Una inesperada visita

Todo el saber humano descansa sobre engañosas apariencias y los acontecimientos se ordenan, cuando menos lo esperamos, a beneficio de fines superiores cuya regulación no siempre se alcanza a entender.

 

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Segundo Serrano Poncela, El hombre de la cruz verde.

Había oído hablar de aquel autor en más de una ocasión. Sin duda sus ojos habían pasado por encima de su nombre, tal vez por el lomo de alguno de sus libros, sin prestarle ninguna atención. Sus intereses, por aquellos tiempos, iban en otra dirección. Llegar a él, por su incipiente sordera, o porque así estaba dispuesto, fue cuestión de largos años. Tuvo la impresión, no obstante, de que había estado llamando a su puerta. Pero habitaba entonces una enorme mansión de largos y profundos pasillos. No llegaba hasta sus duros oídos el sonido de la leve campanilla. Y cuando lo hizo, el largo pasillo hasta la puerta casi lo dejó exhausto. Hizo falta la intervención de una especie de ama de llaves, joven, para franquearle la entrada.

No tomó nota. Tampoco se sorprendió cuando oyó su nombre en aquella charla, la más breve de todas, en la universidad de Upsala durante unas jornadas de un frío invierno. Le llamó la atención, no obstante, que la conferenciante fuera una joven profesora. Fue la nota de color, por decirlo de alguna forma, en medio de aquel abigarrado muestrario de viejos y honorables profesores, todavía tocados con austeras corbatas o alguna divertida pajarita. Ella, lo recordaba con nitidez, vestía de una forma un tanto desenfadada: un grueso jersey blanco, de cuello de cisne, y unos pantalones negros que se adivinaban gruesos y cálidos. Llevaba botines del mismo color. Sonreía de vez en cuando. Y jamás en tanto duró la charla, le llamó la atención el detalle, se salió del encuadre de la pizarra. Tuvo la impresión, viéndola, de que se estaba rodando una película. El director le había marcado los límites de sus pasos. Nunca se alejó del marco de la pizarra. Avanzaba hacia derecha o izquierda, hacia delante o hacia atrás, hablando, pero sin salirse del encuadre ni una sola vez.

Hablaba un latín perfecto. Ciceroniano. Muy fluido. Sin fallos ni omisiones, sin errores. Los viejos profesores estuvieron colgados de sus labios durante algo más de una hora. Fue entonces cuando aquella joven profesora comenzó a despertarle el interés por aquel desconocido autor. Quizás por la pasión que puso ella en rescatar del olvido a un escritor que, como dijo, no había sido totalmente olvidado; pero sí relegado a un puesto que, desde luego, no le correspondía.

-En una competición deportiva -explicó- en la palestra o el estadio, lo peor no era quedar el segundo o el tercero sino el cuarto. A los tres primeros les alcanza la gloria, la corona. Para el cuarto no hay sino lágrimas.

No había competido en su vida; y nunca, en consecuencia, había pensado en la desolación del cuarto puesto. Por lo que dijo la joven profesora era mejor, evidentemente, quedar en última posición. Ocupar el cuarto lugar era como la vieja crueldad de algunos profesores de suspender a sus alumnos con un cuatro con nueve. Siempre le había parecido dicha puntuación una broma cruel, un puro sarcasmo.

-A algunos -se dijo- ni la filosofía ni las bellas letras los despoja de su inmadurez, de la necedad, de su crueldad y de su fatuidad.

En contra de estas necias actitudes -reflexionó- queda la simpatía, el deso de ayuda, o, como dijo la joven profesora, siempre de forma comedida, dejando caer la palabra cuando venía a cuento, la humanitas. No, no abusó de ella, lo recordaba muy bien. Pero también le contestó, mentalmente, cuando la centró en su autor, que qué obra no tenía al hombre como centro de su interés. Como si lo hubiera oído dijo que en sus tratados hay una insistencia constante en el consejo, en la claridad, en marcar unos límites que podríamos considerar como los límites de la virtus. Pero de una virtus muy próxima a la areté griega. Es decir a la consecución de la excelencia. Ahora bien, para llegar a esa excelencia hay que saber escoger. Y hay que sudar mucho.

-¿La excelencia es una o varias? -se preguntó asombrado.

-Y no es -añadió la profesora sin salir del encuadre- que un filósofo o abogado -remarcó la palabra- como Cicerón no pudieran ser excelentes. Sin duda lo fueron. Pero muchos de estos, y el caso de Cicerón es clarísimo, buscaban la excelencia de un grupo determinado de personas. Nuestro autor, por el contrario, se dirige a la ecumené.

Recordaba que oyéndola se debatió, durante breves segundos, entre si aquello tenía algún sentido o era una charla más, una de las tantas que se prodigan cada cierto tiempo para dejar constancia de que en los departamentos de las universidades se estudia e investiga. Mucho le hubiera gustado hablar con la profesora. Y de hecho la buscó en el comedor a fin de intercambiar algunas palabras. No la localizó. Preguntó por ella. Le dijeron que había tenido que salir hacia su país por motivos de salud de algún familiar. No obstante, su dirección de correo electrónico figuraba en el dosier que les pasaron a todos los participantes. Marcó la dirección con su pluma estilográfica.

Su latín no era muy fluido. Tosco más bien. Eso fue, sin duda, lo que le impidió ponerse en contacto con ella. Luego, poco a poco, fue olvidando la conferencia y al autor, que seguía siendo, al menos para él, un cuarto puesto. Por ignorancia suya, que no por impotencia del viejo tratadista.

Hacia tiempo que se había percatado de que conforme va pasando la vida se va aprendiendo que, efectivamente, hay un tiempo para reír y otro para llorar. Hay cosas, en consecuencia -lo sabía- que jamás las volvería a vivir. Y dichoso aquel -se decía- que las ha alcanzado en su justo momento. Nadie se libra del dolor y de la muerte. Y algunos hasta gozan del amor. Pero nada hay eterno. Nada salvo, quizás, la ilusión.

Le gustaba hacerse ilusiones. En el fondo se sabía un buen humorista. Pero siempre su humor iba dirigido hacia su propia persona. Se gastaba bromas, intuyendo que era aquel un juego no desprovisto de riesgos.

-Espero no olvidar nunca -se advertía de vez en cuando- que son bromas. Pues si algún día lo olvido me puedo transformar en un amargado. Carezco de poder para volverme una bestia -se decía recordando actuaciones de tiranos y dictadores.

Con cierta frecuencia allá por donde iba casi siempre había una mujer que le llamaba la atención. Fantaseaba con ellas. Sus fantasías, sin embargo, se centraban en cómo entrar en contacto con ellas.

-¿Te has fijado -le dijo una vez a un amigo- que en las novelas, en las películas, en los tratados, salvo quizás en Ars amandi, no se estudia ni analiza el cortejo, el largo proceso que media entre una banal conversación y la situación más íntima entre dos personas?

El amigo no supo qué responderle. Él dedicó unas cuantas lecturas y unos cuantos meses a estudiar algunas obras desde este punto de vista. Reconoció que hay situaciones en las que es muy complicado acercarse a una mujer. Otras, por el contrario, parece que las circunstancias lo facilitan. Así pensó que era relativamente fácil entrar en contacto con las mujeres que trabajaban en la librería que él frecuentaba. Cayó en la cuenta, sin embargo, que la iniciativa siempre correría a cargo de ellas. Eran ellas quienes podían introducir una nota entre las páginas de los libros que les encargaba. No le pareció una situación muy verosímil.

-Es tan complicado o tan sencillo esto -se dijo- como entrar en contacto con un libro o autor.

Sucedió entonces que estaba estudiando, por puro interés filológico, el libro XXXVIII de Ab urbe condita, de Tito Livio. Era éste un autor que le traía buenos recuerdos. De joven, en una clase, se le ocurrió decir que Livio había llenado la fortaleza de Sagunto de ablativos absolutos, habiendo salido las tropas, habiendo disparado las flechas, saliendo del túnel… Varios compañeros le agradecieron la broma: nunca olvidarían el dichoso ablativo absoluto.

Pese a todo, se cansó de Livio: demasiadas guerras, demasiados muertos, demasiados pactos y dominaciones, demasiada sangre y demasiada sin razón. Terminó por cansarse. Y un día recordó a aquella joven profesora, y su charla sobre aquel viejo autor que tenía por centro de sus escritos, según ella, la humanitas. Sin más cerró el volumen de Livio y se fue hacia la librería. Como siempre estuvo haraganeando, fingiendo buscar libros hasta que vio que ella quedaba libre. Se aproximó rápidamente. Y sacando su viejo libreta le pidió varios volúmenes de aquel autor. Sin dejar de sonreír comenzó a teclear en el ordenador. E hizo el mohín que tanto le gustaba a él, pese a que siempre encerraba noticias negativas:

-No figura el libro en el catálogo -le dijo-. Ahora, lo que podemos hacer -añadió- es pedirlo a la editorial por si les queda algún ejemplar.

-Te lo agradecería infinito -le contestó absorbiendo, una vez más, aquella carita y aquellos ojos que tan preciosos le parecían. Jugando consigo mismo le pidió más libros, todos agotados; ella, sonriendo, le siguió el juego.

Pocos días después un viejo compañero lo invitó a comer a un restaurante levantado en medio de la sierra. La carretera para llegar a él era infame. Pero su viejo compañero le dijo que allí hacían una comida exquisita, y allá se fueron. Al fin y al cabo el coche era de quien lo invitaba. Y era él quien conducía. No era muy hábil llevando el coche. Lo sabía, y aun así pisaba el acelerador con una cierta alegría. Habiendo terminado de comer, un poco alegres por el vino, tuvieron un pequeño percance: a la salida de una curva, el sol, como un foco que se enciende de repente, les dio de frente. El conductor se deslumbró y estrelló el coche contra la base de una montaña. Reventó la rueda derecha del automóvil. Deshizo el parachoques, hizo añicos el parabrisas contra las ramas de un pino, y el copiloto recibió un golpe tan fuerte que no pudo salir del automóvil por propia iniciativa. Un desastre. Estuvo varias noches en observación en el hospital.

-Esto es una injusticia -se repetía una y otra vez tumbado en la cama-. El otro queda ileso, y yo, que no tengo culpa de nada, cargo con su necedad. Si no veía, podía haber frenado. Digo yo.

Le consiguieron una silla de ruedas. Durante varias largas semanas no pudo abandonarla. El compañero y su mujer le llenaron la nevera de todo lo necesario. No hacía falta más. También le llevaron un buen acopio de libros.

Un día, añorando poder caminar por las calles, sonó en móvil: la chica de la librería le mandó un mensaje. Los libros que pedía estaban agotados. Imposible conseguirlos. Se resignó, pues, a seguir con Livio y sus inagotables guerras. Y con la silla de ruedas. Pensó que era demasiada resignación. Buscó entonces el dosier con las direcciones de los asistentes a aquellas jornadas de la universidad de Upsala. Dio con la de la profesora. Y tras meditarlo varias veces decidió escribirle. En castellano para evitar incorrecciones. Repasó la carta infinidad de veces. Iba a darle a la tecla para enviar la carta cuando volvió a sonar el teléfono. No. Ahora no se trataba de ningún mensaje. Era ella. Diciéndole que le había conseguido los libros. Se los mandaban de otra librería a la que recurrió. Se emocionó. Suponía que aquella buena chica se había tomado muchas molestias por él.

-He tenido un accidente -le explicó- y no puedo andar. No puedo pasar a recogerlos. Ni tengo a nadie a quien enviar. Guárdamelos, por favor.

Se hizo un silencio. Tuvo la impresión de que se había cortado la comunicación.

-Dame tu dirección -oyó que le decía al cabo de unos largos segundos.

Fantaseó durante horas y horas. Sabía que había una larga distancia entre uno y otra. Una considerable diferencia de edad. Por ello mismo no quiso enamorarse. Sí. Ella le llevó los libros. Y más que le hubiera pedido. Él no quiso abusar de su invalidez. Pasado el tiempo, leído el buscado autor, mantenida una interesante y viva correspondencia con la joven profesora que dio la charla, cuando ya pudo caminar, les regaló sendas cajas de bombones a cada una de ellas, a la profesora y a la librera que tanto le gustaba. Se sintió feliz y contento. Además, disfrutó mucho los libros de Varrón.

UNETE



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