Recuerdos de mi Infancia



Es opcional perder la fe en medio de la adversidad. A veces me considero parte de una generación olvidada. Para nadie es un secreto que soy de la generación parida en medio del socialismo, sinónimo éste de miseria y desolación. Lo que no pueden imponerme quienes quisieron derrotar nuestros sueños es la malicia y la duda en Dios y en su creación: La Humanidad. La libertad de conciencia es algo tan sagrado que ningún tirano puede violentarla, allá quienes se dejen vender por treinta miserables denarios. El escritor Víctor Frankl nos narra su historia personal en el libro "El Hombre en busca de sentido", prisionero en un campo de concentración Nazi, nos relata sus experiencias con la muerte y -por qué no- con el alma. En las mazmorras descubrió cual ligada estaba su libertad a su persona y cuán imposible sería llegar a amar a una dictadura, aunque pudiese perdonar por su propia decisión al dictador. La verdad es que para él, nunca se llegaría a ese punto trágico en que el títere de Orwell termina amando al Gran Hermano de forma entrañable, a menos que por un acto de voluntad decidiera olvidar el pasado y el sufrimiento de su pueblo para no cargar con el peso del rencor y el odio. El escritor alcanzó tal nivel de dialogo con su interior que comprendió que había un núcleo de libertad que nunca seria violado por ningún déspota: la libertad para decidir por si mismo sus reacciones a los estímulos de su ambiente. Podrían obligarlo a arrodillarse ante la estatua de Nabucodonozor, pero nunca podrían obligarle a sentir afecto por la Gran Babilonia, porque su corazón era solo suyo, a nadie pertenecía. Dios había puesto tal grado de libertad en él y tal autonomía que ni el Creador se involucraba en sus actos.Si algo me enseño vivir en este sistema socialista es a ser fuerte ante la adversidad. Nuestra sociedad ha desarrollado nuevas formas de sociabilidad, hemos practicado la ayuda mutua, un profundo grado de cooperación para sobrevivir. Veo cada mañana mis vecinos motivándonos, apoyándonos y mis amigos a mi lado, reencontrándose conmigo para alimentar nuestra espiritualidad, nuestra fortaleza para sobreponernos a esta tormenta que por poco ha ahogado nuestras esperanzas de vivir en mejores condiciones económicas. Las crisis aumentan nuestra espiritualidad, si no nos llevan a devorarnos entre nosotros, nos permiten en cambio, acercarnos a Dios y a nuestros semejantes. Los que están arriba nos han pisoteado hasta el hartazgo, han devorado nuestras carnes y han causado mucho dolor ajeno, dolor de personas inocentes que han muerto aplastadas por las duras condiciones a que nos han llevado. Es común que surjan algunas imágenes, quizás quimeras que procuran reflejar una relación causa-efecto de lo que nos ha hundido, muchos creen ver en este sufrimiento, en esta agonía, el Karma de las malas decisiones tomadas por los venezolanos más viejos, yo prefiero aceptar con genuina responsabilidad nuestras actuales condiciones de vida, antes que culpar a los más viejos asumo la postura, algo menos larga, de creer que somos las nuevas generaciones las indignas de ser gobernados por algo mejor que este grupete de delincuentes. Si vemos afuera, nuestros niños odian el estudio y los jóvenes del siglo XXI son sensuales y superficiales, livianos, simples, aguados o peor, escuálidos.


. A veces me considero parte de una generación olvidada. Para nadie es un secreto que soy de la generación parida en medio del socialismo, sinónimo éste de miseria y desolación. Lo que no pueden imponerme quienes quisieron derrotar nuestros sueños es la malicia y la duda en Dios y en su creación: La Humanidad. La libertad de conciencia es algo tan sagrado que ningún tirano puede violentarla, allá quienes se dejen vender por treinta miserables denarios. El escritor Víctor Frankl nos narra su historia personal en el libro "El Hombre en busca de sentido", prisionero en un campo de concentración Nazi, nos relata sus experiencias con la muerte y -por qué no- con el alma. En las mazmorras descubrió cual ligada estaba su libertad a su persona y cuán imposible sería llegar a amar a una dictadura, aunque pudiese perdonar por su propia decisión al dictador. La verdad es que para él, nunca se llegaría a ese punto trágico en que el títere de Orwell termina amando al Gran Hermano de forma entrañable, a menos que por un acto de voluntad decidiera olvidar el pasado y el sufrimiento de su pueblo para no cargar con el peso del rencor y el odio. El escritor alcanzó tal nivel de dialogo con su interior que comprendió que había un núcleo de libertad que nunca seria violado por ningún déspota: la libertad para decidir por si mismo sus reacciones a los estímulos de su ambiente. Podrían obligarlo a arrodillarse ante la estatua de Nabucodonozor, pero nunca podrían obligarle a sentir afecto por la Gran Babilonia, porque su corazón era solo suyo, a nadie pertenecía. Dios había puesto tal grado de libertad en él y tal autonomía que ni el Creador se involucraba en sus actos.Si algo me enseño vivir en este sistema socialista es a ser fuerte ante la adversidad. Nuestra sociedad ha desarrollado nuevas formas de sociabilidad, hemos practicado la ayuda mutua, un profundo grado de cooperación para sobrevivir. Veo cada mañana mis vecinos motivándonos, apoyándonos y mis amigos a mi lado, reencontrándose conmigo para alimentar nuestra espiritualidad, nuestra fortaleza para sobreponernos a esta tormenta que por poco ha ahogado nuestras esperanzas de vivir en mejores condiciones económicas. Las crisis aumentan nuestra espiritualidad, si no nos llevan a devorarnos entre nosotros, nos permiten en cambio, acercarnos a Dios y a nuestros semejantes. Los que están arriba nos han pisoteado hasta el hartazgo, han devorado nuestras carnes y han causado mucho dolor ajeno, dolor de personas inocentes que han muerto aplastadas por las duras condiciones a que nos han llevado. Es común que surjan algunas imágenes, quizás quimeras que procuran reflejar una relación causa-efecto de lo que nos ha hundido, muchos creen ver en este sufrimiento, en esta agonía, el Karma de las malas decisiones tomadas por los venezolanos más viejos, yo prefiero aceptar con genuina responsabilidad nuestras actuales condiciones de vida, antes que culpar a los más viejos asumo la postura, algo menos larga, de creer que somos las nuevas generaciones las indignas de ser gobernados por algo mejor que este grupete de delincuentes. Si vemos afuera, nuestros niños odian el estudio y los jóvenes del siglo XXI son sensuales y superficiales, livianos, simples, aguados o peor, escuálidos.
Quizá no sea mi infancia en todo caso un reflejo de mi generación y mi contexto. Es que nunca ha de compararse la vida de un niño criado en el protestantismo con la de multitudes de jóvenes promedio en un país católico, pero practicante de un catolicismo light, sin mucha solidez, sin muchos valores. Tampoco escribiré criticas contra la libertad de mis contemporáneos, antes, prefiero narrar algunos recuerdos de mi infancia, no como epitafio de un muerte prematura, un presentimiento cadavérico que me cerque, sino un escape a la locura, como un método para volver a las raíces y sentir la savia de la que me nutrí y de la que quiero nutrir a los del mañana. Quizá no sea mucho contar la historia de un niño, muchos prefieren la vejez para el cuento, para el mito y el relato, pero seguro que si revisáramos la infancia de cada niño descubriríamos mucho sobre lo macro, sobre las causas reales de la decadencia de Venezuela. Más de una vez me he preguntado como es que la sociedad le permitió a los jerarcas hacer y deshacer o peor aún, como es que nuestros valores no funcionaron para abandonar a los políticos corruptos a su suerte, acaso nunca fueron nuestros, solo un mito en que ni siquiera nuestros padres creyeron.

Recuerdo mi cuerpo arrodillado sobre mi cama, pero no precisamente orando, era ferviente pero mi pasatiempo favorito era leer libros, atlas, enciclopedias en largas jornadas, ello me permitió cultivar el intelecto, la crítica, la generalización y la abstracción, procesos mentales tan importantes en los primeros años de nuestra existencia. Recuerdo una tarde de diciembre, sostenido por mi madre en un preescolar que quedaba a una esquina de mi casa materna. Recuerdo una pasión ciega por los engranajes, por las maquinas pesadas y la astronáutica, un deseo mórbido por ser astronauta, comerme el mundo, ser un héroe de la ciencia. Luego comencé a apasionarme por las matemáticas, un cuaderno de física cayó en mis manos y me inspiró, pero lo más influyente en la vida y desarrollo psíquico del menor son los primeros recuerdos, la madre de uno ayudándole a escribir, a leer, la abuela amorosa y las imágenes sepultadas que surgen como deja vu, al ver a los niños de hoy haciendo lo mismo que yo, pero con un desface de dos décadas, los niños jugando papagayos, yo jugando metras, ellos mojandose en la lluvia, fantasia de todos los niños de estos lados del mundo. Pero hay ciertas cosas de este collage que no cambiaría por nada: la formación moral es una de ellas.

Rousseau en "Emilio o la Educación" erróneamente propugnó que no debía educarse moralmente a los niños muy pequeños, yo en cambio disfrute de la Ley, no como una carga, sino como la libertad misma y su fluido apacible, yo en cambio fui instruido por mi familia en las Leyes Divinas, Leyes que hoy veo vulneradas por las nuevas tendencias pro-libertinaje que abundan en cada rincón de mi patria y del planeta. La felicidad de la infancia y mi amor por Dios, un padre cercano, ante la ausencia de un padre de carne, estas son cosas que volvería a repetir, transitaría los caminos de un Barrio del Pie de Monte Andino y reescribiría cada palmo de una autobiografía que no ha culminado. Que bello es hablar de la niñez sin muchos años encima y disfrutar del futuro siendo parte de él. Pero cuán triste saber que buena parte del bienestar de las futuras generaciones dependen de nuestra aptitud para con los valores democráticos y la moral que tengan nuestros contemporáneos. Uno de mis mayores temores es ser parte de la destrucción y no del cambio. La niñez quizá la viva de nuevo en mis últimos años en esta pequeña existencia terrenal, mientras tanto solo queda producir y revaluar la moral del venezolano promedio, con el ejemplo y ser una inspiración para mis compatriotas dentro y fuera del país.






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