Compañeros de infortunio

Ovidio en su poema De vetula, se lamenta, con razón, de esta tendencia: “Todos se aferran en aquello que puede reportar algún beneficio; muy pocos se afanan por saber y muchos por enriquecerse. ¡Así te prostituyen, ciencia virgen! ¡Así te esclavizan a ti, a quien deberían estrechar en castos abrazos; no te buscan por ti, sino por los beneficios que puedes procurarles; en una palabra: prefieren enriquecerse que filosofar...”

 

. ¡Así te prostituyen, ciencia virgen! ¡Así te esclavizan a ti, a quien deberían estrechar en castos abrazos; no te buscan por ti, sino por los beneficios que puedes procurarles; en una palabra: prefieren enriquecerse que filosofar...”
Ricardo de Bury, Filobiblión o Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros1.

En invierno, imagino que como otras muchas personas, duermo mucho mejor que en verano. Aquel día, además, fue un poco especial: me había entregado en cuerpo y alma a la lectura de un libro que, estaba seguro de ello, no me iba a gustar nada porque iba a ser incapaz de entenderlo. Lo compré por un cierto prurito, por interés, y porque estando descatalogado, me lo pude llevar por muy poco dinero. Lo tuve dos o tres días encima de la mesa, como si estuviera en cuarentena. Una tarde, sin embargo, comencé a leerlo. Me gustó. Me cautivó. Aunque, a decir verdad, sería y soy incapaz de resumirlo o comentarlo. Sé, eso sí, que aprendí, o volví a saber, a través de él, que una lengua es imposible de conocer, y que la ignorancia es infinita. Una vez más recordé el aserto socrático: “lo único que sé es que no sé nada”. No por ello dejé el libro de lado. Todo lo contrario. Lo leí de cabo a rabo. Y algunos de sus capítulos los pasé y repasé varias veces. Fue toda una sorpresa.

Soy muy dado a sufrir mareos cuando cambia el tiempo. Aquella tarde noche nada más cerrar el libro, en cuanto me levanté de mi butaca, a punto estuve de dar con mis huesos por los suelos. Todo giraba a mi alrededor con una velocidad vertiginosa. Me entraron náuseas. Volví a sentarme como pude. Cerré los ojos y esperé pacientemente respirando hondo. Cuando creí que era capaz de hacerlo, sin encender ninguna luz, me fui caminado al comedor. Apoyándome en las paredes y con los ojos cerrados. Me dejé caer en el sofá. Sin levantarme, abrí la puerta de la galería. El aire fresco me reanimó un tanto. Y cuando estuve sereno, casi mecánicamente, conecté la televisión.

Comencé a ver una insulsa película. Estaba muy cansado. Apagué la televisión. Tras una breve cena, me fui a la cama.

Al día siguiente, recuperado, salí a caminar muy pronto. Aun así, a los pocos pasos, me chistó un viejo conocido. Caminamos juntos hasta que se puso a llover. Intensamente. Con furia. Tuvimos que refugiarnos en un bar.

-Esta ciudad no sabe llover -me repitió el chiste mil veces oído-: o llueve a cántaros, o sequía total.

No le respondí.

-¿Cómo estás? -se interesó tras preguntarme si quería tomar algo.

-No llevo dinero -le dije, sin ganas de hablar de mis mareos.

-Vaya novedad. Lo suponía.

-Siempre te has caracterizado por ser muy inteligente -le respondí no muy amigablemente.

-Pero tú tienes un plan de pensiones, ¿no? -rectificó el tono.

-Sí. Y me llega para un café con leche, y para dos. Pero eso de los planes de pensiones se ha convertido en una estafa. Resulta que todo ese dinero lo he estado ahorrando, es mío; pero si quiero sacarlo del banco tengo que pagar no sé que cantidad, nada despreciable, a Hacienda. El banco me lo va dando poco a poco. 120 euros cada mes. No me llega ni para una semana. Así que me moriré antes de recuperarlo todo. Una verdadera estafa. Ya me descontaron dinero de la nómina, como a todos. Y ahora de los ahorros. Bueno, como a todos no.

-Sí. Es una faena: nos hacen pagar primero por la nómina, y luego por los ahorros. Al final vale la pena tener el dinero en casa, escondido debajo de un ladrillo.

-Es lo que deberíamos haber hecho. Me han coincidido varios pagos: el dentista, Hacienda, la hipoteca… En fin, nada del otro jueves. Pero me he quedado a dos velas.

-Si te hace falta dinero…

-Es suficiente con que me invites a desayunar. Luego, si es preciso, prefiero morirme de hambre.

-No dramatices.

-Estoy enfadado. O cabreado. Antes decían que esta palabra era una incorrección, un vulgarismo. Ahora parece que ya se puede decir y escribir. Ya nos podemos cabrear. Estoy cabreado.

-Mira, me alegro que hables de estas cosas. Anoche vi una película, te la recomiendo, en la que el protagonista es un señor analfabeto, criado allá en las montañas de Venezuela o de Argentina… La cuestión es que mata a su patrón, en la ciudad, y cuando lo interrogan, en la prisión, dice que sólo hace trabajos duros porque, por un accidente que tuvo, lo declararon “inapto”. El abogado defensor lo corrige, pero ¿No sería lo correcto decir “inapto” y no inepto?

-Buena pregunta. No tengo ni idea. Aunque yo diría, con pies de plomo, que las dos acepciones son correctas. Pero no lo sé, así de buena mañana. Sin libros ni diccionarios...

-Pero tú eres filólogo.

-Eso es lo que dice el título que tengo por casa, en algún cajón debe de estar. Pero no te lo creas. Ni caso.

-Hombre, algo sabrás.

-Sí, la primera declinación del latín, y algo del verbo sum. Para el resto, ahí tienes a la Real Academia de la Lengua.

-Toda la vida has sido un exagerado. Creo que empezaste a envejecer muy pronto.

-Sí, es posible que no vayas muy equivocado. Tal vez uno comienza a envejecer cuando se da cuenta de que, en muchas cosas, no tiene ni pizca de razón.

-Bueno, ya sabes que hay gente que defiende lo suyo a capa y espada.

-No es mi caso. Ni lo ha sido nunca. Yo siento vergüenza de mí mismo. No sé si es una desgracia o una bendición tener un sentido tan elevado de la culpa o de la moral, o de lo que sea. No lo sé… Un día estuve discutiendo durante horas y horas, no recuerdo qué problema lingüístico, con un conocido… Lo apabullé, le dije de todo… y luego resultó que tenía razón él. Me disculpé y le pedí perdón… Aun así me quedó muy mal sabor de boca. Aquello me hizo prudente. Además, conocer una lengua es casi imposible. O imposible del todo.

-¿Nos atenemos, pues, a las normas y damos “inapto” por incorrecto?

-Vale. Etimológicamente, creo, sería lo correcto. Como es correcto lo que dicen los niños: crocodilo, y no cocodrilo. Aunque, tal vez, las dos sean correctas. Tampoco lo sé.

-Terreno resbaladizo, ¿eh?

-Al final, lo mejor es hablar, o escribir, para que te entiendan, si es eso lo que deseas, y dejarte de películas. Y ya que eres médico, ¿qué es una policlínica?

-Un hospital donde hay especialistas de diversas clínicas. Tratan diversas enfermedades.

-Me acabo de enterar, por un libro recientemente adquirido, que policlínica, es un palabra incorporada al castellano del alemán. Y allí policlínica la llamaron así porque era un clínica establecida en la ciudad, en la polis. Pero luego se interpretó que derivaba de polús, mucho, en griego2. ¿Qué te parece?

-Afortunadamente no hace falta saber todo eso para hablar medianamente bien.

-Por supuesto. Tampoco hace falta ser médico para coger una buena enfermedad… ¡Vaya estupidez que acabo de decir! Dejémoslo. Habla tú. Hoy no es mi día.

-Anoche estuve viendo dos películas argentinas, del mismo director, que me gustaron mucho. Alejadas totalmente de las tendencias actuales: ni hay efectos especiales, ni persecuciones, ni escenas de sexo, ni violencia. Bueno, violencia la hay; pero no aparece la violencia a la que estamos más que acostumbrados.

-Pues deben de ser dos películas bien raritas.

-Sí que lo son. Al menos para nosotros. ¿No te las ha recomendado nadie?

-No. Últimamente todos los mensajes y cartas que me llegan, siempre por correo electrónico, o a través del móvil, es para decirme que no compre libros en Amazon.

-Ya.

-¿Te has enterado, no? Apareció la alcaldesa de París recomendando a los franceses que no compraran libros a esta tienda, y a partir de ahí se han centuplicado los mensajes que recibo con un enlace de no sé cuántas librerías. Pero lo más curioso del caso es que me envían los susodichos mensajes las personas que menos leen en este mundo. Por no decirte que no leen nada.

-Es lo que suele pasar. Ahora bien, no deben conocerte esas personas. No te veo comprando libros sin tocarlos ni palparlos.

-Bueno. Algunos libros sólo los tienen ellos, y he tenido que recurrir a la compra telefónica. Pero sí, me gusta ver y tocar los libros. Además, y esto no se lo digas a nadie, hay una chica en la librería que me gusta mucho. Siempre que le encargo libros, los abro con fruición esperando que me haya dejado, entre sus páginas, su número de teléfono o su dirección.

-Sigues siendo igual de novelero que cuando teníamos veinte años.

-¿Tú crees? Como la esperanza es lo último que se pierde en esta vida, no hago más que pedirle libros y más libros. Honestamente reconozco que todos son buenos, y que me los he leído todos. Y nunca está la nota que espero. Pero sigo confiando. Además, cada día que voy allí me sonríe más abiertamente…Y en casa ya no me caben más libros. ¡Lo que hace la ilusión!

-Me recuerdas una historieta que leí siendo un niño. Tenía un libro entonces que se titulaba Lecturas de oro…

-¡Hombre! Una maravilla de libro.

-Si lo leíste en su momento, recordarás que hay una historia en la que un ladrón entra a robar en una casa. Pasa por la biblioteca, coge un libro, y se engolfa leyéndolo. Hecho prisionero, creo recordar, en la cárcel lee tanto que llega a ser un verdadero sabio.

-La recuerdo vagamente. Una historia preciosa, pero no, no se llega a ser ningún sabio. Doy fe de ello. Es falso. Yo por lo menos no lo soy, ni lo seré. Y además, nunca hay ninguna nota de esta dulce mujer.

-Creo que te menosprecias…

-Tú, por lo menos, atiendes enfermos, los curas, operas, los salvas… ¿qué hago yo? Repetir, como el eco, que se dice amaos y no amaros, valorar y no poner en valor… De locos. Vámonos, que ha dejado de llover. Y si llueve, da lo mismo: así lavaremos nuestros pecados.

-Hoy estás imposible. Vale, vamos. Pero pasamos por el hospital y te vacuno contra la gripe.

-¡Ay, señor! Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Y si es médico, una vacuna.

-¡Cómo estamos, Dios!

1Ricardo de Bury, Filobiblión, Madrid, 1969. Espasa Calpe. Traducción de Federico Carlos Sainz de Robles (hijo), Cap. IX.

2Jorge Bergua Caver, Los helenismos del español. Biblioteca románica hispánica. Madrid, 2004, p.72

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