Esquema del problema militar



Hace unos días revisité la película basada en hechos reales de Lombardi: La boca del lobo. 


Cada vez que la vuelvo a ver adquiere un significado más fuerte. ¡Qué personaje el de Roca! Un militar atormentado por lo que debe representar, con ánimos de controlarlo todo, y que lo canaliza en su prepotencia y lo esconde en un supuesto pragmatismo. Lejos de ser una ficción, la representación de Roca está basada en lo que la militancia convierte al ser humano: una máquina vacía, que se siente macho al asesinar para demostrar su punto, pero que es débil para afrontar el error. Y aun así nuestra sociedad ha insistido constantemente en revalorizar y enaltecer a agrupaciones castrenses que no lo merecen. Lo que antes era un comentario de retórica huachafa, se ha convertido hoy en un discurso empoderado haciéndoles creer que tienen la potestad de decirle a los poderes públicos que es lo que deben hacer. Acaso no se han asustado por lo que las declaraciones de militares y ex-militares le han hecho a este país. Basta con revisar la historia del siglo pasado para atemorizarse. Pero entiendo que ese discurso salga del corazón y no de la cabeza, ya que carece de sustento lógico. Quizás, a Alfredo Barnechea, quien se benefició del gobierno militar de Bermúdez, le entre algo de nostalgia y por eso pide una intervención y posterior gobierno militar. Probablemente el tío quiera volver a la tele, ¿no? Yo creería que debe volver a ser escritor, que definitivamente le quedaba mejor. Pero sin desviar la tesis que nos compete hoy, quiero dejar claro el papel del ejército (e instituciones afines) y el por qué es un error en este país.

Debemos tener claro que los poderes públicos, elegidos democráticamente, son “libres” de tomar el rumbo que decidan, nos guste o no. Por ello, sería muy grave que el ejército peruano quisiera designarles a estos poderes una orientación a su gusto. El rumbo de un país, en lo que respecta al grado de militarización, no debe de ser indicado, irónicamente, por el ejército porque generarían un conflicto de poderes e intereses.

Un jefe militar que se pone de pie, saca pecho, y se la pasa dando recomendaciones al congreso para que haga aquello, o para quejarse del porque no hizo el otro, es un jefe, a quien se le tiene que mirar como una amenaza, porque no entiende que su lugar es estar en la sombra de la imparcialidad. Por ende, esa actitud reflejaría que más que servir al país, es un personaje que busca atención, aplausos y felicitaciones, entonces es un jefe que no se siente cómodo con la normalidad de su existencia, además de denotar un problema de autoerotismo. Un militar preso y enamorado de su convicción, errónea o no, es alguien con aspiraciones a imponerlas, y, en el caso del jefe, eso significaría imponerlas a un organismo importante. Ahora, alguno podría pensar que estoy defendiendo al estado, pero no, una intervención militar lo que hace es complicar y enredar aún más el labor del estado. Además, un golpe sería cambiar un estado por otro, así pues, las cosas no cambiarían, sino que sería una continuación.

Entonces una vez resuelta esa primera duda, surge otra, ¿un militar está privado de su libertad de expresión, pese a ser un derecho ciudadano? Sí, naturalmente, el militar adquiere un grado de responsabilidad extra. Por ende, no es cualquier ciudadano. Por consiguiente, debería ser un ciudadano inhabilitado por su amplia función. Un militar no puede andar celebrando mítines, tampoco afiliarse a algún partido político, no pueden pedir la guerra, pero tampoco correr de ella. Su libertad individual es obscenamente cohibida, y su libertad colectiva encarcelada. Rechazan todo principio liberal. Por ello, el ser militar resulta un martirio caprichista porque a diferencia del proletario, el militar rechaza su libertad por cuenta propia. Concuerdo con Araquistáin en que la fuerza de los militares debe ser, al mismo tiempo, su debilidad. Y, que los militares deben de abstenerse de toda actitud de alcance político porque cualquier actitud suya, por tranquila que sea, entraña siempre una coacción, en virtud de la fuerza que lo respalda.

Comprendido eso, si los militares realmente tienen algo de conciencia sobre el rol que deben de cumplir, no deben intervenir en el debate político actual. No se puede permitir que opinen de algo que podría forjar el futuro de este país.

 

Ahora, ¿Por qué digo que el militarismo es un error en el Perú? Porque si bien un país debe cuidar su defensa armada, debe de hacerlo dentro de sus recursos económicos y bajo un plan estratégico. No se trata de gastar dinero como si estuviéramos a la vuelta de una guerra. Al final para lo único que utilizamos las tanquetas son para desfiles que sirven para imponer nuestro poder bélico, o de otro modo, demostrar que tienen armamento suficiente para una opresión si se diera el caso. En el siglo pasado la excusa habría sido una eventual revancha con Chile. Sin embargo, no llegó y no llegará porque la mayoría de los países ya no están interesados en invertir recursos y vidas en un triunfo moral (Al menos que tenga aires de superioridad como USA). Además, el Perú carece de un sentimiento militar. Hace un momento comentaba que el ser militar era un sacrificio y un capricho. Sin embargo, en este país no hay mucha gente que tenga ese capricho como meta. Por ello, en casi 200 años, hemos improvisado el espíritu militar que nos falta. Antes la militancia era un fracaso porque, en su mayoría, estaba conformada por indios que eran obligados a servir. Indios que no tenían un sentimiento de patria porque este país los rechazaba, y, por ende, no concebían una patria a la cual defender. Ahora la figura cambió un poco, la militancia no es obligatoria, pero ahora la pluralidad está conformada por el fracaso personal. En otros países el grupo predominante en las escuelas militares pertenecen a una aristocracia y, sobre todo, están ahí por decisión propia. Por el contrario, en el Perú, los padres, como castigo quizás, meten al hijo más bribón, al “sin futuro”, o algunos padres más obsoletos, al hijo más maricón porque la escuela militar es para ellos algún tipo de reformatorio que “con mano dura” enderezan a los muchachos traviesos.

Por ello, la vocación militar en este país escasea. Unos se quieren creer más y piensan que son el eje clave de la sociedad y por eso quieren mandar a todos, otros impulsan su inestabilidad mental, pero son muy pocos los que entienden cuál es su papel, y no andan rogando un conflicto para ver a cuantos ciudadanos se bajan en esa noche, o, por el contrario, busquen demostrar su punto. 

La militancia como está concebida en este país, en mi opinión, refleja el punto más bajo del ser humano. No forma juicio crítico, ni mucho menos análisis, priva de libertad a sus miembros y los forja bajo un pragmatismo entorpecedor. El fin justifica los medios aparentemente; así que hay que reprimir, encubrir y mentir, ¿no? También existen algunos que se idiotizan cuando ven a alguien de casaca camuflada o de uniforme, porque ellos son héroes dicen; héroes que se aprovecharon de un pueblo paupérrimo y humilde para robarles -y sin hablar de las violaciones a mujeres - , todo porque ellos tienen aires de superioridad y, por ende, se creen mejores, mas pendejo, y, sobre todo, mas importantes. Si bien la crítica ha sido principalmente a las instituciones castrenses, quiero hacer un pequeño inciso final. Hasta hace unos años se podría haber exonerado a la escuela naval ya que ahí sí se encontraban jóvenes con cierta vocación. Además de ser un oficio más elegante, propio de los gustos más finos y mejores cultivados que se representaban en un uniforme blanco, como diría un cojo. Sin embargo, no quedan fuera. La crítica del texto, lo repito, aplica para toda institución. Para mí con el último hecho acontecido me queda claro que no es un oficio elegante ni de lejos. Por el contrario, son un grupo en decaimiento y de paupérrima formación. Los grupos militares no tienen en sí una razón de existir. Oprimen, no solo al pueblo en momentos que lo necesita, sino a sus propios miembros.  






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