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BIEN SER...BIEN ESTAR.


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09/11/2011

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BIEN SER BIEN  ESTAR.


VIVIR EL DUELO.

Cecy Valerio.

“ Dios no nos manda el problema, sino la fuerza para sobrellevarlo”. Harold S. Kushner.

 

En noviembre recordamos en México a nuestros fieles difuntos. El tema de la muerte tiene muchas aristas en nuestro país, desde los rituales que se practicaban en épocas prehispánicas y que aún se conservan, la  celebración jocosa y divertida que hacemos con los chistes y “calaveras”, hasta el dolor y sufrimiento por la pérdida de un ser querido.

Es esto último lo que me ocupa en la presente columna. Por supuesto que no pretendo descifrar los misterios de la muerte, no lo podría hacer, pero sí compartir un poco de algo que a todos nos pasa en algún momento de nuestra vida que es la pérdida de un ser querido y la dificultad que implica sobrellevar este acontecimiento, pese a que es natural, irremediable e inevitable.

Todo sentimiento de pérdida duele.  La pérdida entendida como el hecho de dejar algo “que era”, para dar paso a lo “que es”. Esta elaboración de lo diferente es la elaboración del duelo. Y el duelo duele, por eso se le llama así. La pérdida y el sentimiento que deja la misma, son parte inherente a nuestra condición humana. Es conectarnos con la parte dolorosa de nuestra existencia.

 La pérdida más significativa es la muerte, aunque existen otros aspectos de pérdida que también requieren de la elaboración de un duelo y la superación del mismo, como lo sería una separación afectiva, dejar la escuela, un cambio de casa, dejar la adolescencia, dejar el hogar materno, la jubilación. Para los niños existen pérdidas  que para los adultos no tienen importancia y las minimizamos. Les decimos que “no es la gran cosa” cuando lo que nos están pidiendo en acompañamiento, comprensión y ternura.

  Negar esta parte de nuestra vida, maquillar el dolor y decir “aquí no pasó nada y adelante” sólo nos servirá para perpetuar el dolor y convertirlo en sufrimiento. Recuerda que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.

Entre las fases del duelo se encuentra el sentimiento de shock o impacto. No asimilar lo que ha pasado, incredulidad y hasta sorpresa. No entendemos lo que pasa y nos protegemos hasta cierto punto para amortiguar el dolor que viene después de que nos damos cuenta de la magnitud de la pérdida.  Es cuando decimos que no nos ha caído el veinte.

Luego viene la negación. Esta fase en la que nos negamos a aceptar la pérdida y lo que está pasado en mi interior a raíz de la misma. “No puede der”. “No es cierto”, “No me afecta”, “De peores he salido adelante”. Le cerramos la puerta a nuestros sentimientos, al acontecimiento mismo y a la oportunidad de conocernos y crecer en semejantes situaciones.

La siguiente etapa es muy difícil de ser reconocida. Sentimos ira, coraje, cólera. Nos enojamos con la vida, con nosotros mismos, con la persona que se ha ido y hasta con Dios. “¿Por qué a mí? De reconocer esta etapa, luego nos sentimos culpables. Creemos que somos malos por haber  reclamado. Los sentimientos no son buenos ni malos, simplemente son sentimos y ya. Lo que sí puede ser dañino es lo que hacemos con ellos en un momento determinado.

En la fase de negociación, empezamos a hacer pactos con la vida y con Dios para que las cosas cambien. Empezamos a asumir la realidad y a adaptarnos a los cambios que ahora nos presenta para pasar luego a la fase de la tristeza y desolación en la que  sentimos la ausencia,  y nos damos cuenta de que es verdadera y que no la podemos cambiar. Necesitamos tiempo y espacio para encontrarnos con esa parte de nosotros,  compartirla y superarla.

En la aceptación se da una reconciliación con uno mismo, con Dios, con los demás. Dejamos de pelearnos y aceptamos que lo que ha pasado es parte de la vida por lo que podemos empezar a recuperar  la capacidad de ser felices y estar en paz.  El acompañamiento, sobre todo espiritual, es importante cuando no se tiene la capacidad de hacer frente al dolor por una pérdida, para reforzar nuestra fe y recordar que existe esperanza.

 Es fácil platicarlo y escribirlo, aplicarlo a la realidad es sin duda alguna difícil. No hay recetas para enfrentar esta parte de la vida, cada quien lo vive de diferente manera. Lo que sí existe es la esperanza, la fe y la fortaleza para hacer frente al dolor que genera la pérdida y no quedar de por vida estancados en el dolor y el sufrimiento…



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