Alicante es un libro "Quijano, un político ejemplar" Miguel Ángel Pérez Oca

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“Alicante es un libro” por Miguel Ángel Pérez Oca.

            En la Plaza de España de Alicante, entre la Plaza de Toros y el cuartel de la Guardia Civil, hay unos jardines rodeados de verja, con un monumento en su centro, una especie de obelisco, rodeado de estatuas. Es una tumba, y en su interior reposan los restos de don Trinitario María González de Quijano, que fuera Gobernador Civil de Alacant los últimos 24 días de su vida. Curiosamente, la tumba, rodeada de esculturas alegóricas y nombres de localidades alicantinas, no ostenta ningún símbolo religioso, ni cruz siquiera. Quizá don Trino era masón, además de un ciudadano ejemplar.

            Nacido en Guetaria en 1808, era un liberal, partidario de Espartero, de limpísima trayectoria. Había sido militar de caballería, intendente de Rentas de Navarra durante la Guerra contra los carlistas y Gobernador Civil de Canarias, hasta que, a la caída de Espartero en 1843, fue destituido y puesto en una lista negra. Fue detenido para ser deportado a Filipinas, pero una carta dirigida a la Reina lo impidió, y sus enemigos se tuvieron que conformar con desterrarlo a Navarra.

            Al regreso de Espartero, fue nombrado Gobernador Civil de Alicante, en unos momentos de gran tribulación para nuestra ciudad, donde desde el 10 de agosto se estaban dando los primeros casos de una terrible epidemia de Cólera Morbo.

Don Trino vino a Alacant en un coche de caballos a todo correr, y en una vertiginosa cabalgada de 32 horas se plantó aquí dispuesto a combatir el virus con la energía y la entrega que le caracterizaban. Entonces, Alacant contaba con 18.000 habitantes, de los que 8.000 habían huido a pueblos cercanos o casas de campo. Ni que decir tiene que los fugitivos eran los más ricos del lugar, que se podían permitir alquilar una casa lejos de la peste o que eran propietarios de fincas rurales. Los que quedaron, 10.000, eran los más pobres, y se vieron privados de medicamentos, alimentos e incluso de consuelo espiritual, dada la fuga general del clero, encabezado por su Obispo. De esos 10.000 se infectaron 6.000, de los que morirían 1.964 en los 47 días que duró la epidemia. O sea, el 20% de la población expuesta a la enfermedad. Terrible, ¿verdad?

            Don Trino, nada más llegar, desempeñó una labor incansable, ordenó los servicios públicos, publicó un bando por el que se obligaba a los dueños de bares y cafés a tener a disposición de los enfermos, día y noche, depósitos de horchata de arroz; a los farmacéuticos, medicinas gratis; y se amenazaba a los especuladores y aprovechados con terribles castigos. Organizó expediciones por las huertas de la provincia para traer alimentos a la población. Se enfrentó al Obispo fugitivo conminándole a regresar a Alacant y hacerse cargo, con sus sacerdotes, de la feligresía doliente. Algunos clérigos obedecieron, pero el Obispo Félix Herrero no le hizo el menor caso.

            Quijano se dedicó a atender personalmente a los enfermos, pagando de su bolsillo las medicinas y alimentos de los más necesitados. Algunos morían en sus brazos. Según nos cuenta Nicasio Camilo Jover, en su Reseña Histórica: “…su presencia sola volvía la vida a los moribundos, y su nombre servía de consuelo a los que sufrían horribles tribulaciones… su corazón era todo amor…”

            A menudo marchaba a caballo a las poblaciones donde también había llegado la epidemia, como Alcoy, Cocentaina y Monforte. Su labor llegó a oídos de la Corte y la Reina le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica, pero él no acudió a recogerla porque estaba muy ocupado atendiendo a los enfermos. El poeta local Juan Vila y Blanco, en un libro que publicó pasada la epidemia lo llamaba “Ángel de salvación”.

            Pero el día 14 de septiembre, cuando se disponía a montar a caballo para marchar a Castalla, sufrió un desmayo y tuvieron que llevarlo a su lecho, presa de grandes temblores y una fiebre altísima. Se había contagiado, hacía días que estaba enfermo.

            Y aún tuvo el coraje de decir: “Sé que voy a morir, pero me voy contento porque seré el último de la procesión”.  Y efectivamente, fue el último. Murió el 15 de septiembre de 1854 y fue la última víctima de la epidemia.

            Cuando ahora, aquejados de una pandemia mucho menos letal que aquella, y con más medios y vacunas para combatirla, vemos a ciertos políticos queriendo sacar provecho de la desgracia en vergonzosos enfrentamientos, todos deberíamos recordar a don Trino Quijano, que está enterrado en la Plaza de España de Alacant y fue conocido como Ángel de Salvación. Él sí fue un gran político, un político ejemplar.

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