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Talvez fue en esas clases de filosofía del bachillerato donde alcanzamos meridiana claridad respecto al hombre como fin en sí mismo, de lo que nos quedó flotando por muchos años la consecuencia, que el hombre no debe malbaratar las palabras y menos la palabra, tratando de argumentar para justificar todo aquello que sea un medio o instrumento, por cuanto respecto de ellos, solo puede existir una única justificación: la utilidad, el lucro, el pragmatismo, la practicidad; quizás por ello la clase siguiente, era la de artes manuales: casitas de palillos y colbón, tejeduría con mimbre, un velero entre una botella y también “punto cadeneta y cruz”.
En esa línea y sin ninguna duda, muchos de esos que somos “aventajados para llenar la cabeza con murciélagos”, aprendimos que la tecnología es caballo de Troya y caja de Pandora cuyas partículas componentes no permanecen en perfecto equilibrio y a pesar de aparecer como “hermosa flor”, de la que vemos su belleza, pero no miramos su hermafroditismo.Digamos que,
ha empezado el segundo tiempo de un juego de ping-pong que había sido
suspendido por el problema de marca mayor que nos agobia: la pandemia y de la
que resueltamente ya, cierta gente resuelve con el solo decir: “entonces
qué, nos encerramos y no volvemos a salir, en cualquier parte nos podemos
contagiar; entonces, a la calle”, expresiones que apenas si dan cuenta del
escaso porcentaje que nos queda de amor por la vida y por el respeto, propios y
hacia los demás. Esa gente, del solo aquí y ahora, que, del mañana, nada nos ha
de preocupar.En este
segundo tiempo del partido, ha vuelto a florecer la preocupación de
“presencialidad o virtualidad” y con gran vehemencia en otro “round” entre
administración de justicia [justicia], servidores de la Rama Judicial y
abogados en ejercicio.No somos
enemigos de la tecnología y podemos contar entre nuestros haberes, el haber
podido maquetar, en sueños, [que llenaron la cabeza de abogado] el primer software
[Apolo] que un alma gemela programó, poniéndole el alma de abogado, de juez
y de simple ciudadano, de tal modo que, un click, uno solo, bastara como
el grifo de acueducto, a calmar la sed en el ámbito de soluciones en el
servicio de administración de justicia.Con un
“módem” chicharra y una línea telefónica, entre los años 2000-06, con el incipiente sistema conectamos juzgados
de Rionegro, Envigado, Bello, algunos de Medellín y en experimentación un
juzgado del Amazonas y otro de la Guajira, de tal modo que cualquier abogado
que estuviera en Medellín o en cualquier lugar del mundo, no solo recibía [en
ese entonces] un mensaje SMS en su celular, cuando en sus procesos se producía
alguna actuación, sino que además podía leer fidedignamente el contenido de
todo auto o sentencia, sin tener que ir a las sedes de los juzgados en esa
rutina de “revisar procesos”, a desgastarse y a desgastar a los empleados de
los juzgados.Cuánto nos
apoyó la dirección administrativa seccional de la rama judicial en Antioquia;
en ese camino, fuimos citados ante el director de Rama Judicial en Bogotá y
expusimos durante varias horas el proyecto en funcionamiento, de tal modo que
quince días después enviaron un ingeniero a Medellín a evaluar el software para
proyecto piloto en Antioquia. No tomábamos fotos, ni escaneábamos nada para
“subir a alguna página web”; no. Era un sistema. Lo mismo se hizo ante el pleno
de magistrados del Tribunal Administrativo de Antioquia, con el apoyo de una
exmagistrada que creyó en nuestro sueño.Avanzamos así
durante tres años, hasta que a otra magistrada se le dio por pensar que “con
la información pública de los juzgados, no pueden enriquecerse los
particulares” y empezó el calvario, por el sueño mismo, por lo invertido,
por los empleados. Era irresistible que ese software [suave rutina],
fuera tan grato desde la cabeza de un abogado y no de un ingeniero.Fue el palo
que se atravesó a la rueda de la carreta que empujábamos cuesta arriba. ¡Cómo
te recuerdo Nelson Jones, programando lo improgramable!Casi tres
décadas han pasado y la rama judicial no ha superado la página web y nos
preguntamos: ¿qué habría pasado en la administración de justicia, si al momento
de iniciar la pandemia, no hubieran existido los ya robustos softwares de
transmisión de audio-video como Zoom, Google meet, etc?No tenemos
aún en la rama judicial un sistema interactivo y menos cuando lo que tenemos
está mediado por el correo electrónico con su limitación para transmitir
archivos grandes y a veces con la incertidumbre respecto de la hora de
recepción en servidores de destino cuando son enviados a algún despacho
judicial, con las inherentes consecuencias jurídico legales, por la limitación
de recibo oportuno hasta la hora laboral de atención de cada despacho judicial.Talvez lo
anterior despierte la benevolencia [tan siquiera], de los que acomodan en sus
bibliotecas gordos tomos de tratados de derecho, en cuyas pastas de cuero, se
estampan sus títulos en letras de oro; gordos tomos que, a pesar de tanto ser
estudiados una y otra vez, nada explica, que [como en la rueca], terminen “sus
lectores” hilando tan delgadito y hasta con decidida mala ortografía.Vitalmente,
en nuestras interrelaciones, siempre nos hemos hallado sin tiempo para ser
breves.Cual caja de
Pandora o como caballo de Troya, eso es la tecnología; cargada de semillas de
bien y de mal, de tal modo que un click basta para que florezca solo mal
o para que florezca solo bien, o que sea un jardín equitativo: la neutralidad
tecnológica, de la cual no solo tenemos dudas razonables, sino convicciones
rotundas respecto de la imposibilidad de su existencia. Que no se nos diga que
eso depende del cómo la usemos; infortunadamente y como verdad de a puño, no
somos lo que deberíamos ser: usuarios de la tecnología. No tenemos
conciencia de que, aunque sea gratuita, es altísimo “el precio que se paga por
ella”.Ahora, a la
pandemia se suma una nueva cepa: presencialidad o virtualidad
[tecnología] en la administración de justicia y confundida como la justicia
misma, en la indistinción entre medios-valores-fines, en sinonimia insoportable
como de “valor y precio”.Evidente que
no podemos decir que la presencialidad no exacerba el riesgo de contagio y que
un medio para su desaceleración no lo sea la virtualidad, lo que no tiene
discusión; pero de ahí a justificar “argumentativamente” la bondad, per se, de
la tecnología virtual, en la realización de la justicia sí es un despropósito,
excepto en cuanto nos hallemos presos de sus “zonas de confort” y absortos con
el producto del eficientismo, para afirmar que la administración de justicia
operando virtualmente significa un enorme avance, para todas las partes en un
proceso, a pesar de hallarse en lugares geográficos distantes y el consabido y
discutible estribillo que una “justicia tarda, es una injusticia”, como
suficiente a sostener como demanda indeclinable, que la rueca de la administración
de justicia hile delgadito, de otro modo, eliminar la “obesidad atribuida a los
gordos tomos”, lo que de manera incuestionable se logra con la “suave rutina”
de ser fieles a los “manuales técnicos de hasta redacción y argumentación
jurídica”, que remueven los “obstáculos: leer, releer, pensar, repensar,
redactar y argumentar” para sanar así la cojera y el renguear de “la
justicia” y en tanto un mundo hipersembrado de “pares y prohibidos”, nos obliga
a andar por los atajos de la máxima brevedad, a la máxima velocidad. ¡Paradoja!Debe quedar
claro que no es posible seguir confundiendo la justicia, con la administración
de justicia. En esto, que harto nos estamos pareciendo a los “carritos AGV” o
iniciales procesos de automatización de múltiples tareas prácticas, es preciso
reflexionar sobre cuán lejos o cerca estamos de dimensionar una administración
de justicia [y al final la justicia] con base en la AI, desde la “red neuronal
artificial”, cuyo soporte esencial para el derecho y la justicia, ha de ser en
gran parte similar al algoritmo usado para la medicina y forjado [para los
casos más exitosos] en su “entrenamiento” a base de imágenes-textos, lo que
incluye la singularidad que “aprenda, modificándose automáticamente así
mismo”, gracias al algoritmo backpropagation y al aprendizaje
profundo o deep learning. ¿Cuál será entonces la jurisprudencia o el
precedente jurisdiccional o la doctrina que la “red neuronal artificial” de la
administración de justicia “elija” para la solución de un caso sometido a
decisión de un juez? ¿Cómo “actuará” la “máquina moral” que precisa la
tecnología y cuyo desarrollo [MIT] ya está en curso? ¿Qué diremos respecto a la
tecnoerudición?Ahora bien,
no es lo mismo automatizar, digitalizar un expediente, que formar el expediente
electrónico, para lo cual ya se promociona y sobre todo desde Europa la
adopción de una Blockchain sectorial para la administración de justicia,
por razón que, en principio, no debe ser pública y universal en el acceso.El asunto
toral a resolver, no es entonces, como aduce el ministro, que: “los
ciudadanos claman por poder hablar con el juez” [cara a cara]. La coyuntura
pandémica obliga al funcionamiento de la administración de justicia usando los
medios tecnológicos disponibles: correo electrónico, sistemas de
audio-video, útiles a la proximidad, a la inmediatez, etc., sin que en
dicho contexto sea dable considerar como justificantes: <<descongestión
de despachos, ahorros de recursos económicos, humanos, de
desplazamientos o traslados de un sitio a otro de partes y apoderados, o la
casi omnipresencia virtual en varias audiencias en distintos lugares y mucho
menos el final del “gancho legajador y de la pita con su nudo judicial”>>A mera
vista, [como es la aprehensión del mundo actual], el funcionamiento
virtual del “servicio público de administración de justicia”, coyunturalmente
resuelve y en parte la adimensional crisis pandémica, pero, en lo específico
nada nos dice respecto de la dualidad: derecho-justicia, como si se
tratara de oscilar de alguna manera entre el utilitarismo de Bentham y las
proposiciones de Rawls y la que sería la “e-única decisión correcta”.
Así, mirar intentando la “aprehensión del mundo actual”, nos
acarrea la sanción de la incorrección y la aceptamos.Quizás
nuestras usuales “indignaciones” contra la “justicia mediática”, no hayan sido
más que “indignaciones de Alka Seltzer”, por cuanto lo que se ha dicho y
escrito sobre “presencialidad-virtualidad”, justamente nos hace confesos y de
manera clara con McLuhan de que “el medio es el mensaje”. ¿Tenemos “acceso a
los medios” o pertenecemos a los medios? ¿Sabemos que, no sabemos que “ellos”
ya saben más de todos nosotros, que nosotros mismos?Nos
confesamos cómodos en la inseguridad, con la virtualidad y ella debe continuar
en el servicio público de administración de justicia y ante el hecho rotundo de
la aún inexistente vacuna contra la covid-19, no amparada por la “duda
razonable”, lo que no quiere decir renuncia a la cría de nuestros murciélagos.