"Alicante es un libro" Siglo XIX por Miguel Ángel Pérez Oca

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“Alicante es un libro” por Miguel Ángel Pérez Oca.

            Siglo de locos, Julio Verne y el Catecismo en la cartera de los colegiales, la Constitución y las encíclicas, el Rey más sinvergüenza de la Historia y su hija, la Reina ninfómana, Napoleón y el Empecinado, generales y anarquistas, científicos y frailes, liberales y absolutistas… en un batiburrillo que forma la antesala de lo que tenemos hoy.

            Alicante tenía ya 21.500 habitantes, con su puerto en plena ampliación, su fábrica de tabacos, sus incipientes viajeros extranjeros, aún no turistas… Pero empezó mal el siglo XIX con una terrible epidemia de fiebre amarilla en septiembre de 1804, mató a 2.765 alicantinos; un muerto cada 8 habitantes. Fue la peor epidemia de la historia alicantina, incluidas las de la peste negra, el cólera y demás. Tanto es así que las autoridades tuvieron que prohibir los enterramientos en las criptas de las iglesias y se construyó un cementerio en la partida de San Blas. Son las consecuencias de ser un puerto de mar relacionado con todo el planeta.

            Y por si fuera poco, detrás de la fiebre llegaron los cuatro jinetes del Apocalipsis. El 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levantó contra el ejército francés que ocupaba España y estalló la Guerra de la Independencia.

            La cultura había llegado siempre de la vecina Francia, así que las personas cultas eran tachadas ahora de afrancesados y se les perseguía y condenaba, mientras se suspiraba por Fernando VII “el Deseado” en el trono de Madrid, en lugar de José I, un excelente administrador que solo tenía un defecto: ser francés e impuesto por su hermano Napoleón.

            Con vistas a la defensa contra el invasor se realizaron importantes obras militares: Se derribó el arrabal de San Antón para que sus casas no sirvieran de abrigo a unos presuntos sitiadores. Se amplió el recinto amurallado que protegería al Convento de San Francisco y la Muntanyeta, discurriendo por la actual calle de Pascual Pérez y bajando por la que hoy es avenida de Federico Soto hasta el Baluarte de San Carlos (Plaza de Canalejas). Y en el Tossal se construyó apresuradamente el Castillo de San Fernando (Por Fernando VII).

            Los alicantinos se ejercitaban en espera de la resistencia a las tropas napoleónicas, que no se presentaron frente a esta ciudad hasta el 16 de enero de 1812, al mando del general Manbrun. Los franceses traían dos obuses de sitio, y comenzaron a bombardear la ciudad desde sus puestos junto a la Ermita de Los Ángeles. Y desde el castillo se les contestaba con la artillería de la fortaleza. Pero el enemigo no contaba con la pericia de capitán don Vicente Torregrosa, jefe de la batería sita en el Baluarte de la Ampolla, sobre la Ermita de Santa Cruz.

Este hábil artillero, después de varios intentos, consiguió desmontar uno de los obuses con un fulminante tiro directo. Una salva general de la artillería del castillo siguió a la hazaña de Torregrosa y un proyectil atravesó la cúpula de la ermita, donde estaban comiendo los jefes de la expedición. Y aquella misma tarde, las fuerzas francesas abandonaron el campo y regresaron a sus posiciones valencianas, que comandaba un frustrado mariscal Suchet.

            La tropa francesa, en su impotencia, se dedicó a asesinar a 29 vecinos de San Juan y otros campesinos que encontraron en su retirada. ¡Qué valientes!

            Los alicantinos estaban locos de júbilo, cuando ocurrió una desgracia. El 21 de febrero, por un descuido imperdonable, estallaron varios barriles llenos de cartuchos de artillería que se confeccionaban en el castillo de Santa Bárbara, con un saldo de 50 muertos, entre los cuales se hallaba la esposa del jefe de la fortaleza. Resultaron destruidos varios edificios, con la ermita que aún hoy se puede ver con sus arcos restaurados, pero sin cubierta ni muros.

            Alicante y Cádiz fueron las únicas ciudades, hoy capitales de provincia, donde nunca entraron las tropas de Napoleón.






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