Un viejo conocido

UN VIEJO CONOCIDO

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Platón, Ion1.

No sé si debido a que se habían percatado de que yo lo juzgaba como un error. No creo. El error era que el mercado abriera sus puertas a las nueve de la mañana, en lugar de hacerlo más temprano. O, lo que es más probable, porque las autoridades se habían confiado, y daban por dominada la pandemia. No era así. Tardaría mucho tiempo todavía en ser vencida. O, otra posibilidad, porque el asunto comenzaba a ser muy preocupante. Tanto que decidieron anteponer la economía a las personas. Ignoro si algo de esto influyó. Creo que todo, pero más esto último. Sea como fuere, la cuestión es que el mercado volvió a abrir las puertas a la hora habitual, a las siete de la mañana. Para mí fue motivo de alegría, pues llegaba allí, no tenía que hacer colas, dado que no había nadie, y en cuestión de quince o veinte minutos tenía hecha la compra para toda la semana.

Estaba distribuyéndola convenientemente en mi mochila de alta montaña cuando se me acercó un hombre, oculto tras su correspondiente mascarilla.

-Buenos días -me saludó.

Le contesté por educación. Si ya de por sí, en condiciones normales, me cuesta retener las facciones de una persona, no digamos nada de cuando esta va enmascarada como, y es el caso, mandaban autoridades sanitarias. Pese a llevarla yo, fui un libro abierto. Notó mi desconcierto.

-¿No se acuerda de mí? -me preguntó- Estuvimos hablando no hace mucho en la puerta de este mismo mercado. Esperando a que abrieran.

-¡Ah, si! Perdone -dije recordando la situación, que no el rostro- ¿Qué tal? ¿Cómo le va?

-Por ahora, y perdone que no le tienda la mano, me estoy salvando. Veo que también usted.

-Sí. Procuro salir poco de casa. No es ningún sacrificio para mí. Me gusta la soledad.

-Yo echo de menos estar con algunos amigos. Por cierto, ¿ha desayunado usted?

Vi inmediatamente lo que se me venía encima. Y ganas tuve de mentirle. Pero no sé porqué dije lo contrario de lo que pensaba. La verdad.

-No, no he tomado nada.

-Permítame que lo invite. Cerca de aquí hay una cafetería. Es muy grande. Está abierta, y a esta hora no hay nadie.

-No quiero estar en la calle. No me gusta.

-No. Ya le he dicho que es muy capaz. Estaremos dentro, y, seguramente, solos.

Cargué con mi mochila. Él llevaba un par de bolsas. Bien nutridas. Y así nos dirigimos al cercano bar. Como había dicho, estaba vacío. Nos sentamos en una mesa de un rincón, y pedimos sendos desayunos.

-¿Les pongo la televisión? -nos preguntó la amable camarera después de haber tomado nota de nuestro pedido.

-¡No, por Dios! -me salió del alma.

Nos quitamos las mascarillas para desayunar. Pudimos así hablar con menos dificultad.

-¿Y cómo le va el confinamiento? -pregunté por decir algo.

-Ya le digo. Se me está haciendo un poco pesado. Echo de menos estar con los amigos, salir al cine, o a comer con ellos por aquí y por allá. Veo que usted lo está llevando de maravilla.

-Sí. Me gusta mucho estar en casa. La gente -añadí intentando ser un poco simpático- siempre me ha producido un poco de miedo. Estoy mejor alejado de ella.

-No me diga. ¿En serio?

-En serio. Recuerdo que siendo joven vi una discusión entre dos conductores. Con los coches detenidos, hasta llegaron a las manos. Aquello me impresionó tan vivamente, que no me saqué el carnet de conducir hasta una edad bien avanzada, y porque me obligaron.

-No puede estar uno -me dijo sonriendo- pendiente de lo que hacen los demás para hacerlo él o no. Al menos no deben obligarlo a hacer lo que ellos quieran.

-Tiene razón. Pero siempre llueve sobre mojado. Pues otras veces he ido en contra de todos y de todo por hacer lo que me gustaba. Y cuando me ha interesado, me he plegado a cuanto me aconsejaban. Como todos. No soy una excepción.

-A mí -me comentó entristecido- me ha faltado esa fuerza de carácter. ¿Sabe? Me hubiera gustado estudiar música. Para mis padres era un lujo. Y no hacían más que atormentarme con la posibilidad de tener un accidente, perder una mano o un dedo, y entonces, qué iba a ser de mi vida. Casos famosos hay.

-Podía haberse hecho usted escritor -le dije intentando quitar hierro al asunto-. Escribir lo puede hacer incluso siendo manco. O cojo.

-No lo pensé en aquel momento -me dijo sonriendo.

-Me llama la atención -apunté intentando vencer melancolías y tristezas- ver a las pianistas. Son, por regla general, mujeres muy jóvenes. Y muy bellas, en la mayoría de los casos. Y siempre pienso lo mismo, y perdone por la simpleza de mi pensamiento: que esas mujeres hubieran sido las perfectas secretarias. Yo con el teclado del ordenador, una ridiculez, me hago un lío, y tardo en dar con la tecla adecuada. Y ellas, con todo un piano, con un millón de teclas, sin partitura, son capaces de tocar una sinfonía, y, además, acompañadas por toda una orquesta. Me maravillan. Utilizando el teclado del ordenador serían unas fueras de serie.

-Sí, desde luego está usted banalizando la música.

-Perdóneme. No era mi intención molestarle.

-No pasa nada. Pero sí, tiene razón: es admirable que estas mujeres manejen piano, o el violín, como lo hacen. Ahora, tenga en cuenta que, por regla general, son hijas de músicos. Han nacido tocando el piano. Llevan muchísimos años de entrenamiento.

-Eso es la base de todo. Creo.

-La práctica hace maestros.

-Eso pensaba yo también. Hoy en día lo dudo. Sí, es importante practicar. Todo cuesta mucho… Pero a veces, y por mucho que se luche, no se alcanza nada. Fracaso.

-Quizás haya que continuar luchando. No rendirse nunca.

-¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo reconocer que uno ha fracasado o que es un fracasado? Arrojar el escudo y mandarlo todo a paseo.

-Supongo que nada. Pero todo es bastante relativo en esta vida.

-Eso pensaba yo también. Pero no, hay cosas que no son relativas. Son absolutas y sin vueltas de hoja. ¿No ha tenido usted nunca la sensación de saber hoy menos que ayer, y mañana menos que hoy; y llegar al final de la vida sin saber nada de nada?

-No entiendo lo que quiere decir.

-Le estoy dando el desayuno -dije haciendo ademán de levantarme.

-No, por favor -exclamó-. Desde aquella conversación que tuvimos en las puertas del mercado no he vuelto a hablar con nadie. Explíqueme lo que quiere decir. Aunque creo que lo intuyo.

-Pues hable usted. Cuénteme su intuición.

-Muchas veces me ha pasado -comenzó a decir tras pedir, como un buen orador, una botella de agua- oír una sinfonía, o un cuarteto, cualquier pieza de música, y quedarme embobado por toda la belleza que he captado. Al cabo de unos días he vuelto a oír la misma sinfonía, buscando los mismos efectos, y estos habían desparecido. Totalmente. He insistido, una y otra vez, y no han vuelto a surgir. Pese a ello, he seguido oyendo música. Y con otras piezas se han producido momentos parecidos o similares. ¿Es eso lo que quiere decir usted?

-Sí. Creo que sí. Como le he dicho, entre el calor y el coronavirus, no me apetece nada salir de casa. He vuelto a releer viejos libros que tengo por los estantes. Unos, los más, de filosofía. Y ahí está el problema. Muchos de esos libros están subrayados, anotados de mi puño y letra… Hace muchos años. Mi letra de joven. Supongo que entonces los entendí. Ahora no entiendo nada. Ni siquiera las anotaciones que yo mismo hice. Dejo los libros de lado, y todo me parece mera palabrería sin sentido.

-¿No tendrá -me preguntó un tanto imprudentemente- problemas de memoria?

-No, no señor. No tengo alzhéimer. En casa tengo unos cuatro mil libros. Y sé dónde está cada uno de ellos exactamente. Lo que le digo nada tiene que ver con la memoria. Es algo más profundo.

-Perdóneme. Yo tampoco quería molestarlo.

-No me ha molestado.

Pedí yo también otra botella de agua. Y seguí hablando para tratar de borrarle la mala impresión que le hubiera podido quedar por su pregunta.

-Toda la vida hemos estado oyendo decir que en los ancianos se depositaba la sabiduría. Senado proviene de senex, anciano, el gobierno de los ancianos, de los sabios… Es mentira. Es falso. No sabemos nada de nada.

-Algo así decía Sócrates, ¿no? Me parece. Lo único que sé es que no sé nada -dijo sonriendo, como si esperara una buena nota tras un examen oral.

-Sí, eso dijo.

-Y usted dice que no sabe nada de nada.

-Déjeme que matice, como dicen nuestros ilustres politicastros, -le dije a fin de que no me tendiera ninguna trampa-. Mejor que no saber, digamos que no entiendo nada de nada. Que termino de leer un libro, y me quedo como si hubiera intentado recoger agua con un cedazo.

-Por lo que veo estamos en las mismas usted y yo.

-Es posible. No lo sé. Pero sigo leyendo y leyendo. Y la sensación de no entender nada cada vez se va agrandando más y más. Al final, el gran placer es estar tumbado en la cama sin hacer nada, sin pensar en nada, sin esperar nada. Nada de nada.

-No sea tan negativo. Siempre se queda alguna gota de agua en el cedazo.

-Sí. Es posible que tenga usted razón. Que no todo sea tan negativo.

-Seguro. Hay una pianista que a mí me encanta. Le pasaré un enlace para que la oiga. Esta mujer, muy joven por cierto, aparte de tocar como los ángeles, no hay vez que deje de tocar algún concierto y que no se levante con una sonrisa de oreja a oreja, de plena felicidad. Me encanta. El gozo del trabajo bien hecho…

-¡Qué suerte! A mí, al final de mi vida, me está quedando la misma sensación que tenía de joven. Recuerdo que entonces leí algunos diálogos de Platón. Y mi enfado con él fue monumental, pues tras haberme pelado las pestañas intentando dilucidar lo que decía, resulta que se terminaba el diálogo, y no había definido nada de cuanto planteaba. Y yo me quedaba sin saber nada. ¿Qué es la amistad? Silencio. ¿Qué es el amor? Más silencio. ¿En qué consiste la virtud y cómo ser virtuoso? Más de lo mismo. Y así estamos. Termino cualquier cosa, y desde luego, le garantizo que no sonrío. Ni de lejos.

-Bueno. Pese a todo creo que no podemos quejarnos -dijo llamando a la camarera paga pagar las consumiciones. Lo dejé hacer.

-Estamos sobreviviendo a esta maldita pandemia -añadió levantándose.

-Algo es algo -contesté cargándome la mochila sobre las espaldas y saliendo de la cafetería. En la puerta nos despedimos sin darnos las manos y poniéndonos, otra vez, las mascarillas.

-No sé si son efectivas o no -me dijo como despedida-. Pero vale más prevenir que curar. Por cierto, deme su dirección de correo electrónico y le envío el enlace de esa chica pianista.

Se la di. Me fui pesando que, tal vez, me vendría bien oír algo de música. Siempre he oído decir que ahí no hay nada que entender.

1Platón, Diálogos, Ion, Biblioteca clásica Gredos, Madrid, 2003. Tradución de Emilio Lledó. 532, e.






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