Historias de un pasado que nunca llegué a vivir



 

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Siempre, desde muy pequeño, me ha gustado escuchar a la gente. De hecho, gracias a ello, he podido sacar enseñanzas y reflexionar sobre lo que me contaban. Esas historias son las que jamás ha podido enseñarme la escuela o, incluso, un libro o una película, y eso que soy lector ávido y fiel amante del cine. Sin embargo, algunas de esos relatos del pasado son parte de momentos únicos de mi existencia. 

De aquellos instantes, cargados de emociones, había, y sigue habiendo, un regalo imposible de comparar con lo que un papel puede dar o un visionado puede ofrecer. Porque ¡Lo real es algo único! ¡Sentir es algo único! ¡Amar es algo único! ¡Soñar es algo único!

Una historia empieza cuando hay algo que contar, pero no acaba cuando se deja de hacerlo, pues el silencio, y doy fe de ello, también, forma parte de nuestro relato. Desde que tengo uso de razón, intento alejarme de las pantallas luminosas y dejo el ruido a un lado. Así, me adentro en el viaje de la contemplación, del cultivo de la tierra, de la conversación con Dios y la escucha del silencio. Esa pausa, una o dos veces al año, cuando el tiempo y la rutina me lo permiten, me fue enseñada por mis queridos abuelos, Pilar Martínez Oliva y Perfecto Álvarez López. Y ¿saben cómo lo aprendí? Pues sí, escuchando sus historias. ‘‘No debes olvidar las cosas sencillas de la vida’’, me decían, y me siguen diciendo, por mi fortuna.

Mis abuelos son personas que, como muchos otros de su tiempo, de escribir libros no van muy allá, y tampoco de leerlos. Desde muy jóvenes, tuvieron que trabajar y buscarse la vida para dar la mejor de las venturas a su familia. ‘‘No había dinero para estudiar, ¡eran otros tiempos, hijo mío!’’, eso es lo que me contaban.

Mis abuelos, herederos del Quijote, nacieron en un pueblo llamado Almendros, en ‘‘La Mancha’’, situado cerca de Uclés, donde tuvo la casa matriz la Orden de Santiago, y donde descansan los restos de Doña Urraca, el Maestre Rodrigo Manrique y su hijo Jorge Manrique. Desde muy pequeño, escuché sus historias de la infancia en el pueblo y de su posterior éxodo a la ciudad, en el jardín de su actual casa, en Madrid. Y, ahora, las guardo en mi recuerdo con respeto y añoranza.

La vida de mis abuelos, querido lector, y seguro que como la de muchos de sus antepasados, es digna de contar, pero dejémoslo para otra ocasión.

Llegados hasta este punto, quiero recordar un instante de mi vida. En Toledo, en el Convento de los Carmelitas, cuando acudí a un evento sobre la figura del poeta Roy Campbell, escuché recitar un poema al ponente Emilio Domínguez Díaz, mi antiguo profesor y amigo. Desde entonces, se me quedó grabado un bello verso que hoy llevo por bandera. Decía así:

‘‘Escribir es conquistar a la muerte’’.

Por ello, mi regalo es escribir mi sentimiento sincero, si los quehaceres cotidianos me lo facilitan, de aquellas aventuras, coloquios o reflexiones que, de tantas y tantas personas, he podido escuchar.

No sé si hoy empieza una deuda, pero, si es así, estaré orgulloso de saldarla a través de un papel en el que resbalar la tinta de mi pluma. De momento, quiero agradecer a aquellas personas, hechas de otra ‘‘pasta’’, valientes, herederas de nuestra vieja Piel de Toro, el hecho de haber sido relatores, en demasía, de las historias de un pasado que nunca llegué a vivir.

 



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Historias de un pasado que nunca llegué a vivir


 

Eufemio Caballero Álvarez.

Siempre, desde muy pequeño, me ha gustado escuchar a la gente. De hecho, gracias a ello, he podido sacar enseñanzas y reflexionar sobre lo que me contaban. Esas historias son las que jamás ha podido enseñarme la escuela o, incluso, un libro o una película, y eso que soy lector ávido y fiel amante del cine. Sin embargo, algunas de esos relatos del pasado son parte de momentos únicos de mi existencia. 

De aquellos instantes, cargados de emociones, había, y sigue habiendo, un regalo imposible de comparar con lo que un papel puede dar o un visionado puede ofrecer. Porque ¡Lo real es algo único! ¡Sentir es algo único! ¡Amar es algo único! ¡Soñar es algo único!

Una historia empieza cuando hay algo que contar, pero no acaba cuando se deja de hacerlo, pues el silencio, y doy fe de ello, también, forma parte de nuestro relato. Desde que tengo uso de razón, intento alejarme de las pantallas luminosas y dejo el ruido a un lado. Así, me adentro en el viaje de la contemplación, del cultivo de la tierra, de la conversación con Dios y la escucha del silencio. Esa pausa, una o dos veces al año, cuando el tiempo y la rutina me lo permiten, me fue enseñada por mis queridos abuelos, Pilar Martínez Oliva y Perfecto Álvarez López. Y ¿saben cómo lo aprendí? Pues sí, escuchando sus historias. ‘‘No debes olvidar las cosas sencillas de la vida’’, me decían, y me siguen diciendo, por mi fortuna.

Mis abuelos son personas que, como muchos otros de su tiempo, de escribir libros no van muy allá, y tampoco de leerlos. Desde muy jóvenes, tuvieron que trabajar y buscarse la vida para dar la mejor de las venturas a su familia. ‘‘No había dinero para estudiar, ¡eran otros tiempos, hijo mío!’’, eso es lo que me contaban.

Mis abuelos, herederos del Quijote, nacieron en un pueblo llamado Almendros, en ‘‘La Mancha’’, situado cerca de Uclés, donde tuvo la casa matriz la Orden de Santiago, y donde descansan los restos de Doña Urraca, el Maestre Rodrigo Manrique y su hijo Jorge Manrique. Desde muy pequeño, escuché sus historias de la infancia en el pueblo y de su posterior éxodo a la ciudad, en el jardín de su actual casa, en Madrid. Y, ahora, las guardo en mi recuerdo con respeto y añoranza.

La vida de mis abuelos, querido lector, y seguro que como la de muchos de sus antepasados, es digna de contar, pero dejémoslo para otra ocasión.

Llegados hasta este punto, quiero recordar un instante de mi vida. En Toledo, en el Convento de los Carmelitas, cuando acudí a un evento sobre la figura del poeta Roy Campbell, escuché recitar un poema al ponente Emilio Domínguez Díaz, mi antiguo profesor y amigo. Desde entonces, se me quedó grabado un bello verso que hoy llevo por bandera. Decía así:

‘‘Escribir es conquistar a la muerte’’.

Por ello, mi regalo es escribir mi sentimiento sincero, si los quehaceres cotidianos me lo facilitan, de aquellas aventuras, coloquios o reflexiones que, de tantas y tantas personas, he podido escuchar.

No sé si hoy empieza una deuda, pero, si es así, estaré orgulloso de saldarla a través de un papel en el que resbalar la tinta de mi pluma. De momento, quiero agradecer a aquellas personas, hechas de otra ‘‘pasta’’, valientes, herederas de nuestra vieja Piel de Toro, el hecho de haber sido relatores, en demasía, de las historias de un pasado que nunca llegué a vivir.

 




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