Llueve

LLUEVE

 

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Platón, Crátilo.

No me molesta la lluvia. Todo lo contrario. Me gusta pasear cuando llueve. No voy corriendo por las calles con un periódico sobre la cabeza. Camino con la misma premura que cuando brilla el sol. La única precaución es evitar el suelo resbaladizo. Eso retrasa todavía más la ya de por sí lenta marcha. No me importa. Además, está el gusto añadido de tener calles y aceras totalmente despejadas. Aumenta el tráfico de coches, desde luego. Pero el chiste reside en evitar las grandes avenidas.

Me estaba trazando una ruta para salir, en medio de la lluvia, cuando el móvil comenzó a vibrar. Era mi vecino de la puerta 33. El hombre estaba desesperado: demasiado tiempo solo y sin salir. Equipado para irme en cuanto hubiera hablado con él, bajé a su casa.

-Lo que le voy a decir -me dijo sonriendo, descorchando una de sus estupendas botellas de vino- es políticamente incorrecto. Si lo dijera en un espacio público, me iba a oír lindezas de todo tipo y calibre.

-La suerte que tenemos los dos -le repuse bebiendo un sorbo de su excelente vino- es que no somos ni famosos ni conocidos. Jamás vamos a hablar ni en la televisión ni en la radio.

-Efectivamente es una suerte. Hubo un tiempo en el que parecía que salir en la televisión daba un cierto prestigio. Ahora está todo tan degradado… No hay día en el que uno no insulte al otro, y el otro al de más allá… Me recuerda mi juventud. Decíamos entonces, bajo la dictadura, que la policía primero disparaba y luego preguntaba. Ahora la moda es insultar primero y no dejar hablar después.

-Ya le dije que lo que tenía que hacer es apagar el aparato. Es lo primero que hay que aprender con esos chismes.

-Sí, pero me canso de leer. Necesito hacer otras cosas.

-Vea películas, documentales, oiga música, escriba sus memorias… Pero -le dije provocándolo- nada de esto es políticamente incorrecto. Hombre, si usted quiere no lo puede decir en un plató de una televisión porque se lo comerán vivo quienes viven de ella. Pero nada de incorrecto hay en decirlo.

-Ni en lo otro tampoco. No obstante, estoy seguro de que se me tirarían todos al degüello. Mire, en esta vida todas las cosas tienen su lado bueno. Hasta la misma muerte.

-Decía un filósofo griego que quién sabe si el vivir no es morir, y el morir vivir en el Hades. No sabemos, por otra parte, qué hay tras la muerte. Por lo tanto necio es considerarla un mal.

-No le faltaba razón. Además, hallar una posada tras un luengo camino es una delicia. Por mucho que diga Cervantes que vale más el camino que la posada. Yo creo que hay un tiempo para todo: para reír, para llorar e incluso para morirse.

-Sí, supongo que es así. Pero no lo sabemos, o, al menos, no sabemos cómo vamos a reaccionar cuando llegue el momento. Si es que nos enteramos.

-El lado bueno estará en que ya no tendrá que trabajar, dar clases, hacer traducciones y demás. Imagínese hacer eso durante toda la eternidad… Recuerdo que en las clases de religión, sí, durante el bachillerato, año tras año, tuve que sufrir las insufribles clases de religión, se discutió, a veces, sobre el infierno.

-¿Existe ese espacio? -le pregunté sonriendo.

-No lo sé. Pero me llamó la atención que, en una de aquellas clases, el cura nos definiera el infierno como un tiempo eterno: “Imaginaos -dijo- haciendo lo que más os gusta, dormir, leer, jugar al fútbol, ver la tele… Pues bien, imaginaos haciendo eso mismo, sin variar, durante diez o quince años. Terrible verse condenado toda la eternidad a estar jugando al fútbol, ¿no os parece?” Nos dejó sin palabras. La clase enmudeció.

-De forma -dije sonriendo- que la bajada a los infiernos es la condena a un bucle infinito del que no se puede salir.

-Sí. Eso parece. Y lo malo es -repuso- si cuando uno muere, ya no puede morir más o hay otros bucles. Una maldición como la de Drácula. Los dioses no pueden suicidarse. Quizás los muertos tampoco. Deben, pues, tener otras concepciones de las cosas, de la vida y de la muerte. Quizás sí o quizás no. Quién sabe.

-Todo esto -dije levantándome y mirando por la ventana- a mí se me escapa. Y no le veo ningún interés. Nos pongamos como nos pongamos, hemos de morir. El resto me parecen paños calientes. No sabemos lo que vendrá tras el último suspiro. Creo que nada. Creo. Por lo tanto, como diría Anacreonte, bebamos y disfrutemos de los regalos de la bella Cipris, y lo que haya de ser, será.

-Como le estaba diciendo -retomó el asunto inicial- todo en esta vida tiene su lado bueno. Ahora bien, esto lo digo aquí, es un pensamiento íntimo, y ni loco se me ocurre decirlo en la calle: la parte positiva del virus ha sido la eliminación de las fiestas, los alborotos callejeros, el corte de tráfico, los bocinazos, los embotellamientos, los petardos, amén de las insufribles verbenas con sus zumbidos, eso no es música, capaces de romper los tímpanos de un marciano que viva en Marte.

-Sí, tal vez no sea políticamente correcto lo que acaba de decir, pero no le falta razón. Además, lo que es correcto o incorrecto, ¿quién lo decide?

-¿La voz pública? -me preguntó.

-Tal vez. Es decir, lo políticamente incorrecto es ir en contra de lo que dice la mayoría. ¿Es eso?

-Eso parece.

-Entonces tener criterio propio es inadecuado. Nos va a llevar al enfrentamiento con todos nuestros vecinos. De hecho es así. ¿Y qué? Ya le he dicho muchas veces que no me gusta polemizar ni discutir. Tengo mis propios criterios, me los callo y hago lo que me da la gana.

-Sí, pero vivimos en sociedad, y, a veces, le va a resultar imposible no enfrentarse con unos y otros.

-Lo evito. Lo evito todo cuanto puedo y más. ¿Qué cree que me pasó con deudos, parientes y amigos cuando dije que iba a estudiar clásicas?

-No me diga que eso fue una fuente de problemas.

-Una fuente no, un manantial. Me dijeron de todo.

-¿Y qué hizo usted?

-Darles la razón, como a los locos. Luego, me matriculé de lo que quise, y estudié lo que me dio la gana. Y bien es cierto que, a veces, las he pasado canutas. No más que otros compañeros que hicieron derecho o magisterio o medicina. Ahora bien, nunca le he pedido ayuda a nadie. No les he dado el gustazo de que se recrearan en lo bien encaminados que iban sus consejos y lo malo que soy yo por no seguirlos. Era falso.

-Ha hecho lo que ha querido. Eso debe de ser la felicidad.

-No sé si es la felicidad o su prima hermana. Tengo mis buenos momentos, por supuesto. Si creyera en la metempsicosis, le diría a usted que mi alma perteneció, illo tempore, a algún fraile de alguna remota abadía. Allí, encerrado en el scriptorium, pasó su vida traduciendo las obras de Platón, Aristóteles Heródoto, Tucídides… y fue feliz. Y se murió creyendo que, gracias, a ellas, se había ganado el cielo y la salvación eterna. Pero aquel no era lo que se imaginaba. El cielo era su scriptorium, sus libros, sus pergaminos… La divinidad le concedió, aunque un poco degradado, que se materializara en mí y que volviera a sus incunables.

-Entonces usted debe de saber mucho griego.

-No -le dije siguiéndole la broma-. El bueno del fraile, por culpa de sus aficiones clásicas, se metió por el Leteo para comprobar si existía Caronte, y allí, y en la laguna Estigia, olvidó buena parte de cuanto sabía.

-Y su pobre alma ha tenido que comenzar de nuevo.

-Pero no ha sido un inicio desde cero. Y ahí está el problema de la vocación, y lo que jamás entenderán las voces prácticas: todas las explicaciones que oía en las clases eran como un paño que se va pasando sobre la superficie de un cristal sucio. Con el paso del paño, iba saliendo la luz, la claridad… Aquello no me exigía mucho esfuerzo. Quizás por eso siempre he tenido una fuerte atracción por Sócrates: él era la comadrona. Los demás tenemos todo el saber dentro de nosotros. Sólo hace falta alguien que sepa sacarlos. Y alguien que esté dispuesto a que se los saquen.

-La mano de nieve que decía Bécquer hablando de la inspiración. ¿Y usted, hablando en serio, se cree todo eso?

-No. Yo no me creo nada. Le he contado lo que me parece. Bien es cierto que, a menudo, ya no sé si lo que cuento es real, un sueño, una entelequia o las explicaciones de un demente.

-A veces, es cierto, la vida es un verdadero misterio. Pero me ha gustado lo que ha contado usted como explicación de una vocación.

-No haga mucho caso. No dejan de ser palabras. Quizás sea así y quizás no… Está lloviendo -le dije volviendo a mirar por la ventana-, y me apetece mucho salir a caminar. ¿Sabe? -le dije a modo de colofón- ayer estuve leyendo un libro. Planteó, y se me encendió a mí la mecha, el cambio que produjo en la mentalidad antigua la introducción de la moneda. Cierto es que, en un principio, la moneda tenía su valor por ella misma. Pero poco a poco se fue degradando, convirtiéndose en algo simbólico y real al mismo tiempo… No sé si me explico. Eso me llevó a releer a Platón. Es raro que Sócrates no tuviera en cuenta el saber, la intuición, la experiencia… No sé. Es complicado. Esto exige otra reunión, otra botella de vino, y que no llueva. Necesito salir.

-No lo retengo. Pero le recuerdo lo que dijimos el otro día hablando de las huellas de una pareja y un niño, que perduraron en una piedra: es peligroso, y falaz, juzgar las cosas pasadas con la mentalidad de hoy. Hay que contextualizarlo todo.

-Tiene más razón que un santo. Ahora voy a mojarme un poco. Quizás así se lave mi alma. Ya me pasaré esta noche, y seguimos con la cantinela.

-Aquí estaré.

Y sin más, apuré mi copa para reconfortarme, me despedí y me fui. En la calle me esperaba la beneficiosa y agradable lluvia.

UNETE



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