Relato "Viaje al Leviatán" de Luis Alfredo Rodríguez Bustamante



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"Viaje al Leviatán" de Luis Alfredo Ramírez Bustamante

Ayer zarpamos en un buque trasatlántico que se dirigirá a la fosa de Puerto Rico; nuestros allegados nos despidieron con chocolate caliente, del cultivado en el Barlovento venezolano. Nuestro destino debía ser el Abismo Brownson ubicado a una profundidad de 8.378 metros debajo del nivel del mar. El viento era suave, parecía una brisa de verano, la humedad se acercaba al 20% y un poco de calor bañaba nuestros cuerpos. Pero nada nos importaba más que la experiencia que esperábamos vivir en el fondo de la Tierra.

La noche impedía que viéramos la tumba de los piratas de antaño; en el barco teníamos un submarino de investigación oceanográfica equipado con dispositivos para medir las distintas variables a la hora de explicar los misterios del océano. En la embarcación estaba acompañado por el capitán, Iccescu Mancinni, un italiano que había emigrado hacía ya un quinquenio para Venezuela; aquí fue acogido en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Al fondo del océano iríamos dos científicos experimentados: Edward Johnson y mi persona. Nuestra misión estaba definida para sumergirnos y recolectar muestras de bacterias y otros microorganismos que pudieran ser analizados en investigación de la lucha contra el cáncer.

A las 23:00 horas de Puerto Rico inició el descenso del Ocean Origin, el cual estaba cubierto por 50 centímetros de vidrio antibalas y adaptado para someterse a grandes presiones durante largos periodos. Los primeros 200 metros de descenso fueron la etapa menos emocionante ya que era de noche y no contábamos con encontrar especies extrañas. Además de no encontrar sorpresas, tampoco sentimos miedo la tripulación, ya que no había turbulencia alrededor de la nave.

Nuestra visibilidad no era muy buena, más allá de unos diez metros no veíamos absolutamente nada. Tampoco tenía animadversión hacia las tinieblas, nunca la tuve. Recuerdo una experiencia: de niño, mi padre me acostumbró a acostarme solo y no esperar compañía de nadie; también era costumbre apagar las luces de la habitación y un día un gato angora, enorme, saltó sobre mi cama, aterrado encendí las luces pero descubrí que nada malo puede ocultar la oscuridad cuando se tiene confianza. Tras el miedo, me emocionó tener un gato como amigo y nunca más me impresionó la falta de luz. Este era, entonces, un trabajo adecuado para mí. No así para mi amigo, quien amaba el mar, pero en la superficie, y nunca antes imaginó sumergirse hasta más allá de los últimos vestigios del sol.

Soñé hace mucho tiempo que me enfrentaba a un dragón; creí que era una ficción de mi imaginación, una de esas pesadillas que te invaden desde pequeño y que no sabes cómo escapar de ellas. Lo inusual de mi temor es que se repetía a lo largo de mi vida; de grande despertaba aterrado en una terraza, a veces de lujo, todo por un pinche lagarto que me consumía vivo en un mar hervido. Leía la Biblia para reposar, para descansar mi mente, pero allí también me atenazaba el pánico de repasar aquellas tenebrosas páginas de Job donde un hombre inocente sufre como chivo expiatorio por los culpables y ante un debate con Dios sale perdedor, frustrado y humillado, no solo por su Creador sino por una Criatura hecha inmune al dolor y al miedo.

A dos mil metros de profundidad sentí el recuerdo más vivo que nunca, me hundí en un vértigo y creí morir. Una chispa de corriente había hecho cortocircuito en una computadora y ello había ocasionado que una de las luces traseras se apagase. No me preocupaba tanto esa luz, pero si suspiraba de suspenso porque no se fueran apagando otras.

Era feliz en todo caso de descender a donde ojo no vio, pero no quería morir. El instinto de supervivencia suele afectar en mayor o menor grado a los sujetos en situaciones límites, diferenciando por centímetros a los "valientes" de los "cobardes"; clasificación artificial como todo seudoarquetipo ideado por una especie animal. En mi intimidad me animaba a disfrutar del colapso de la nave, pero con algo de alienación, supongo que esto era producto de mi instinto, quizá un mecanismo para escapar a la realidad y a lo pusilánime que era en ese momento.

A los cinco mil metros de profundidad ya estaba mejor; aunque había vomitado, mi amigo se sentía de buen ánimo. Curiosidad para mí fue verme abatido; yo que creía apreciar en su justo valor la oscuridad, mientras mi amigo, de bajo perfil, sencillo, algo tímido, se mantenía firme en su fe científica, mostrando estoicismo ante la misma muerte. En algún momento escuché como se desgarraba un sector del vidrio, era una fractura muy pequeña, quizá menor a mi dedo meñique, pero me cagaba de miedo. En el pasado, los primeros exploradores de la Fosa de las Marianas y los primeros astronautas también experimentaron el filo de la muerte.

Quizá en el futuro los guiones de las películas heroicas sean otros, asimilables a la ficción moderna. Es probable que los héroes de las superpotencias tengan que proteger la especie de una invasión alienígena o tengan que sobrevivir a viajes intergalácticos. Pero en estos actuales anales del futuro, yo era un pequeño animalito sumergido en un pote de mayonesa tapiado de agua mientras una bolsita de plástico me protegía de la muerte súbita. El desgarrón no fue muy sonoro ni mayúsculo, pero la hipersensibilidad en que nos hallábamos y el silencio alrededor nos obligaba a estar atentos a cualquier cosa sin perjuicio de su insignificancia.

A los siete mil metros de profundidad apareció: era una criatura descomunal, ambos nos desmayamos de pánico, nunca creí que iba a sufrir tal colapso de nervios, ni siquiera en el inframundo. Pero ya no revestía importancia el infierno. Estábamos en el mismo tormento. El fondo del mar era la viva imagen de una olla hirviente; debajo del submarino había brasas encendidas, lumbre y una resolana infernal. Volvió el día y sentí una pérdida de mi orientación espacial; sentimiento desagradable si lo combinamos con la claustrofobia y el temor a lo desconocido. El sol ahora parecía estar debajo nuestro. Habíamos resuelto el misterio del Triángulo de las Bermudas. Un gas succionaba los barcos y aviones; un gas proveniente de una bestia que mostraba parte de su torso, y eso que faltaba alrededor de mil metros por descender. Su espalda estaba arqueada, como acuclillado, durmiendo; quizá tenía milenios hibernando para despertar en el apocalipsis. Alrededor de su piel había escudos como conchas impenetrables que no sentían siquiera la presión submarina. Ningún naturalista pudo prever encontrar a un vertebrado en estos rincones, ni siquiera Julio Verne o Edgar Allan Poe ampliaron su imaginación hasta tal grado de simbolismo, de terror, de ficción.

Al descender a los sótanos del mundo lo vimos en toda su majestad. No me prolongare en reflexiones anatómicas o explicaciones biológicas. No diré que es una mutación de la Bomba del Zar, ni que es un fósil superviviente de la era jurásica. Creo que la mejor forma de describirlo es con la placa de rayos X que hace su Creador de él en Job 40 y 41. Por suerte para nosotros, el sistema pudo funcionar como estaba previsto. Nos desmayamos varias veces ante el poder de sus hileras de dientes que nos causó tal daño emocional que creo que nunca lo superaré. Un programa de navegación satelital permitió al submarino (para entonces convertido en un robot inteligente) regresarnos a la superficie. Primero hubiésemos muerto asfixiados al escasear nuestras reservas de oxígeno que dominar el pánico indescriptible del que fuimos víctimas. Una vez en la superficie fuimos incapaces de decir lo que vimos, solo la letra puede suplir la debilidad de nuestra voz. Han pasado varias horas de reposo y alimentación basada en frutas, he vomitado un par de veces y he tenido pesadillas este mediodía, pero al oscurecerse hoy, he decidido abrirme paso a través del miedo y narrar los misterios que ocultan las profundidades del océano. Se aproxima la media noche y solo cuestiono nuestro poder como civilización y me pregunto: ¿Qué estará haciendo a estas horas el fabuloso y temible Leviatán?



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Ayer zarpamos en un buque trasatlántico que se dirigirá a la fosa de Puerto Rico; nuestros allegados nos despidieron con chocolate caliente, del cultivado en el Barlovento venezolano. Nuestro destino debía ser el Abismo Brownson ubicado a una profundidad de 8.378 metros debajo del nivel del mar. El viento era suave, parecía una brisa de verano, la humedad se acercaba al 20% y un poco de calor bañaba nuestros cuerpos. Pero nada nos importaba más que la experiencia que esperábamos vivir en el fondo de la Tierra.

La noche impedía que viéramos la tumba de los piratas de antaño; en el barco teníamos un submarino de investigación oceanográfica equipado con dispositivos para medir las distintas variables a la hora de explicar los misterios del océano. En la embarcación estaba acompañado por el capitán, Iccescu Mancinni, un italiano que había emigrado hacía ya un quinquenio para Venezuela; aquí fue acogido en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Al fondo del océano iríamos dos científicos experimentados: Edward Johnson y mi persona. Nuestra misión estaba definida para sumergirnos y recolectar muestras de bacterias y otros microorganismos que pudieran ser analizados en investigación de la lucha contra el cáncer.

A las 23:00 horas de Puerto Rico inició el descenso del Ocean Origin, el cual estaba cubierto por 50 centímetros de vidrio antibalas y adaptado para someterse a grandes presiones durante largos periodos. Los primeros 200 metros de descenso fueron la etapa menos emocionante ya que era de noche y no contábamos con encontrar especies extrañas. Además de no encontrar sorpresas, tampoco sentimos miedo la tripulación, ya que no había turbulencia alrededor de la nave.

Nuestra visibilidad no era muy buena, más allá de unos diez metros no veíamos absolutamente nada. Tampoco tenía animadversión hacia las tinieblas, nunca la tuve. Recuerdo una experiencia: de niño, mi padre me acostumbró a acostarme solo y no esperar compañía de nadie; también era costumbre apagar las luces de la habitación y un día un gato angora, enorme, saltó sobre mi cama, aterrado encendí las luces pero descubrí que nada malo puede ocultar la oscuridad cuando se tiene confianza. Tras el miedo, me emocionó tener un gato como amigo y nunca más me impresionó la falta de luz. Este era, entonces, un trabajo adecuado para mí. No así para mi amigo, quien amaba el mar, pero en la superficie, y nunca antes imaginó sumergirse hasta más allá de los últimos vestigios del sol.

Soñé hace mucho tiempo que me enfrentaba a un dragón; creí que era una ficción de mi imaginación, una de esas pesadillas que te invaden desde pequeño y que no sabes cómo escapar de ellas. Lo inusual de mi temor es que se repetía a lo largo de mi vida; de grande despertaba aterrado en una terraza, a veces de lujo, todo por un pinche lagarto que me consumía vivo en un mar hervido. Leía la Biblia para reposar, para descansar mi mente, pero allí también me atenazaba el pánico de repasar aquellas tenebrosas páginas de Job donde un hombre inocente sufre como chivo expiatorio por los culpables y ante un debate con Dios sale perdedor, frustrado y humillado, no solo por su Creador sino por una Criatura hecha inmune al dolor y al miedo.

A dos mil metros de profundidad sentí el recuerdo más vivo que nunca, me hundí en un vértigo y creí morir. Una chispa de corriente había hecho cortocircuito en una computadora y ello había ocasionado que una de las luces traseras se apagase. No me preocupaba tanto esa luz, pero si suspiraba de suspenso porque no se fueran apagando otras.

Era feliz en todo caso de descender a donde ojo no vio, pero no quería morir. El instinto de supervivencia suele afectar en mayor o menor grado a los sujetos en situaciones límites, diferenciando por centímetros a los "valientes" de los "cobardes"; clasificación artificial como todo seudoarquetipo ideado por una especie animal. En mi intimidad me animaba a disfrutar del colapso de la nave, pero con algo de alienación, supongo que esto era producto de mi instinto, quizá un mecanismo para escapar a la realidad y a lo pusilánime que era en ese momento.

A los cinco mil metros de profundidad ya estaba mejor; aunque había vomitado, mi amigo se sentía de buen ánimo. Curiosidad para mí fue verme abatido; yo que creía apreciar en su justo valor la oscuridad, mientras mi amigo, de bajo perfil, sencillo, algo tímido, se mantenía firme en su fe científica, mostrando estoicismo ante la misma muerte. En algún momento escuché como se desgarraba un sector del vidrio, era una fractura muy pequeña, quizá menor a mi dedo meñique, pero me cagaba de miedo. En el pasado, los primeros exploradores de la Fosa de las Marianas y los primeros astronautas también experimentaron el filo de la muerte.

Quizá en el futuro los guiones de las películas heroicas sean otros, asimilables a la ficción moderna. Es probable que los héroes de las superpotencias tengan que proteger la especie de una invasión alienígena o tengan que sobrevivir a viajes intergalácticos. Pero en estos actuales anales del futuro, yo era un pequeño animalito sumergido en un pote de mayonesa tapiado de agua mientras una bolsita de plástico me protegía de la muerte súbita. El desgarrón no fue muy sonoro ni mayúsculo, pero la hipersensibilidad en que nos hallábamos y el silencio alrededor nos obligaba a estar atentos a cualquier cosa sin perjuicio de su insignificancia.

A los siete mil metros de profundidad apareció: era una criatura descomunal, ambos nos desmayamos de pánico, nunca creí que iba a sufrir tal colapso de nervios, ni siquiera en el inframundo. Pero ya no revestía importancia el infierno. Estábamos en el mismo tormento. El fondo del mar era la viva imagen de una olla hirviente; debajo del submarino había brasas encendidas, lumbre y una resolana infernal. Volvió el día y sentí una pérdida de mi orientación espacial; sentimiento desagradable si lo combinamos con la claustrofobia y el temor a lo desconocido. El sol ahora parecía estar debajo nuestro. Habíamos resuelto el misterio del Triángulo de las Bermudas. Un gas succionaba los barcos y aviones; un gas proveniente de una bestia que mostraba parte de su torso, y eso que faltaba alrededor de mil metros por descender. Su espalda estaba arqueada, como acuclillado, durmiendo; quizá tenía milenios hibernando para despertar en el apocalipsis. Alrededor de su piel había escudos como conchas impenetrables que no sentían siquiera la presión submarina. Ningún naturalista pudo prever encontrar a un vertebrado en estos rincones, ni siquiera Julio Verne o Edgar Allan Poe ampliaron su imaginación hasta tal grado de simbolismo, de terror, de ficción.

Al descender a los sótanos del mundo lo vimos en toda su majestad. No me prolongare en reflexiones anatómicas o explicaciones biológicas. No diré que es una mutación de la Bomba del Zar, ni que es un fósil superviviente de la era jurásica. Creo que la mejor forma de describirlo es con la placa de rayos X que hace su Creador de él en Job 40 y 41. Por suerte para nosotros, el sistema pudo funcionar como estaba previsto. Nos desmayamos varias veces ante el poder de sus hileras de dientes que nos causó tal daño emocional que creo que nunca lo superaré. Un programa de navegación satelital permitió al submarino (para entonces convertido en un robot inteligente) regresarnos a la superficie. Primero hubiésemos muerto asfixiados al escasear nuestras reservas de oxígeno que dominar el pánico indescriptible del que fuimos víctimas. Una vez en la superficie fuimos incapaces de decir lo que vimos, solo la letra puede suplir la debilidad de nuestra voz. Han pasado varias horas de reposo y alimentación basada en frutas, he vomitado un par de veces y he tenido pesadillas este mediodía, pero al oscurecerse hoy, he decidido abrirme paso a través del miedo y narrar los misterios que ocultan las profundidades del océano. Se aproxima la media noche y solo cuestiono nuestro poder como civilización y me pregunto: ¿Qué estará haciendo a estas horas el fabuloso y temible Leviatán?




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