Apuntes sobre la intolerancia expresada después del balotaje en Perú



Ya han pasado 21 días desde la celebración del balotaje en Perú, y aún el Jurado Nacional de Elecciones no se ha pronunciado sobre el ganador, a pesar de que el conteo de votos por el ONPE da la ventaja a Pedro Castillo sobre Keiko Fujimori.

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Desde aquella celebración, han sucedido una serie de expresiones que quisiera comentar, porque ellas desenmascaran la parte más profunda, vil y obscura de nuestra intolerancia al "otro".

El "otro" en realidad somos todos, tanto el que escribe este texto como quien lo lee, tanto el hombre común de la calle como el campesino del campo, ese es el "otro".

Lo contrario al "otro" es el "yo": nuestra conciencia y nuestros pensamientos, el conjunto de ideas, valores y creencias que en ciertas circunstancias utilizamos para dar razón (o sin razón) a nuestros actos.

Pero en la medida en que no existe una cierta tolerancia en cuanto al "otro", a sus ideas, valores y creencias, entonces podemos caer en el odio, la envidia y otras pasiones que se traducen en repulsa a aquello que no nos es familiar ni conocido.

La repulsa es la expresión de nuestra intolerancia hacia lo extraño, lo extranjero y lo vulgar.

Es verdad que no debemos tolerar todo, como las injusticias. Es verdad que no compartimos los mismos valores que otro grupo. Es verdad que es más común las diferencias en tanto educación, información y formación, pero también es verdad que las intolerancias muchas veces llevan a la violencia y al desencadenamiento de luchas intestinas entre dos sociedades que no tienen ningún valor en común.

En estos días, después del balotaje del 06 de junio en Perú, lo único que se ha visto en todos los medios es la intolerancia de todos hacia todos. Las expresiones de odio como "no me gobernará un campesino", " por qué (un campesino) quiere ser igual que yo", manifiestan que aún vive en nuestra sociedad esas pasiones que solo expresan la intolerancia hacia el "otro", quien es usualmente el hombre de campo.

La Lima devota y sensual, esa Lima que se va de Gálvez Barrenechea, aún sigue destilando intolerancia a los "otros": al hombre de campo y a los ronderos campesinos.

Esta intolerancia del hombre de la ciudad hacia el hombre del campo no es actual, por su puesto, es endémica: ya era sugerido en Sarmiento en su libro Civilización y Barbarie, en Argentina, cuando expresaba la lucha entre los bonaerenses contra el caudillo Rosas, la guerra entre el gaucho que viaja con su cuchillo y a caballo contra el hombre de la ciudad .

En Lima esas diferencias han sido palpables siempre: desde la fundación de esta ciudad se hacía diferencia entre los barrios altos, donde vivía la clase aristocrática, y el Cercado, un barrio propio para indios.

En la era republicana, Lima también marcó las diferencias con el obrero de la industria, quien vivía en los barrios nacientes de la Victoria, mientras que la clase alta y media alta residía en los nuevos balnearios de Miraflores y Chorrillos.

La Lima del primer bicentenario, de la época llamada Patria Nueva de Balta, no había perdido estos altos aires de aristocracia. En ese entonces los industriales se asentaron en las urbanizaciones de tipo inglés en San Isidro, mientras que los obreros eran ubicados en los barrios del Rímac.

Mientras los campesinos de la sierra migraban hacia Lima en la primera mitad del siglo XX y formaban las primeras barriadas, los limeños expresaban repulsa hacia ellos en su revista Caretas, en la cual calificaba a este fenómeno de "lupanar para la ciudad".

Matos Mar ya había declarado el desborde popular en la década de 1980, porque en las barriadas de Lima vivía alrededor del 30% de la población: Lima solo reflejaba un manto de miseria en sus periferias mientras en el centro, en Miraflores, San Isidro, Surco y San Borja, desbordaba la modernidad.

Lima es expresión del Perú, fue considerada como el centro de este país por Valdelomar en la década de 1910. Pero todavía sigue siendo centro , pues concentra a más del 40% del PBI nacional, al 70% de los especialistas de medicinas, y más del 80% de las oficinas insertadas en la vorágine de la globalización.

La Lima devota y sensual, de población que se dedica al rezo los domingos y el resto de la semana al vituperio y a la invectiva hacia el "otro", la Lima colonial que caracterizó Sebastián Salazar Bondy en su Lima la Horrible, aún pervive .

Esa Lima que cree que es el centro del mundo es la que califica al "otro" de "cholo ignorante", esa Lima intolerante hacia el "otro" es la que reclama ahora la democracia, cuando esta más bien reposa en el respeto y la tolerancia de la elección del "otro" sobre su representante en el gobierno.

Esa Lima colonial, devota y sensual, que reza el rosario, que celebra las procesiones del Señor de los Milagros cada domingo del mes de Octubre, aún pervive más intolerante que nunca: no es raro que desde sus entrañas hayan salido pequeños grupos como "La resistencia" y hagan el saludo nazi, el partido político alemán racista, belicista, brutal, que causó la muerte de más de un millón de judíos en los campos de concentración (como en Auschwitz) por considerarlo una raza superior, porque acaparaba toda la cultura, la ciencia y las finanzas. Ese partido que destiló odio hacia las otras razas porque consideraba al ario la raza superior, ese es el modelo de esta Lima devota y sensual, la cual, no obstante, exige democracia.

Esta Lima devota y sensual es la que exige ahora que Castillo no gobierne, pues considera al balotaje como ilegítimo y, por tanto, proclama que se convoque a nuevas elecciones. Pero estas exigencias están cargadas de invectivas hacia el "otro" por considerarlo "campesino", "comunista" o, peor aún, "maestro ignorante".

Estas expresiones son la clara manifestación de la intolerancia de una clase social que aún siente su superioridad, pero la siente manchada pues la creía indeleble.

En la democracia de este grupo de limeños, cabales representantes de la Lima devota y sensual, no hay tolerancia hacia el "otro": el campesino y maestro de escuela primaria encarnado en Pedro Castillo.






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