Peruanicemos al Perú

Probablemente no sea la primera vez que escriba sobre Mariátegui, mucho menos, que lo cite.  

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Este texto ha sido inspirado en ese eufórico amor a la patria vociferado en las últimas semanas y meses. Esas oraciones de “Yo voto por mi país” o “Yo amo a mi Perú, y por eso, votare por…”,  pero ninguno con un trasfondo, solo son oraciones vacías por una idea romántica hacia la patria, acompañado claro, de la polarización política. Sin embargo, el debate sobre si ya somos una nación o no pareciera haber quedado en abandono.  La pregunta de ¿Por qué nos debe importar este país? quedó en el aire. Para algunos, responder el enigma de lo que es la nación podrá ser sencillo, una respuesta basada en presuposiciones quizás, pero hasta ahí. Algunos otros lo responderán desde su cosmovisión sin tomarse el tiempo de contemplar otros puntos. La mención a José Carlos Mariátegui en un inicio no fue de casualidad. Primero porque es el escritor peruano en el que más he profundizado, lo que me lleva al segundo punto: él era un fuerte crítico de la nación. Mi intención en este texto es sembrar la inquietud al lector sobre si realmente ya cumplimos el sueño de ser un país consolidado.

Podríamos empezar con, lo que para muchos, es el inicio de la república, pero no se me equivoque, la independencia del Perú fue solo un cuento de valeroso heroísmo que venía acompañada de una frase de Simón Bolívar que ya me causa desdén: “Viva la patria, viva la libertad, viva la independencia”. En 1821 se nos vendió el cuento de la nación libre. La independencia sólo tuvo en consideración a un pequeño grupo de este país. La población indígena, por el contrario, representaba las tres cuartas partes del territorio, y, a diferencia de lo que significaba ser libre en un país, los indios eran explotados en el latifundio serrano, donde las jornadas laborales empezaban con una pequeña reverencia al patrón, a ese ser “superior”. Por otro lado, en la costa la figura no era muy distinta. Los costeños, propios de su negación al mundo andino, mandaron a traer negros del África para que se encargaran de las labores domésticas. La romántica independencia que muchos aplauden se gestó en una profunda explotación no del proletariado, denominarlo así sería un favor, sino de los esclavos y siervos aborígenes. Pero en ese punto a nadie parecía importarle, el cuento fue útil para poder llevar de manera ligera a este fragmentado país, una forma de eludir la responsabilidad.

 

Los primeros esbozos analíticos sobre la problemática nacional surgen a raíz de los textos de Gonzales Prada, quien en las planas de Páginas libres menciona: “(…) con el ejército de indios disciplinados y sin libertad, el Perú irá siempre a la derrota. Si del indio hicimos un siervo, ¿qué patria defenderá?”. Además del anárquico escritor, también estaba el abogado puneño Santiago Giraldo, quien luego de autoproclamarse socialista, iniciaría una lucha por el proyecto de las 8 horas laborables y el derecho a la huelga. Esto es parte de la semilla que la generación del centenario desarrollaría mejor. Esa generación de Basadre, del primer Haya, de un Raúl Porra y, por supuesto, de un primer Mariátegui observador y la de un segundo ya robustecido con su experiencia en Europa. Mariátegui veía que en el Perú la nacionalidad estaba por construirse o apuntaba a consolidarse: “Se constata, casi uniformemente, desde hace tiempo, que somos una nacionalidad en formación”(7E, 261). Entonces, con esa línea Mariátegui asume que ya tenemos algún tipo de embrión sobre lo que es la nación.  Básicamente, porque el país seguía dominado por una mentalidad colonial la cual no permitía el desarrollo de lo autóctono, por ende, este sentimiento se encontraba fuera de nuestra historia, y, sobre todo, de nuestra tradición. Hablo específicamente de la colonialidad en materia social, porque a nivel económico tiene una explicación más sencilla y que no viene al caso en este texto. Sin embargo, el aspecto social es mucho más complejo. Podríamos definirlo mediante la dialéctica del amo y el esclavo. Hegel plantea que las relaciones mentales necesitan reconocimiento. Es decir, uno siempre tiene que ser hegemónico ante el otro. De tal manera que, una parte se pone como dominante en la sociedad y el otro como un sumiso o un “esclavo”. Además, ambas partes se requieren una a la otra porque ambas se embarcan en una lucha por el reconocimiento. Haciendo un paralelismo con el Perú, las clases dominantes e inclusive la mancha de mestizos, quienes creían tener abolengo por su linaje, promovieron estas relaciones de poder, donde los dominados (el esclavo del ejercicio de Hegel) mayoritariamente indígenas, eran vistos como pertenecientes a otra sociedad, a otro Perú. Una noción de dualismo que Mariátegui estudió en su momento y que no ha variado mucho: gran parte de Lima solo ve con reojo a la serranía hasta que se revela. Uno creería que ese acto volvería más empático a este grupo, pero no, lo contrario, su visión se vuelve resentida hacia la serranía y no falta el que comentará que “son los indios los culpables del atraso de este país”

En esta última cita radica el gran problema del Perú. Si bien la herencia colonial se ha diluido, no ha desaparecido, por el contrario, se ha transformado, pero aún replica mucho de esa época de negación. Esos primeros 100 años de “república” se la pasaron reclamando derechos laborales y reconocimientos dentro de la sociedad. Sin embargo, eran tachados de revolucionarios, que querían destruir el status quo, gente que quería decirle al empresario como tratar a su trabajador interfiriendo en su progreso. ¡Vaya cuento! Las necesidades han cambiado un poco, pero los calificativos no. Se quejan de que se siga citando a Mariátegui para referirse a los problemas de este país porque argumentan que ya está desfasado, pero ellos quieren recuperar los ¡buenos tiempos! ¿Buenos tiempos?, quizás se refieren a cuando Leguia iniciaba persecuciones hacia los sindicatos argumentando que eran reuniones comunistas, o de repente, quieren volver a que los cholos e indios no puedan votar, ¿saben qué?, mejor volvemos a las épocas en los que la madrastra de Arguedas, como castigo, lo mandaba a comer en la cocina de los indios. ¿No te convence?, podemos ir más atrás, a las épocas en las que el racismo era visto con buenos ojos y de destacable análisis, con Ricardo Palma mencionando lo siguiente: “La causa principal del gran desastre del 13, está en que la mayoría del Perú la forma una raza abyecta y degradada que usted quiso dignificar y ennoblecer, el indio no tiene sentimiento de la patria, es enemigo innato del blanco (…) educar al indio, inspirarle patriotismo, no será obra de las instituciones, sino de los tiempos” Los buenos tiempo, ¿no?

 

Aún no se completa, lo que yo creería ya es una utopía: el enigma de la nación. Y no se completará mientras siga existiendo gente que abraza el pasado, quienes adquieren una postura conservadora de la sociedad, pero desde un punto negacionista, también mientras esa dualidad y visión lejana que tenemos sobre los problemas sociales. Quizás sería bueno decir que estamos cerca, pero no. Aún hay candidatos que exigen persecución a los que piensan distinto, o que tienen un poco de respeto por los abismos sociales, e, inclusive los tachan de “comunistas”; también están los que su apego religiosos los nubla y no les importaría tener al racista del cura Valverde del arzobispado de Lima. Por último, están los que quieren que el Perú siga siendo la “república” adjunta al imperio de moda aunque eso cueste la desaparición de lo propio. Así pues, llegando a los 200 años, seguimos sin descubrir el enigma de la nación, el Perú sigue siendo un exceso semántico como diría Macera. Solo nos queda, como aquel ensayo publicado por José Carlos Mariátegui allá por los años veinte, peruanizar al Perú. 

UNETE
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