Conciertos y desconciertos

CONCIERTOS Y DESCONCIERTOS

 

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Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

No tardó mucho en llegarme una nueva y breve carta de mi nuevo y reciente amigo. Venía, como ya era costumbre, con el enlace de un concierto. Me di cuenta, enseguida, de que este hombre tenía preferencia por las intérpretes femeninas. En este caso la intérprete era otra pianista. Oí el concierto con toda la devoción del mundo. Pero no conseguía extasiarme como le sucedía al remitente del enlace. Lo atribuí a mi analfabetismo musical. Por ello lo volví a oír una y otra vez. En una de las repeticiones me percaté, asombrado, de que la pianista iba descalza. No dí crédito a mis ojos. Oí el concierto más pendiente de que la cámara encuadrara sus pies que de la música en sí. No hubo forma. Así que volví al principio, cuando entra en el escenario, y congelé la imagen. Efectivamente la joven pianista iba descalza. Fue visible pese a que el largo vestido le llegaba hasta los pies.

-Bueno -me dije sonriendo- ya tenemos tema de conversación para la próxima tenida.

Evidentemente con el enlace llegó también la consabida pregunta de si me venía bien desayunar con él, en el bar de siempre, y en el día que yo fijara. Fijé el día. Y allí fui con mi nueva y desechable mascarilla. Siempre me he preciado de ser una persona educada y puntual. Pero Enrique, la nueva adquisición, me ganaba: ni una sola vez lo tuve que esperar. Entré en la cafetería unos minutos antes de la hora convenida. Pero al verlo, en la mesa de siempre, miré mi reloj y comprobé que funcionaba bien.

-No, no, no se preocupe -casi se disculpó, levantándose y tendiéndome la mano-. No llega tarde. Todo lo contrario. Es que yo no duermo muy bien. Y he estado dando un par de vueltas por el barrio.

-Me tranquiliza.

Pedimos sendos desayunos. Esta vez un poco más copiosos. El paseo le había abierto el apetito.

-¿Le ha gustado el último concierto que le envié?

-Sí -sonreí- creo que le voy cogiendo el gusto a la música. Pero me ha llamado la atención, y ya sé que me va a decir que banalizo la cuestión, el que la pianista vaya descalza. ¿Se ha fijado usted en ese detalle?

-Sí -me dijo a su vez sonriendo-. Esta chica es un genio. Y como todos los genios tiene sus manías. -Se quedó meditando unos segundos, con la taza de café en el aire- ¿Está bien dicho -preguntó- “esta mujer es un genio”?

-No empecemos, por favor. Está perfectamente bien dicho. Y no lo escriba nunca con la absurda arroba. Es el signo de la profunda necedad de nuestro necio siglo.

-No se preocupe. Jamás utilizo ese signo salvo para el correo electrónico, y porque es obligatorio… No, nos hagamos eco de las bobadas. Sí, como le decía, esa mujer toca como los ángeles. E imagino que irá descalza porque así, creo, domina mejor los pedales del piano. Pero no lo sé.

-Yo, como sabe, soy un analfabeto en cuestiones musicales, amén de otras muchas cosas. No sabía ni que los pianos tuvieran pedales. Lo cual añade más complicación a la ejecución de una pieza, y aumenta mi asombro... El otro día, además, cansado de leer, estuve buscando conciertos. Y di con uno de harpa. Tocada igualmente por una mujer. El harpa también tiene pedales. Interesante. Me gustaría ser capaz de apreciar la diferencia entre presionar el pedal o no hacerlo a la hora de tocar una nota.

-Para eso deberíamos tener, tal vez, un oído muy fino. Lo apreciarán ellas y el director de orquesta. Al resto nos queda la esperanza de que el subconsciente lo capte y se deleite con ello.

-Sin duda -añadí- es también cuestión de educación. A veces veo a algunos músicos afinando sus instrumentos, y me quedo embobado: ¿Cuándo está afinado? ¿Cómo lo distinguen? ¿Igual que cuando un buen lector se tropieza con un párrafo pésimamente mal escrito?

-Tal vez. Yo tampoco sabría decirle muy bien. Soy un mero aficionado. Sí, llevo muchos años oyendo música. He oído muchos, muchísimos, conciertos. Pero no soy un experto, ni mucho menos.

-No hay nada -dije sonriendo- como una charla entre ignorantes, no se ofenda, y que, encima, saben que son unos ignorantes.

-No me ofendo. Pero no acabo de entender a que se refiere usted.

-Me refiero -expliqué- a lo clásico, a lo sabido. Imagino que también habrá oído usted infinidad de teorías sobre el virus este que nos está matando. Habrá oído necedades de todos los colores sobre las vacunas, y su utilización o rechazo. Y se habrá percatado de la enorme cantidad de doctores que tiene la iglesia en particular, y la sociedad en general. Todos saben y entienden de todo. Este mundo es una maravilla. No hay más que pedir. Da usted una patada a una piedra y le sale un maestro en lo que se tercie o esté de moda.

-No crea -replicó sonriendo-. En la música, como en todo en esta vida, pasa tres cuartos de lo mismo. Yo, como le he dicho, no tengo ni idea de nada. Y, por eso mismo, no discuto con nadie. Pero he asistido a reuniones y conciertos donde poco ha faltado para llegar a las manos. Por el sencillo motivo de que esta versión de la novena sinfonía de Beethoven es mejor que la otra. O este tenor tiene unos registros que no alcanza el otro, etc, etc.

-Es decir, que en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas.

-Sí. Y no creo que valga la pena meterse en semejantes berenjenales. Además, francamente, no sirven para nada. Son discusiones de pretendidos eruditos cuando no sencillas estupideces. Algo así como demostrarse unos a otros cuánto saben y cuán grande es su sensibilidad. Los famosos y bochornosos duelos de enseñarse las heridas, unos a otros, recibidas en los campos de batalla.

-Estamos metidos de lleno en la edad de la banalización. Hace años me percaté del asunto viendo determinadas películas y leyendo algunos libros. Más vacuos y vacíos no podían ser. Y fueron éxitos mundiales.

-Pero serían digeribles para los estómagos enfermizos y perezosos. Y de eso es de lo que se trata. No le dé más vueltas.

-Sí, desde luego -le dije-. Eso explica porqué tienen tanto éxito las teorías que estoy oyendo sobre el virus y las vacunas. No caben más sandeces.

-Mire, yo aparte de la música, soy muy aficionado a leer algunos periódicos todas las mañanas. Y hay unos, como es lógico, que me gustan más que otros. ¿Sabe? Tenemos grandes periodistas. Esta mañana he leído un artículo en La Vanguardia, en el que se hablaba de la ley de la trivialidad. Contaba la periodista, hablando de las discusiones que se están produciendo en torno a los presupuestos del estado, una famosa ocurrencia. Esta la narra un escritor, no lo conozco, llamado Cyril N. Parkinson.

-¡Hombre! -exclamé- el de la famosa teoría de Parkinson. Yo lo conozco, pero superficialmente.

-Bueno, pues contaba la periodista que este hombre, en un libro suyo, narra una reunión de un comité de empresa Este tiene que decidir sobre la construcción de un reactor nuclear y de un aparcamiento de bicicletas para los empleados. Esto último a dicho comité le llevó horas y horas de discusiones. Lo del reactor nuclear fue solventado en cinco minutos.

-Muy agudo.

-¿Y por qué cree que sucedió esto?

-Así de repente no sabría qué decirle.

-Es muy sencillo: sobre la construcción del reactor pocos podían hablar porque ni sabían ni saben lo que es eso. Ahora, del aparcamiento de bicis hasta la anciana madre del conserje tenía sus planes y teorías.

-¿Y usted cree que en este país hay tanta gente que sabe de medicina y de vacunas?

-Por supuesto que no. Pero creo que estaremos de acuerdo en que vivimos en la época de la banalización, ¿o no?

-Sí, desde luego.

-¿Y qué mayor banalización o trivialidad que hacerle creer a todo el mundo que sabe y entiende de todo? No olvidemos, además, que, a menudo, hay muchos intereses económicos detrás de estas banalizaciones… Antes, cuando estaba hablando usted del éxito de ciertas novelas o películas, yo me estaba preguntando, como hago a menudo, si eso es así, o si sencillamente son falsos éxitos, mentiras, noticias falsas, para atraer a más espectadores o lectores.

-Tiene usted razón. Yo también lo he pensado de vez en cuando.

-Por eso no quiero mezclarme con melómanos de ningún tipo. Soy un ignorante, disfruto con lo que tengo, y voy ampliando campos poco a poco. No quiero discutir con nadie: ni estoy preparado ni lo estaré nunca. Y en caso de duda, me fío de las personas que me tengo que fiar. No de cualquier sabelotodo surgido de una piedra, como el agua que arrancó Moisés de una roca, allá en el desierto de la ignorancia. Oiga, qué bien me ha quedado esto.

-A menudo -le respondí riendo- oyendo los conciertos que me envía usted he pensado lo bien que funcionaría la sociedad si todos actuáramos como una orquesta. El violinista a su violín, el pianista al teclado, el del óboe a soplar… Y todos con un proyecto común: hacer mejor esta sociedad, hacer de este un mundo habitable y hermoso…

-Olvídese. La sociedad no funciona así. Ni mucho menos. Y por otra parte -me dijo ya con una franca sonrisa- y sin ánimo de polemizar, una orquesta no es una democracia: el director lleva la batuta, nunca mejor dicho, y es él quien marca los tiempos y quien decide…

-Sí, pero lo hace sobre una partitura. Y todos tienen la misma… Sí, ya sé, soñar despierto. Además, me dirían que soy partidario de la dictadura. O de la República de Platón… Al fin y al cabo, el director de la orquesta puede pasar por un tirano, pues siempre habrá alguien que querrá interpretar a su aire… y... no sé qué decirle.

-Que se nos ha hecho tarde. Volvamos a la música. Refugiémonos en nuestras sendas ignorancias. ¿Le ha gustado el concierto que le envié, el de la pianista descalza?

-Lo he oído infinidad de veces. Estoy tratando de crearme una cierta sensibilidad. Todavía no le encuentro la gracia.

-No se preocupe. Le envío más. De otra mujer, aunque esta no va descalza.

-En que detalles me fijo. ¿Soy yo también una persona banal?

-¿Por percatarse de que la pianista va descalza? No creo. ¿Se ha dado cuenta usted de lo guapa que es, además?

-Sí, mucho. Es una hermosa mujer.

-Y toca como los ángeles.

-Hoy paga usted.

-De mil amores.

Y una vez más salimos de la cafetería, nos dimos las manos, nos pusimos las mascarillas como si fuéramos a atracar un banco y nos despedimos prometiéndonos que volveríamos a desayunar juntos a no tardar mucho.

UNETE



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