Una bella aproximación

UNA BELLA APROXIMACIÓN

 

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Se conocía bastante bien. O eso creía, pues eran ya muchos años viviendo consigo mismo. Siempre había procurado, durante ese largo tiempo, no engañarse, ni disfrazar las cosas. Tampoco darles más importancia de la que realmente tenían. Aunque a veces, tuvo que reconocerlo, le resulta imposible impedir que lo dominaran la imaginación, su congénito pesimismo, o las circunstancias del momento. Es lo que le sucedió aquella fría mañana. Fue el resultado de dos noches en las que a duras penas pudo conciliar el sueño durante un par de horas.

-Todos sabemos cuál es el remedio para esta bonita situación -se dijo en tanto se metía en la ducha.

Fue meditando en la solución mientras se duchaba, desayunaba y se equipaba para llevar a cabo su pequeño plan: salir a caminar por el monte durante largas horas. Escoger una ruta larga, muy larga, y esperar a que el cansancio le permitiera dormir toda una noche entera. Sin más metió en su vieja y gastada mochila todo aquello que consideró imprescindible, y se fue hacia la estación. Caminando, para comenzar a hacer realidad su plan. Tenía tiempo de sobras. Se sabía de memoria el horario de los trenes. Aun así los consultó, una vez más, por Internet. Se fue a pie.

Era domingo. La ciudad dormía plácidamente a aquellas horas. Caminó, pues, sin ninguna interrupción.

-Es una gozada esto -se dijo- de poder saltarse los semáforos, de cruzar la calle cuando está en rojo. Los sufridos semáforos -se contó- también se han convertido en una clara señal de la estupidez humana. Ahora la silueta del caminante, la del semáforo, lleva faldas por aquello de la igualdad de géneros. Lo malo es que muy pocas mujeres llevan esos faldones: casi todas visten pantalones.

Llegó a la estación con tiempo de sobras. Sacó el billete y en cuanto se lo permitieron subió al tren. No había nadie en el vagón. Hacía frío. Se sentó en uno de los asientos relativamente bien iluminados y sacó un libro de la mochila. No pudo concentrarse en la lectura. Cerró el volumen, apoyó la cabeza contra la ventanilla, y dejó que fluyeran sus pensamientos.

Se iba a su pueblo natal. Aquel viaje lo hizo infinidad de veces con su abuelo. Era un niño. El regreso al pueblo siempre estaba lleno de dicha, contento y alegría. Le encantaba, a pocos metros de la estación, sacar la cabecita por la ventanilla, ver el alto y hermoso campanario de la iglesia, y evitar la carbonilla que despedía la chimenea del tren. Una vez en el pueblo, sin esperar a su abuelo, emprendía una alocada carrera por la cuesta de la estación, se detenía en la escuela durante unos segundos, y seguía corriendo hasta llegar a su casa.

En el tren actual no se podían abrir las ventanillas. Como mucho, correr o descorrer la cortina de la misma. Los asientos, además, ya no eran de madera, ni estaban encarados los unos contra los otros: era imposible allí, como se hiciera antes, merendar, compartir el lomo y las morcillas de la fiambrera, e invitar a un trago de la bota de vino. Se fijó en que los pocos viajeros que subieron iban todos, como si les pendiera el cordón umbilical de las orejas, pegados al móvil, o a diversos artilugios mediante finos hilos. Nadie saludó. Todos iban encerrados en su silencio.

-Ayer me emocioné -se dijo susurrando-. Entré de buena mañana a sacar dinero en un cajero automático. No cerré la puerta. Cuando estaba pulsando las teclas, entró un hombre, más joven que yo, y saludó. Dijo “buenos días”. Le contesté, por supuesto. Y la verdad, estuve a punto de darle un abrazo. Todavía quedamos unos cuantos dinosaurios con algo de educación. Me emocioné.

El tren se puso en marcha. Tardaría una hora en llegar a su pueblo. Recordó que, de niño, tal vez por pasar tanto tiempo con deudos y parientes, alejado de sus padres y amigos, necesitaba, de alguna forma, despertar el interés y la admiración de aquéllos.

-El instinto -se dijo- siempre me ha funcionado muy bien.

Les explicó a sus tíos, y a su abuelo, en el tren a éste, que en una hoja cuadriculada, si multiplicas los cuadros de un lateral por los de la base, te da el número exacto de cuadros que hay en la hoja. Nadie le prestó atención. Pero a él le pareció un descubrimiento maravilloso. Pasó buena parte del viaje haciendo comprobaciones en las diversas libretas que tenía. Ni una vez falló el cálculo. Se dijo que tenía que preguntar quién había descubierto aquello.

-La vida está llena de incógnitas. Nos vamos de aquí ignorando más cosas de las que sabemos.

Una vez, no recordaba en qué pueblo, subieron al tren dos guardias civiles, tricornio, rostro serio, máuser en las manos, llevando a dos presos. Iban éstos unidos por unas esposas. Se sentaron frente a él y al abuelo. Enmarcados por los guardias. Nunca olvidaría el tintineo de larga cadena de las esposas cada vez que uno de aquellos presos se llevaba el cigarrillo a la boca.

-¿Por qué los llevan presos, abuelo? -preguntó.

El abuelo no le supo contestar. Levantó los hombros y encendió un cigarrillo. Le hubiera gustado saber qué habían hecho aquellos hombres, y cómo terminó el asunto. Seguramente mal para ellos. No eran buenos tiempos.

-Nunca lo han sido -se dijo cerrando lo ojos.

Llegando al pueblo se planteó qué camino seguir. Podía subir la cuesta de la estación, torcer a la izquierda y salir a la carretera en busca del desvío que deseaba. O subir por la cuesta de la izquierda, bordeando la fábrica de tornillos, sin pasar por el pueblo. Pero este camino ofrecía pocos atractivos para él. No quería caer en la tristeza y en la melancolía. Se puso las gafas de sol, se caló un amplio sombrero, y comenzó a subir sin prestar mucha atención a la escuela donde aprendiera a sumar, multiplicar y dividir. La escuela se había transformado en un centro geriátrico.

-Caudiel no existe -se dijo- más que en mi memoria, en mi recuerdo. Es una entelequia. Esto que hay aquí es otra cosa. Nada tiene que ver con aquello. Todos están muertos, y todo está tan cambiado que ni la madre que lo parió lo reconocería.

Pasó rápidamente por las desiertas calles. Se tropezó con alguna que otra persona. Se saludaron sin detenerse. No tardó nada en llegar a la carretera de Montanejos. Metiéndose por la Grieta fue a dar a la estrecha carretera de Higueras. Y poco después llegó al desvío que deseaba. Se iniciaba con una buena subida. Se lo tomó con calma y tranquilidad. Tenía todo el tiempo del mundo por delante: el tren no salía hasta las 18 horas. Comería en el bar en cuanto regresara, y todavía tendría tiempo para dar un par de vueltas por el pueblo. A los pocos pasos tuvo calor. Se despojó de la chaqueta y siguió caminando. De vez en cuando oía ladridos de perros y lejanos disparos. Los cazadores estaban haciendo de las suyas por los montes. Pensó entonces que la camiseta que llevaba era muy discreta. Se la quitó y se puso la chaqueta. De un amarillo chillón. Podía verse a kilómetros de distancia.

-No quisiera que nadie me confundiera con un jabalí -se dijo.

Durante horas y horas siguió caminando. Sin descanso. Había escogido aquel camino porque nunca jamás lo recorrió siendo niño. No le traía ningún recuerdo, pues. Salvo el derivado de un par de viajes con algún que otro amigo. Éstos le habían aconsejado, infinidad de veces, que no fuera nunca solo por el monte. Le podía pasar cualquier cosa. Pero sus amigos y conocidos tenían nietos y obligaciones, cuando no alguna que otra tecla o enfermedad. Era difícil quedar con ellos. Máxime si se improvisaba. Cierto es también que había intentando salir con varias peñas de senderistas… No hizo bondad en ninguna de ellas.

-Me he convertido en un cascarrabias insoportable -murmuró.

Hacía ya tiempo que había caído en la cuenta que la vejez no lo había hecho más tolerante. Todo lo contrario. Se separaba inmediatamente de aquellas personas que no le gustaban.

-Me queda poco tiempo -decía como excusa- y no estoy para perderlo con tonterías y bobadas.

Y a fin de no sufrirlas, cuando no iba con los dos o tres amigos, y amigas, que le quedaban, iba solo.

-Al fin y al cabo -se había repetido hasta la saciedad- solo se muere una vez.

Recordaba haber leído, de joven, la muerte de Stalin. Si no le fallaba la memoria, parece ser que éste se encerró en su despacho con la orden de que nadie lo molestara. Allí, nada más entrar y cerrar la puerta, sufrió un ataque. Pasó horas y horas, inmovilizado, sin que nadie lo auxiliara. No pudo llegar al teléfono, ni a la pistola que, seguramente, tendría en algún cajón de su mesa. Cuando entraron a buscarlo era tarde.

Tropezó con una piedra. Estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Se detuvo. Miró el reloj y decidió continuar avanzando un poco más. Según sus cálculos no tardaría en llegar a una especie de banco, en realidad una piedra alargada y lisa, donde había almorzado alguna que otra vez con una amiga, aficionada también a las escapadas por el monte. Esta vez, sin embargo, no pudo llegar. Se percató de que le fallaban las piernas. Varias veces estuvo a punto de caer, y no por tropezar con nada. Necesitaba sentarse urgentemente. Se quitó la mochila, se salió del camino y se dirigió hacía un claro del monte. Había allí un grueso pino contra el cual se podía apoyar. Llegado frente al pino, se agachó para depositar la mochila con suavidad. Pero al hacerlo se fue de bruces contra el suelo. No entendió lo que le pasaba. Y sin entenderlo cometió el error de darse la vuelta alejándose un poco más del árbol. Se quedó contemplando el cielo. Y por más esfuerzos que hizo fue incapaz de incorporarse o de girar sobre sí mismo. Se cogió de la matas que tenía a su alcance para hacerlo. Pero las matas se le quedaban en las manos, o se le clavaban en las carnes, sin serle de ninguna utilidad. Lo intentó una y otra vez. Y cada vez estaba más agotado y más débil. Decidió quedarse un tiempo sin moverse. Buscó la mochila con desesperación. Se hallaba lejos de su alcance. Tanto ella como la botella de agua y la fruta que había metido. También el móvil estaba, con ella, allá en el fin del mundo.

Sobre su cabeza había un cielo claro y sereno. Por encima de él pasaban, muy lentamente, varias pequeñas nubes. Le recordaron a un día de mucho viento. Un pájaro, grande, volaba por el cielo. Movía las alas con desesperación. El viento era tan fuerte que el pájaro no avanzaba. Siempre estaba en el mismo sitio.

-Como yo -se dijo.

Recordó que un amigo le contó una vez que un vecino de su pueblo, también diabético, salió a caminar por el monte. Le dio un bajón de azúcar, se cayó y no se pudo levantar. Encendió un cigarrillo pensando que era el último de su vida. Pocos minutos después lo encontró un vecino.

Estaba muy lejos del pueblo. Por allí no pasaba nadie. Debía esperar para recuperar fuerzas y ser capaz de llegar hasta la mochila. O cerrar los ojos, si no podía hacerlo, y prepararse para bien morir. Podía tardar horas en hacerlo. Por la noche haría frío. Si es que llegaba a la noche. Volvió a intentarlo. Fue inútil. Apenas levantaba la cabeza del suelo, se volvía a caer. Tras varios dolorosos intentos, se rindió. Cerró los ojos y pensó que era un buen día para morir. Y un inmejorable sitio: en su pueblo, y en medio del monte, donde tal vez nadie lo podría localizar nunca. Descansaría en campo abierto, solo, y sin molestar ni ser molestado.

En esas estaba cuando notó una agitada respiración a pocos centímetros de su boca. Abrió los ojos. Un ágil perro, con la lengua fuera, lo estaba olfateando. Luego se puso a ladrar. No tardó en aparecer un cazador. Este se asustó. Descargó la escopeta, la cerró y la tendió en paralelo a su pecho. Intuyó lo que tenía que hacer. Se cogió de la escopeta, y fue izado por el fuerte tirón del cazador.

-¿Qué te ha pasado? -le preguntó éste apoyándolo contra el pino.

-No sé. Un mareo. Un bajón de azúcar.

-Quédate aquí -le ordenó en tanto él salía corriendo.

No tardó en regresar montado en un todo terreno. Le ayudó a subir al coche, y sin más preguntas se lo llevó al hospital de Segorbe. Se machó antes de que pudiera darle las gracias. Salido del hospital al poco tiempo, sabiendo lo que sucedía, se metió en un restaurante y comió con ganas y apetito.

-Ha sido un bonito intento -se dijo-. Si no hubiese aparecido este hombre tal vez a estas horas sería un feliz cadáver. Pero las cosas son como son. No hay más.

Y sí, aquella noche durmió. Aunque no tantas horas como él esperaba.

UNETE



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