Cecy Valerio.
“ Dios no nos manda el problema,
sino la fuerza para sobrellevarlo”. Harold S. Kushner.
En noviembre recordamos en México a
nuestros fieles difuntos. El tema de la muerte tiene muchas aristas en nuestro
país, desde los rituales que se practicaban en épocas prehispánicas y que aún
se conservan, la celebración jocosa y
divertida que hacemos con los chistes y “calaveras”, hasta el dolor y
sufrimiento por la pérdida de un ser querido.
Es esto último lo que me ocupa en la
presente columna. Por supuesto que no pretendo descifrar los misterios de la
muerte, no lo podría hacer, pero sí compartir un poco de algo que a todos nos
pasa en algún momento de nuestra vida que es la pérdida de un ser querido y la
dificultad que implica sobrellevar este acontecimiento, pese a que es natural,
irremediable e inevitable.
Todo sentimiento de pérdida
duele. La pérdida entendida como el
hecho de dejar algo “que era”, para dar paso a lo “que es”. Esta elaboración de
lo diferente es la elaboración del duelo. Y el duelo duele, por eso se le llama
así. La pérdida y el sentimiento que deja la misma, son parte inherente a
nuestra condición humana. Es conectarnos con la parte dolorosa de nuestra
existencia.
La pérdida más significativa es la muerte,
aunque existen otros aspectos de pérdida que también requieren de la
elaboración de un duelo y la superación del mismo, como lo sería una separación
afectiva, dejar la escuela, un cambio de casa, dejar la adolescencia, dejar el
hogar materno, la jubilación. Para los niños existen pérdidas que para los adultos no tienen importancia y
las minimizamos. Les decimos que “no es la gran cosa” cuando lo que nos están
pidiendo en acompañamiento, comprensión y ternura.
Negar esta parte de nuestra vida, maquillar el dolor y decir “aquí no
pasó nada y adelante” sólo nos servirá para perpetuar el dolor y convertirlo en
sufrimiento. Recuerda que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es
opcional.
Entre las fases del duelo se encuentra
el sentimiento de shock o impacto. No asimilar lo que ha pasado, incredulidad y
hasta sorpresa. No entendemos lo que pasa y nos protegemos hasta cierto punto
para amortiguar el dolor que viene después de que nos damos cuenta de la
magnitud de la pérdida. Es cuando
decimos que no nos ha caído el veinte.
Luego viene la negación. Esta fase en
la que nos negamos a aceptar la pérdida y lo que está pasado en mi interior a
raíz de la misma. “No puede der”. “No es cierto”, “No me afecta”, “De peores he
salido adelante”. Le cerramos la puerta a nuestros sentimientos, al
acontecimiento mismo y a la oportunidad de conocernos y crecer en semejantes
situaciones.
La siguiente etapa es muy difícil de
ser reconocida. Sentimos ira, coraje, cólera. Nos enojamos con la vida, con
nosotros mismos, con la persona que se ha ido y hasta con Dios. “¿Por qué a mí?
De reconocer esta etapa, luego nos sentimos culpables. Creemos que somos malos
por haber reclamado. Los sentimientos no
son buenos ni malos, simplemente son sentimos y ya. Lo que sí puede ser dañino
es lo que hacemos con ellos en un momento determinado.
En la fase de negociación, empezamos
a hacer pactos con la vida y con Dios para que las cosas cambien. Empezamos a
asumir la realidad y a adaptarnos a los cambios que ahora nos presenta para
pasar luego a la fase de la tristeza y desolación en la que sentimos la ausencia, y nos damos cuenta de que es verdadera y que
no la podemos cambiar. Necesitamos tiempo y espacio para encontrarnos con esa
parte de nosotros, compartirla y
superarla.
En la aceptación se da una
reconciliación con uno mismo, con Dios, con los demás. Dejamos de pelearnos y aceptamos
que lo que ha pasado es parte de la vida por lo que podemos empezar a
recuperar la capacidad de ser felices y
estar en paz. El acompañamiento, sobre
todo espiritual, es importante cuando no se tiene la capacidad de hacer frente
al dolor por una pérdida, para reforzar nuestra fe y recordar que existe
esperanza.
Es fácil platicarlo y escribirlo, aplicarlo a
la realidad es sin duda alguna difícil. No hay recetas para enfrentar esta
parte de la vida, cada quien lo vive de diferente manera. Lo que sí existe es
la esperanza, la fe y la fortaleza para hacer frente al dolor que genera la
pérdida y no quedar de por vida estancados en el dolor y el sufrimiento…