Un bello complemento

 

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Ramón Pérez de Ayala, Las máscaras.

La verdad es que el conocimiento de Enrique Martínez, mi nuevo amigo, estaba resultando todo un descubrimiento. Por una parte, pese a mis iniciales reticencias, porque me resultaba agradable estar con él; y por la otra porque me estaba incitando a oír música clásica. Una de mis muchas carencias. En mi vida, hasta aquel momento, no había asistido a más de diez o doce conciertos en directo. La música, la poca que oía, la oía en la radio o en el tocadiscos, creo que el aparato en cuestión ya no se llama así. Con Enrique, con sus enlaces, comencé a disfrutar de los conciertos viéndolos. Incluso me prometió que iríamos a alguno en cuanto pasara la fiebre del virus. La música vista es otro mundo. A veces me resultaba tristemente divertida.

-Ya sé -le dije nada más vernos en la cafetería- que me va a tildar de superficial, y de banalizar las cosas. Pero, en serio, buscando conciertos a través del ordenador, me he tropezado con unos cuantos, que me han entristecido, y no precisamente por la música.

-¿Qué ha pasado? -me preguntó sonriendo- ¿No irían todos los intérpretes descalzos?

-No. Los intérpretes iban muy bien vestidos. Muy elegantes todos ellos. Correctos. Lo que me llama la atención, a veces, es los atuendos que llevan los directores de orquesta. Por no hablar de sus gestos y de sus tonterías delante del atril. ¿De verdad hace falta tanta payasada y tanta contorsión para dirigir una orquesta? ¿O ir vestido como si fuera a un carnaval o a una fiesta de disfraces?

-¡Ay, amigo! -exclamó-. Hay personas que creen que Beethoven escribió sus partituras para ellos y su lucimiento personal. Y quien dice Beethoven dice el compositor que usted quiera. Pero eso, como sabe, es consustancial al género humano. Pasa en todos los órdenes de la vida y allá donde vaya. Siempre hay figurines y petimetres.

-En eso tiene razón. Cuando uno se sabe poca cosa, o cree ser un genio, hace como los ratones: siempre va buscando agujeros de los que adueñarse No se puede imaginar usted la cantidad de sandeces que tuve que oír a lo largo de la carrera a algunos profesores. Buscaban ser innovadores, descubridores de unas nuevas perspectivas y enfoques. Eso decían ellos. A fuerza de novedosos resultaron ridículos. Y casi todas las pretendidas innovaciones, por no decirles todas, quedaron en lo que eran, en agua de borrajas. A veces, el hombre resulta patético.

-No obstante -dijo introduciendo algo de serenidad- hay que ser un poco objetivos. Quiero decir que uno puede ser un genio en música, o como director de orquesta, y un necio redomado en su vida particular.

-Esa dicotomía es algo que yo nunca he acabado de entender. No le puedo hablar de directores de orquesta, ni de violinistas o pianistas, porque desconozco ese mundillo. Pero llevando el asunto a mi terreno, nunca me ha entrado en la cabeza que una persona instruida, culta, hasta con dominio de lenguas, sea, encima, un xenófobo o un ser insolidario. Sí, intuyo que me va a decir que la explicación es muy sencilla.

-Sí. Es más sencilla de lo que parece -me reafirmó-. No obstante, me estaba temiendo que me iba a salir usted con aquello de cómo era posible que los nazis se deleitaran tanto con la música, aparentemente, y luego hicieran cuanto hicieron. ¿No crea la música una cierta sensibilidad? ¿Una especie de panteísmo?

-No lo sé. Y no sé si ser xenófobo o no serlo depende de temperamentos, de cultura o de qué. A mí cuando me gusta algo, soy feliz compartiéndolo. Ya sé que no a todo el mundo tiene porqué gustarle el teatro o la filosofía; pero si lo desconocen que sea, al menos, porque quieren ellos y no porque no les dejan acceder a los libros o a los conciertos. Y para eso no creo que haya que distinguir entre razas, países ni colores de piel.

-Es usted un joven idealista -me dijo sonriendo.

-Hasta cierto punto -le respondí devolviéndole la sonrisa-. Tenga en cuenta que apenas salgo de casa, que no estoy metido en ningún partido ni asociación, y no hago nada por hacer carne y sangre mis ideas.

-Pues entonces no es usted un idealista. Es un escéptico.

-O un impotente. O si quiere, la zorra de la fábula, la que ha visto que las uvas están verdes, y que lo estarán sempiternamente.

-Le gustan a usted muchos las grandes afirmaciones. ¿No le parece que siempre queda un resquicio? ¿Algo por donde nos podemos salvar?

-¿Usted cree? Eso del resquicio me recuerda un cuento de mi juventud… Tal vez el cuento lo haya modificado mi memoria.

-Nada permanece incólume. Hace años, tal vez se acuerde, se puso de moda decir que oír música grabada, en discos o en cintas, era oír música enlatada. Por supuesto se utilizaba el término en sentido peyorativo.

-Bueno. Pues las sardinas enlatadas están bien buenas.

-Y más si son del norte. Pero cuénteme usted ese cuento que me iba a contar y que no me ha contado -dijo conteniendo la risa.

-Veo que está usted feliz.

-Tal vez porque hoy en día nadie repite aquella sandez de la música enlatada. Aunque no hay que olvidar que la capacidad de renovación del universo, y de las estupideces, no tiene límites. Pero, por favor, cuente usted su cuento.

-No es nada del otro jueves. ¿Sabe usted cómo se dice en latín hendidura, resquicio o rendija? Rima. Esa palabra me hizo mucha gracia. No conocía más Rimas que las de Bécquer. Fue esa palabra lo que me hizo leer aquella narración con verdadero interés. Se cuenta que un esclavo, en la Roma clásica, cometió un error. El castigo de su bestial amo fue encerrarlo en un arcón, y dejar que se muriera de hambre. Pero ese arcón tenía una rima; y las abejas se colaron por ella e hicieron un panal de rica miel dentro de dicho arcón. El pobre esclavo se alimentó de miel durante días y días. Y cuando el dueño mandó abrir el arcón para enterrar lo que allí quedara, vio salir al esclavo tan campante. Aunque me imagino que olería y no a rosas frescas ni a ámbar.

-También saldrían las abejas. Menudo susto se llevarían. Ese cuento tiene toda la pinta de ser uno de esos milagros de cristianos que nos contaban en las viejas escuelas.

-Sí. Tiene razón. Y esto viene al hilo de otra pregunta que quería plantearle. Como usted ha dicho, esta narración es posible que sea una conseja vieja, renovada por el cristianismo, como ha hecho con muchas otras cosas. Por ejemplo, levantando ermitas en los lugares sagrados de los viejos dioses. Y de los enamorados, que siempre buscan, no sé porqué, la soledad y los lugares apartados.

-Sí. Creo que lo entiendo. El famoso trasvase o aprovechamiento cultural. Entrar en casa del enemigo y rehacerla de arriba abajo.

-Eso es. Lo hecho con mezquitas, iglesias y sinagogas, por ejemplo. Y ahí me queda claro que de una narración o de un poema o de un lugar sagrado, sale otra y otro. O de algo que le ha pasado a alguien, una anécdota, un encuentro, un tropezón, surge un cuento o una novela… Pero ¿de dónde sale la música?

-Del mismo lugar. De la inspiración. Si un hecho, una mera anécdota, le sirve a un escritor para inventar o crear una narración, un ruido, el chirriar de una puerta, puede inspirar a un músico, puede ser el hilo del cual tirar. El inicio. Porque, al igual que en el resto de las artes, luego vienen las horas y horas de duro trabajo. Y toda la música oída de otros autores.

-¿De un ruido puede salir una sinfonía o un cuarteto?

-¿Por qué no? Mire, hay una película que, hasta cierto punto, puede explicar lo que usted me pregunta. Se titula Azul, de Krzysztof Kieslowski, y que dicho señor me perdone la pronunciación. Un compositor y su hija mueren en un accidente de coche. La mujer sobrevive. Intenta deshacerse de todos los recuerdos del difunto, pero descubre que su marido tenía una sinfonía inacabada. Se pone a trabajar en ella... Y esta es la escena es la que me impresionó. Y mucho. Está la viuda nadando en una piscina. En un momento dado se apoya en uno de los laterales para salir, y en ese momento, con la cabeza fuera del agua, suena, llenándolo todo, un buen fragmento de la sinfonía… Me pareció precioso.

-¿Inspiración? Tal vez. Pero hay un trabajo previo -dije estúpidamente.

-Lógico. Siempre lo hay. También la música crea música, no solo la poesía. Cada uno engendra a su semejante. Puede haber un ruido, o un señor que se cae en la calle. Y surge la idea. Pero luego, como sabe…

-Sí. Está claro. A veces hago preguntas muy estúpidas.

-A estas edades nos podemos permitir preguntar estupideces y pontificar sobre lo que nos dé la gana. Al fin y al cabo nadie nos va a hacer ni caso.

-A mí nunca me lo han hecho.

-Pues entonces.

-Quizás por eso mismo da dan risa, y algo de envidia, esos directores o esas personas endiosadas… El otro día me reí y sentí lástima viendo una interpretación. No me pregunte de quién porque soy un desastre para recordar estas cosas. La cuestión es que el director de la orquesta, o del octeto, no recuerdo, se movía como una marioneta absurda; no dejaba de hacer tonterías, mariconerías sería la palabra exacta, y gazmoñerías. Y en lugar de la batuta llevaba, si lo vi bien, un rotulador. Ganas de llamar la atención, ¿no?

-¿Está seguro de lo del rotulador?

-Yo le diría que sí. Pero es que al día siguiente vi a otro director dirigir la orquesta con un mondadientes.

-¡Venga ya! Me está tomando el pelo.

-No -le dije con toda la seriedad del mundo-. No le tomo el pelo. Le juro que no dí crédito a cuanto estaba viendo. Además, ¿los directores sirven para algo? Porque yo veo que los músicos miran a la partitura, y de él no hacen ni caso. Y, por otra parte, a veces sus movimientos de quiero y no puedo, con sus chaquetas de opereta vieja, no veo que tengan nada que ver con la música que suena. Pero, claro, soy un ignorante.

-¡Hombre! -exclamó- es lo mismo que estábamos diciendo antes: ha habido un duro trabajo previo de la orquesta con ese director. Y a los músicos ya no les hace falta ni mirarlo para saber lo que tienen que hacer. Me parece. Yo tampoco estoy muy seguro.

-Es que me llama la atención que en los cuartetos, los octetos y demás, no haya director…

-Una orquesta se compone de mucha gente.

-¿Y usted cree que los músicos son buenas personas? -le pregunté no dando crédito yo mismo a mis preguntas. No era mi día.

-Pues habrá de todo. Como en todas partes. ¿A santo de qué me pregunta eso?

-Porque decía don Miguel de Cervantes que donde hay música no hay nada malo. Y hemos visto que no ¿Qué hace falta entonces para que el arte, la música, la literatura, la pintura… nos haga personas educadas y solidarias, buenas?

-Tal vez dejar de ser hombres, al menos tal y como lo somos.

-O hacernos todos pobres y jóvenes. No recuerdo quién dijo que esa era la verdadera justicia social1.

-Pues estamos apañados. Por cierto, hoy le toca pagar a usted.

-Siempre pagan justos por pecadores.

-Así es. Pague y ya quedaremos otro día.

1La verdadera justicia social es ser joven y pobre toda la vida. Francisco Nieva, Nosferatu.

UNETE



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