo demás, hacia el final de sus días mucho valoró la compañía de Marie de Gournay, una moza de solo 20 años, tan atraída por la escritura de Montaigne, que debe el maestro a ella la organización de su obra final: “hija por alianza…sin duda amada por mí mucho más que paternalmente, e incluida en mi retiro y soledad como una de las mejores partes de mi propio ser”. Faltaban unos cuantos cientos de años para que tuviera expresión política lo que ha sido una constante desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer: a saber, la insumisión de ésta a un estamento secularmente masculino.

Una mulier fecit confusionem

Es precisamente Burdeos capital de Aquitania, una porción de territorio disputado por Francia e Inglaterra, por allá en el siglo XII de nuestra era, lo que hizo de su heredera de entonces, Leonor de Aquitania (1122-1204) dama muy codiciada.

No es posible discernir si el deseo que suscitaba, o mejor dicho, las fantasías y leyendas que cronistas atribuían a su irresistible belleza, no haya sido más que la sublimación de la ambición de dos reinos bárbaros.

En todo caso, la trovadoresca cosechó más de un episodio de amor cortés a la disputada reina, versos que hablan de una mujer demasiado dueña de sí misma para aquellos tiempos de cruzados ausentes y potenciales cornudos. Por dar un dato, se sabe que fue de las primeras divorciadas.

George Duby, ese extraordinario indagador de la historia puertas adentro (director del vasto estudio Historia de la vida privada, publicado en español por Taurus) aporta pistas, sobre la presumiblemente indómita Leonor: “…liberándose de la sumisión que las jerarquías instituidas por la voluntad divina imponen a las esposas, había cometido faltas graves. La primera vez, pidiendo y obteniendo el divorcio. La segunda, sacudiendo la tutela de su marido y levantando contra él a sus hijos”.

Siglos más tarde, una monja mexicana encarnaría, como ninguna, la confusión que una mujer de talento causaba en el pasado.

“Una mulier fecit confusionem”, atinó un tal fray Juan Silvestre ante la admiración que no podía evitar le produjera la pluma de Juana de Asbaje, hija ilegítima de la criolla Isabel Ramírez de Santillana y el español Pedro Manuel de Asbaje y Vargas-Machuca.

Mujer, poesía, nación

El sábado que pasó, Sor Juana Inés habría cumplido 360 años, un número redondo, que viene a cuento si cumplir con la pertinencia periodística de esta nota se trata.

Pero, más allá de efemérides apergaminadas, vale recordar que no en balde Octavio Paz eligió la figura de la poetisa como el alma de la infinita caja de resonancia que plantea en el mayor de sus libros consagrados al estudio y reflexión en torno a la poesía: Sor Juan Inés de La Cruz o las trampas de la fe (Fondo de Cultura Económica, 1982).

Escribe el premio nobel sobre las motivaciones para emprender una hazaña intelectual como pocas en el siglo XX hispanoamericano: “…pensé que valdría la pena (…) un libro que fuese, simultáneamente, un estudio del tiempo en que ella vivió y una reflexión sobre su vida y su obra. Historia, biografía y crítica literaria”.

Es probable que el haberse puesto a explorar en la vida de la monja de San Jerónimo, haya llevado a Octavio Paz a decir algo incontrovertible, como que la única revolución del siglo XX es la de las mujeres.

Paz se queda corto al circunscribir entre historia, biografía y crítica literaria el propósito que lo lleva a crear una gran obra a partir de la paradoja, la metáfora eterna que es Sor Juna Inés de la Cruz, una mujer cuya renunciación fue una sublevación a todo lo establecido, que para entonces era el imperio de la Iglesia que ella abrazó no se sabe, con todo y lo escrito por Paz, con cuáles misteriosos designios, esas trampas de la fe.

Cortesía elmundo.com.ve



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