El pasado

EL PASADO

 

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Cicerón, Sobre la vejez1.

Me llamó mi vecino, ya bien entrada la tarde, por si me apetecía salir con él a pasear y a tomarnos una cerveza. Llevaba ya muchas horas sentado ante la mesa sin levantarme; y, desde luego, era mejor esa opción que aposentarse delante de la televisión y ver cualquier insulso programa. Mis ojos, por otra parte, no lo hubieran soportado. Acepté, pues, la invitación. Nos reunimos en la puerta del patio.

-¿Qué tal? -me preguntó tendiéndome la mano.

-Cansado. Muy cansado.

-Pasa demasiadas horas frente a los libros.

-Sí. Tiene razón. Y termino hecho polvo. Lo cual demuestra que la sarna con gusto también pica.

-No podía ser de otra forma. ¿Le apetece ir a algún lugar determinado?

-A donde no haya gente.

-Eso a estas horas es fácil de lograr. Vamos hacia un restaurante un tanto lejano. Tienen un vino realmente excelente. Merece la pena el paseo. Y sin mascarilla.

-Sin mascarilla. Adelante. Ya no puedo pasar sin su copa de vino.

-A lo bueno se acostumbra uno enseguida.

-Sí; pero alcanzarlo exige enormes y grandes sacrificios. Chorros de sudor.

-Si se refiere a la educación, a la sabiduría y todo lo demás, desde luego tiene toda la razón del mundo. Pero al vino...

-En eso estaba pensando. Es lo único bueno. Y la amistad -añadí sonriendo-. Y no crea, con respecto a lo otro hay mucha gente con un paladar totalmente echado a perder.

-Cierto. Y ya que hablamos de la amistad, una pregunta que hace tiempo que me corroe: ¿Conserva usted amigos de la infancia? ¿Y amigas?

-No. Conservo varios amigos de cuando hicimos el bachillerato, teníamos entonces catorce o quince años; y de la universidad, un poco mayores. Nos vemos de uvas a peras, sin embargo. Están todos casados, y algunos hasta tienen nietos. No han desaprovechado el tiempo ¿Y usted? -pregunté a mi vez- ¿Tiene viejos amigos o amigas?

-Alguno hay por ahí, pocos; pero apenas los veo. Tampoco me apetece mucho, la verdad. No tengo ningún interés por estar rememorando el pasado. A veces se ponen un tanto pesados con eso de la perdida juventud y lo felices que fuimos en aquellos tiempos, etc, etc. Y Juventud, divino tesoro...Todo falso.

-Todas las evocaciones tienen su parte de fantasía. Gran parte diría yo. Y sí, hay gente muy pesada con el pasado, la juventud y todo lo demás. Es todo pura invención.

-¿Recuerda usted su juventud? ¿Le produce el recuerdo tristeza y melancolía?

-No, ninguna melancolía. Prefiero no recordarla. No fue una época feliz de mi vida, ni mucho menos.

-¿Hay alguna época acaso que se pueda considerar feliz?

-Durante unos años -le dije sonriendo- tuve ramalazos, momentos felices, días incluso. Fue cuando aprobé las oposiciones y pude dejar de lado los libros, y toda la tensión. Luego, pasado un tiempo, necesité volver a ellos. Pero lo hice de otra forma, totalmente distinta. Y entonces sí, entonces gocé y disfruté. Mucho. Muchísimo.

-¡Vaya! -exclamó-. Yo lo hacía a usted siempre feliz y contento estudiando.

-No. No fue así. Me costaba mucho estudiar, aprender algo. Y me sigue costando. No soy una persona inteligente… Necesito Dios y ayuda para comprender cualquier cosa. No se puede imaginar la cantidad de rabia, de impotencia y de lágrimas, que he derramado frente a los libros, o frente a los textos… No me salían las traducciones. El sentido de frustración e impotencia era total, completo. Y luego, llegar a clase y comprobar la facilidad de mis compañeros para entender aquello que yo no veía de ninguna de las formas. Pasé horas y horas frente a los libros. Muchísimas horas para lograr un mísero aprobado cuando ellos tenía unas notas verdaderamente brillantes. Fue angustioso. No hay nada de melancolía. Todo lo contrario.

-¿No exagera un poco? A todos nos ha costado mucho entender ciertas cosas. Tal vez sea muy exigente con usted mismo.

-No me quedaba otra si no quería quedarme más atrás de cuanto ya estaba.

-Bueno. Ha aprobado las oposiciones. Eso no lo logra todo el mundo.

-Creo -le confesé sonriendo- que fue cuestión de suerte. Me salió un tema con el cual llevaba años deleitándome. Y la traducción no estuvo mal del todo. Eso sí, cuando vi la nota, aprobado, respiré. Y sin decir nada a nadie, me fui de viaje, yo solo, por los montes de Albarracín. Me perdí por el monte intentando llegar a Teruel siguiendo el río. Estuve dos días sin comer, dando vueltas por aquí y por allá, sin ver a nadie y con la mochila vacía. Pero, ¿se lo puede creer? Fueron los momentos más felices de mi juventud. Tanto es así que, pese al hambre, no me alegró mucho la visión de la presa del pantano y de varios coches.

-Me está dejando usted totalmente asombrado.

-No. No soy nada dado a evocar el pasado. No me gusta. Las pocas veces que me reúno con mis viejos amigos, nunca lo hacemos. Una vez, cierto es, hubo un breve conato de volver al tiempo pasado. Cualquier tiempo pasado, pasado fue. Lo dijo uno de los amigos, y yo lo reafirmé. Y ahí se acabaron las evocaciones.

-Sí. Hay cosas del pasado muy dolorosas. A veces, sin ningún motivo aparente, se presentan con la rapidez y el dolor de un puñetazo en pleno estómago. ¿No le ha sucedido a usted nunca?

-Yo no lo permito. Me parezco a esos campesinos de las películas de miedo, siempre armados con la cruz y los ajos por si aparece el señor Drácula con sus afilados colmillos.

-Sentido del humor no le falta, desde luego. ¿Y es eficaz?

-Totalmente: de nada sirve evocar el pasado. Fue. Se acabó. Me importa el porvenir, los días venideros. Aquello ya no tiene sentido.

-No todo es tan negativo. Creo que es muy de alabar su insistencia, su fuerza de voluntad.

-Era luchar contra un imposible: en casa no teníamos muchos recursos. Luché denodadamente por hacerme con una beca. Exigían una determinada nota, alta, para darla. No la conseguí. Huelga decirlo. Y ese sí que es un bello recuerdo de mi juventud. El día en el que mi padre, quien apenas si sabía escribir, entró en mi habitación y me dijo que no me preocupara, que mientras él viviera, podía yo seguir estudiando e intentándolo una y otra vez, sin descanso. “Tierras no te voy a dejar” -me dijo- “Pero titulicos todos los que tú te quieras sacar”.

-¿Y no se le ocurrió cambiar de carrera? Tal vez hubiera estado más dotado para las ciencias, las matemáticas, la física…

-No, no se me ocurrió. Además, se lo digo ya: hubiera sido inútil.

-Tal vez debería haberlo intentado. ¿Por qué escogió letras?

-Por culpa de Alejandro Magno.

-No me diga que quería ser usted aventurero o conquistador, o fundador de ciudades.

-No, no señor. No quise ser nada de eso. No fueron sus conquistas lo que me atrajo de él, ni su vida, ni sus aventuras por Asia. Fueron los nombres. Las palabras.

-No lo entiendo.

-Al principio, siendo yo un niño, me encantó la historia de Alejandro y su caballo Bucéfalo. Luego, pasados unos años, empecé a enamorarme de las palabras encerradas en esa misma historia: me encantaba repetir el nombre de su madre, Olimpíade, princesa de los molosos, seguido de uno de sus generales, Antígono monóftalmos, o Antígono el tuerto, y su hijo Demetrio Poliorcetes. Luego, o antes, vendría Persépolis, Susa, paideia, filantropía, Arrideo, Cáucaso, Mármara, Celesiria, Berenice… Tantas y tan bellas palabras… No sé. Justificaciones. Por razones diversas, y tal vez no muy bien conocidas, uno se dedica a esto o aquello. Y luego, para racionalizarlo, se recurren a cosas como estas que le acabo de decir. No creo que tenga mucho sentido.

-No sé. Tal vez sí lo tenga. A veces la cosa más insignificante hace de piedra de toque.

-Sí, la princesa de los molosos, que debía ser de armas tomar, me llevó a la Grecia clásica. A la pobre mujer, tras la muerte de su hijo Alejandro, la ejecutaron. Con la muerte de éste, comenzó una feroz lucha por el poder entre sus generales, los famosos diádocos. Miles y miles de muertos por las ambiciones de unos y de otros. Por hacerse con el poder. Por tierras y mares.

-Afortunadamente eso hoy en día ya no es posible.

-No lo diga muy alto. Tal vez no sea muy posible en la Europa de ahora. Pero fíjese en el resto de los países.

-¿Se ha dado cuenta de que no queríamos hablar del pasado, y hemos vuelto a uno de sus temas, a Grecia?

-¡Ah, querido amigo! No es lo mismo hablar de la insignificante vida de uno que de la historia de nuestros antepasados. Esta y estos nos pueden ser de mucha ayuda y enseñarnos muchas cosas. No obstante, no se crea esa tontería de que el pueblo que no conoce su historia está obligado a repetirla. Aquí nadie conoce nada. Y lo poco que conocen es para ensalzar las nubes patrias. Y sentirse como si estuvieran en el paraíso. Y siempre es uno y lo mismo.

-Sí. Es cierto. La ignorancia de nuestra historia es proverbial. Ya no se estudia historia ni filosofía.

-Le voy a contar ahora una anécdota de mi pasado. Un día estaba en mi habitación haciendo una traducción del griego. Era un pequeño juego de palabras de Platón, de uno de sus diálogos. La traducción que hice fue horrible. Pero capté su sentido: “ninguno de nosotros sabe nada. Y por no saber no sabemos ni eso mismo, y creemos saber algo”. Algo así decía aquel texto. No mi desastrada traducción.

-Bien, querido amigo. Cambiando de tema, apenas, desde que hemos salido de casa, si nos hemos tropezado con tres o cuatro personas, y todas, pese a que ya no hace falta, según las autoridades sanitarias, con su correspondiente mascarilla. Nosotros dos somos la excepción. Al paso que vamos, se está preparando otro motín de Esquilache. Dentro de poco, policías y sastres van a estar en las esquinas de las calles cortando las gomas de las mascarillas.

-No me extrañaría nada.

-¿No le parece que la gente le tiene mucho miedo a la muerte?

-Con miedo o sin él, igual se van a morir. Además, no entiendo ese pánico: una vez se mueran se van a hacer inmortales. ¿Qué más quieren? Como usted sabe, un muerto no se puede morir, luego es inmortal. Es un chiste de Artemidoro. A Filipo de Macedonia, que era un poco bruto y recopilaba chistes, le hubiera encantado. No me imagino a Olimpíade, la princesa de los molosos, riéndose con semejante banalidad.

-¿Y que le parece si nos quedamos a cenar en este magnífico restaurante y luego rebajamos la cena con otro paseo y otra charla?

-Me parece una idea magnífica, y muy digna de usted.

-Me halaga.

-Estoy añorando la copa de vino.

-Pues vamos a ello. Y que la añoranza no nos agríe el vino.

-Puede estar tranquilo. No lo hará.

-Me fío de su palabra.

1Cicerón, Sobre la vejez, sobre la amistad. Cátedra letras universales. Madrid, 2012. Traducción de M. Esperanza Torrego Salcedo.

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