Música y vacunas

MÚSICA Y VACUNAS

 

.

Jenofonte, Recuerdos de Sócrates1.

Tal como dijo quien me invitara a desayunar, Enrique Martínez era su nombre, me envió un enlace con un concierto para piano. Me gustó. Y tenía razón: se veía a la pianista feliz ejecutando la pieza. Y mucho más, era todo sonrisas de alegría y gozo, al terminar el concierto. Me gustó tanto su satisfacción como la música que interpretó.

Con la breve carta no llegó sólo el enlace. Vino acompañado este de una cita, en el mismo bar, y a la misma hora que la vez anterior. Enrique quería comentarme un par de cosas. Si nos veíamos temprano, vino a decir, estaríamos solos; y el problema del contagio se reduciría al mínimo. No obstante, acudir o no a la cita, lo dejó en mis manos. La carta era un ruego y una interrogación. Contesté afirmativamente. Debo decir que, así, en principio, no me apeteció nada acudir a la cafetería. No es que tenga miedo a contagiarme y a morir. Me produce verdadero horror, eso sí, estar días y días tumbado en la cama de un hospital sin hacer otra cosa que luchar por mi desgastada vida. Horas inútiles, perdidas. Yo también prefiero una muerte, como decía César, súbita y rápida2. No obstante, aquella persona, Enrique, me merecía un cierto respeto. Acudí a la cita.

Aproveché ese día para volver al mercado. Luego, camino del bar, me pregunté de qué íbamos a hablar o qué me iba a comentar. Habíamos coincidido en el mercado en un par de ocasiones. Y me pareció que, pese a las dos charlas, no teníamos nada en común, o muy poco. Sí, yo había oído música, tal vez no tanta como sería de desear. Pero, desde luego, no estoy capacitado, como hacen algunos, para poner esta versión por encima de aquella, este intérprete como el mejor del siglo, o a aquel director con un conocimiento de Beethoven, o de quien sea, como no ha habido otro que lo tenga. Conmigo no iba a poder discutir de música. ¿Qué le interesaba a él? No lo sabía. Al menos, me dije, hay un poco de intriga.

Ya estaba sentado ante la pequeña mesa del fondo cuando llegué. Nos dimos las manos, pese a las recomendaciones en contra. Me quité la mascarilla. Y volvimos a pedir sendos desayunos.

-Pero esta vez -dije- pago yo.

-No hay ningún problema.

-Pues usted dirá. Aunque me gustaría puntualizar algo: no tengo prejuicios. Podemos hablar de lo que usted quiera y desee. Pero de música no tengo ni idea, y de política, si no le molesta, preferiría no hablar. Pero, en sus manos lo dejo.

-Difícil me lo pone -contestó sonriendo- pues la política lo abarca todo o se desliza por todas las ranuras, como una mancha de aceite. ¿Usted cree, por ejemplo, que esta pandemia, este coronavirus, se hubiera podido detener si nuestras autoridades hubieran sido previsoras?

-Mire, eso mismo me pregunté yo cuando volví a releer lo acaecido durante la peste de Atenas en la guerra del Peloponeso, allá por el siglo V a.c. Pericles no era partidario de la lucha en campo abierto. ¿Qué hizo? Meter a todos los habitantes de los alrededores de Atenas en la ciudad. Aglomeración, falta de higiene, chabolismo… Y la peste.

-Quizás en aquella época no tenían los conocimientos médicos que tenemos ahora.

-Es posible. Pero si lee la historia de aquella guerra verá como en ningún momento se consultó a ninguna autoridad sanitaria. No se hizo ninguna infrastructura para acoger a los habitantes de los barrios o de los poblados cercanos. O, al menos, Temístocles no lo cuenta. ¿Qué cree que iba a pasar en una ciudad sin agua corriente, sin servicios, sin casas suficientes para todos?

-Sería interesante hacer un estudio de la higiene a través de la historia de la humanidad.

-Está hecho -le dije sonriendo-. Además, tiene usted historias de la medicina, la biografía del doctor Ignaz Semmelweis, etc, etc. Si le interesa, le puedo pasar algún libro de estos. Favor por favor: usted me pasa enlaces de buenos conciertos, y yo le presto libros.

-Me gusta la idea. Pero aplicando eso mismo al mundo actual. ¿Usted cree que algún gobierno hubiera hecho caso a algún científico si este hubiese pronosticado lo que está sucediendo actualmente? Yo creo que no.

-Los políticos tienden a desprestigiar todo aquello que tocan o les molesta o perjudica. Son el reverso del rey Midas: todo lo transforman en escoria. Son la viva imagen del carpe diem. Saben que su vida es de cuatro años, de ocho como máximo, así que se apresuran a lograr todo aquello que, después, les puede beneficiar a ellos y a sus conmilitones. Miran por ellos y por nadie más.

-¿Y por eso se han tenido que cargar la sanidad pública y la educación?

-Mire, francamente, yo de esto no tengo mucha idea. Le puedo contar mis impresiones, si eso, que no, sirve para algo.

-Nos puede servir un poco para entender el mundo en el que vivimos.

-¿Usted cree? ¿Cómo definiría usted la sociedad actual? ¿Es una sociedad culta, preparada, o hedonista, que vive al día, ignorante y sin más interés que su día a día? Es decir egoísta y nada solidaria.

-No sabría decirle, así de repente. Yo creo que la inmensa mayoría de las personas han sido engañadas por los políticos…

-¡Por favor! -exclamé-. No me salga con tonterías. Se engaña a quien se deja engañar. ¿O es que alguien da un euro por noventa céntimos? De todo hay en la viña del señor -dije suavizando el tono de voz- pero hay un cierto predominio de políticos sin entrañas. Son malas personas, por utilizar adjetivos tolerados para menores. Politizan hasta las vacunas. Como sabe, hay un debate sobre estas… Y muchos los siguen vaya usted a saber porqué.

-Sí, pero ese debate ha sido abierto por personas que no tienen ni idea de lo que se llevan entre manos. Están siendo manipuladas.

-Si. Tiene razón. También los políticos se han metido por el medio. Y hay alguno que quiere presentar esa vacuna, sea o no efectiva, como el logro de su política, de sus decisiones. Y claro, los de la oposición, se declaran en contra de la vacuna. Y ya tenemos el lío montado. ¿Qué hacemos el resto para que no nos manipulen?

-Siempre he pensado que lo único que nos puede salvar es el sentido crítico o el sentido común. Lo malo es que no sabemos de todo. Y de ahí surge la pregunta: ¿De quién fiarse? ¿De la desprestigiada OMS?

-No. Más sencillo que todo eso: del médico de cabecera. Del médico de la seguridad social.

-Cada uno -dijo serio- cuenta de la feria según le ha ido en ella. Usted sabe que la seguridad social también está desprestigiada. O que hay gente que habla pestes de ella.

-¿Hay alguna cosa en la que estemos todos de acuerdo? Concedamos que un médico, en un momento determinado, se equivocó, cometió un error. ¿Vamos a condenar a todos los médicos por eso? Es difícil ser objetivo cuando es la salud de uno mismo la que está en juego. Pero hay que tener en cuenta todo esto a la hora de analizar las cosas. Si queremos ser mínimamente críticos, como usted quiere.

-¿Se fía usted de su médico, de un desconocido?

-¿Conoce usted a la OMS? ¿Se fió de su maestro cuando le dijo que el sol sale por el este y se pone por el oeste? ¿Lo conocía de toda la vida?

-No. Tiene usted razón. Siempre hay que fiarse de alguien. O concederle crédito a alguien. Lo conozcamos o no. Es curioso. Eso mismo me he preguntado yo a veces. Me hizo gracia el otro día cuando habló usted de las mujeres pianistas que podían ser unas excelentes secretarias. Teclean el piano sin equivocarse ni una vez. ¿Es así? ¿Nos fiamos? Alguna vez he pensado, para salir de dudas, que me gustaría seguir su ejecución en tanto yo leía la partitura.

-Así que también usted es de los que quieren meter el dedo en la llaga para asegurarse.

-Sí -dijo sonriendo- pero no es por falta de fe, sino por sobra de curiosidad.

-Muy interesante esa apreciación…

-Un día -me interrumpió- casi salí de dudas. Vi un concierto para piano y orquesta de Bach. La pianista, cosa rara, tenía la partitura delante de sí. Y una chica, sentada a su lado, le iba pasando las hojas de la misma. Intuí, por lo tanto, que la pianista seguía fielmente la partitura, y que la otra chica estaba al tanto.

-A lo mejor estaban las dos conchabadas.

-No creo. Me dio la impresión de que no había buena química entre ellas.

-¿No le pasaría las hojas antes de tiempo?

-No -contestó riendo de buena gana-. Tiene pinta de ser una mujer muy tímida. Lo aprecié por la forma de sentarse, por cómo dejaba caer sus manos. Por sus gestos, por cómo se sentaba y se levantaba. Y, además -añadió sonriendo- es muy guapa… ¿No le parece a usted -me preguntó- que a aquello de “por sus obras los conoceréis” le falta añadir “y por sus posturas”?

-Sí. Tal vez tenga usted razón. Y faltaría añadir “y por sus palabras”. Y ahora, si me lo permite, me voy a contradecir un poco, y voy a hablar de política: el egregio presidente de Estados Unidos ha dicho que si pierde las próximas elecciones será por fraude electoral. ¿Qué piensa usted de dicha frase? ¿No le suena a amenaza, a no reconocer el resultado de las elecciones si no le son favorable? Miedo me da.

-Sí, la verdad es que es un poco inquietante. Y más contando con la tecnología que tienen por allí.

-Pues este mismo señor es el que está impulsando una cierta vacuna y un cierto tratamiento contra el coronavirus. Y la oposición, por supuesto, está en contra de la vacuna.

-Es inaudito que jueguen con la salud de las personas.

-Nada nuevo, querido amigo: tenga en cuenta que aquí en este bendito país, durante años, nos desangramos por una lucha dinástica entre hermanos e hijos de su santa madre. Y no olvide que muchos civiles, curas y frailes, empuñaron las armas con verdadero entusiasmo; unos a favor de este, y otros en contra de aquel. Y eso es lo que me asusta de las palabras de este necio mandatario. Si pierde las elecciones, ¿no va a consentir el traspaso de poderes? ¿Van a ser los militares americanos tan cerrados de mollera como lo fueron los españoles, y van a disparar contra sus propios hermanos?

-Cuesta admitirlo.

-También cuesta admitir que haya padres que jueguen con la salud de sus hijos y no los vacunen. ¿Está usted vacunado?

-Sí. ¿Y usted?

-También. Por lo tanto lo mejor es que nos callemos. Puede ser que, por efecto de las vacunas, estemos diciendo muchas tonterías y no nos percatemos de ello.

-Sí. Todo es posible en esta vida. ¿Quedamos para otro día? Bueno, hacemos una cosa si no le molesta: le envío el enlace de la chica esta que pasa las hojas de la partitura a la pianista. Es un encanto, ya lo verá… Y usted me contesta fijando la próxima cita, ¿le parece bien?.

-Me parece muy bien. Así quedamos.

Y sin más pagué, salimos de la cafetería, nos pusimos las mascarillas y nos dirigimos cada uno a su respectiva morada. Sin habernos engañado ni mentido. Un poco preocupados por todo, eso sí. Por lo dicho y por lo callado.

1Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, IV, 6. Editorial Gredos, Madrid, 2006. Traducción de Juan Zaragoza.

2Suetonio, Vida de los doce césares, César, 87, 1

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales