Autobiografía de América

Cuenta la leyenda indígena de una civilización precolombina que habitó la región de lo que hoy son los andes venezolanos, eran sedentarios y habían alcanzado tal grado de madurez social que se organizaron en ciudades-Estado, dentro de éstas se tomaban las decisiones por el voto de la mayoría, pero una mayoría que actuaba con responsabilidad algo así como lo acaecido en Grecia, en el mismo periodo de la historia, como si un lazo invisible reuniese las ideas separadas por un mar pero unidas por la mente que gobierna el universo, en esta tierra existía no obstante una diferencia con las democracias clásicas, los ciudadanos votaban en base a una mayoría que no se decretaba en tanto no se alcanzase por quorum las tres cuartas partes de las habitantes pubiles y se triunfaba solo con el voto de los dos tercios de la población, así se garantizaba los derechos de las minorías (aunque sinceramente no alcanzo a entender que clases de minorías podrían existir en una comunidad primitiva), acaso, nuestras actuales confrontaciones ideológicas sean un espejo de una vieja polémica cuyo centro fuera las ideas religiosas, ahora pasadas al plano público. La religión era panteísta, se creía en los cuerpos rígidos que gobernaban el universo y al mayor de ellos (el sol) se le asignaban propiedades sexuales (como el aumento de la fertilidad de especies vegetales y animales). Para ellos el toro era un animal sagrado, su carne, una vez descompuesta era expuesta en enormes redes de bejuco y adorada como el elixir de la vida de la comunidad. Luego de terminadas las sendas festividades se procedía a desgarran las hebras de carne y se fabricaban con estas cadenas y otros instrumentos que se guardaban en cada choza como un talismán que atraía la buena suerte. En una ocasión, cinco siglos antes de la crucifixión de un nuevo Dios en un mundo viejo, un gato aruño un bocado de carne y se creyó que a partir de entonces comenzaba a correr la tela del tiempo y dos mil años más tarde una profecía de destrucción arrasaría a la especie humana. Suena sarcástico que un fetiche de una sociedad tenga propiedades teleológicas, tenga conciencia sobre las cuestiones nobles del tiempo y de la historia humana que pareciera circunscrita a la voluntad del hombre, pero lo cierto es que este dictamen se convirtió de facto en una profecía auto cumplida. Como recordará el lector, veinte siglos de aquella época dorada, el viejo hombre blanco aniquilaría al indio. Quizá no fue la aniquilación del hombre (a no ser que se conociera por hombre solo al indio), pero sí fue cierto que desde entonces el indio se convirtió en un mito, en un pasado distante que no volverá a surgir. Es una costumbre de nuestra especie tener un sentimiento de prepotencia racial o familiar. Igual concepto tenían las hijas del justo Lot que interpretaron la muerte de su imperio como la muerte del Hombre. Ochenta generaciones estuvieron a la expectativa ante el juicio de los dioses. Por suerte el pánico no alteró las costumbres de los primeros mil novecientos años. Sólo al acercarse el apocalipsis la civilización civitas como más tarde le conocieron los arqueólogos se desmoronó angustiada como un organismo enfermo ante la metástasis de un clima social y político turbulento. A partir de entonces, la agonía para el triste indígena facilitó la conquista, vencido desde lo interno no pudo resistir la lucha contra el europeo. Cuatrocientos años después de la conquista, sobre una montaña que se eleva en la cordillera de los Andes había una excursión, en ésta, el docente Aureliano Márquez explicaba a sus pupilos sobre las consecuencias étnicas, científicas, culturales y sociales que tuvo la fusión de dos mundos. En esta excursión, un estudiante llamado Mauricio Babilonio llevaba una cartera con un mapa estampado sobre un papel de papiro, un mapa que al parecer era viejo, más antiguo que los primeros colonizadores, tan antiguo que parecía que cuando se diseñó esta representación a escala, la tierra era plana, el agua cubría la faz del abismo y las rocas enormes parecían huevos de dinosaurios prehistóricos rondando el océano con sus aletas pectorales, llevaba asimismo una radio que conectaba con un alumbre a una antena que sostenía en el extremo superior a un martillo, tiempo después del mestizaje aun existían ciertas supersticiones como fósiles supervivientes de un pasado pagano, una de ellas era que el martillo era un objeto sagrado y que su utilización redundaría en éxito, no en balde, un ateo del otro lado del mundo había de utilizar un martillo como símbolo del bolchevismo el objetivo de esta radio y su antena era un misterio, pero para éste adolescente estaba muy claro cuál era su secreto. La antena y la radio eran objetos destinados a investigar de forma autónoma sobre las posibilidades de vida inteligente fuera de los confines del sistema solar, tenía un equipo de radioastronomía cuando todos creían hallarse n presencia de un muchacho loco, ridículo, acaso, de alguien que causa risa. Esa tarde creyó reconocer algo extraño en el ruido cósmico, pero al llegar a casa descubrió que se trataba de un fallo del sistema. Deprimido se fue a llorar a su habitación. Había sido el objeto de ludibrio de sus amiguitos en la excursión. Pero a pesar de las críticas hacia él, el chico no solo estaba en su juicio cabal, sino que además de sano era valiente. Pero no con la gallardía habitual de los machos sino con la valentía intelectual del investigador, del hombre de ciencia que no le teme a lo desconocido y se cuestiona todo, hasta su propia identidad y origen. Más tarde inspiraría respeto su presencia, pero ese momento aún no había llegado. Asumir un rol crítico en medio de una sociedad de idiotas e imbéciles era un desafío, un reto al conformismo. Mauricio era un muchacho delgado, de cabello castaño y de rostro pálido, su carácter era más bien melancólico aunque a primera vista daba la tenue impresión de tratarse de un perezoso y flemático, su inteligencia apenas superaba a su acción, no era propiamente un soñador o planificador de utopías, le gustaba trabajar por cumplir sus sueños pero su pobreza le impedía darse a conocer. En este otro siglo, un observador independiente de un futuro distante hubiera opinado que las condiciones de conocimiento de la Humanidad eran tan imperfectas como cuando los indígenas pululaban en América, sin embargo para los contemporáneos ya se había alcanzado la madurez de las costumbres y modales, la alegría por la excursión era inobjetable, era un joven tímido, poco salía de casa, por ello, esto era nuevo para él ya que los experimentos que solía practicar los efectuaba al aire libre pero dentro del patio de la propiedad de su familia, jugaba con una pelota de béisbol cuyas costuras estaban rotas por el uso prolongado en el mismo patio en que cuatro generaciones de Babilonios habían soñado con ingresar a las Grandes Ligas. Un pariente lejano suyo estuvo muy cerca de jugar en la liga de invierno de su país México, pero había sido rechazado por motivos ideológicos, al parecer la tolerancia no había calado todavía en pleno siglo XXI. En un árbol de secuoya, muy antiguo y muy alto tenía una casita de cartón piedra que colgaba perenne en una de sus voluptuosas ramas, allí se introducía para escribir sendas misivas a un extraterrestre que venía cada nochebuena a entregarle regalitos y dulces de higos azucarados. Un día recibió una carta de un famoso escritor del Este, Solzhenitsin quien hacía poco tiempo, había salido de la Unión De Repúblicas Socialistas Soviéticas, una vez en el exilio, su obra emancipadora había sido laureada con el Premio Nobel de Literatura. La carta llegaba poco tiempo después del final de la Guerra Fría, se esperaba que el autor de Archipiélago Gulag regresase pronto a morir a su tierra, la carta, sorprendente por tratarse de un icono de la libertad acordándose de un joven sometido al anonimato decía lo siguiente:

 

. La religión era panteísta, se creía en los cuerpos rígidos que gobernaban el universo y al mayor de ellos (el sol) se le asignaban propiedades sexuales (como el aumento de la fertilidad de especies vegetales y animales). Para ellos el toro era un animal sagrado, su carne, una vez descompuesta era expuesta en enormes redes de bejuco y adorada como el elixir de la vida de la comunidad. Luego de terminadas las sendas festividades se procedía a desgarran las hebras de carne y se fabricaban con estas cadenas y otros instrumentos que se guardaban en cada choza como un talismán que atraía la buena suerte. En una ocasión, cinco siglos antes de la crucifixión de un nuevo Dios en un mundo viejo, un gato aruño un bocado de carne y se creyó que a partir de entonces comenzaba a correr la tela del tiempo y dos mil años más tarde una profecía de destrucción arrasaría a la especie humana. Suena sarcástico que un fetiche de una sociedad tenga propiedades teleológicas, tenga conciencia sobre las cuestiones nobles del tiempo y de la historia humana que pareciera circunscrita a la voluntad del hombre, pero lo cierto es que este dictamen se convirtió de facto en una profecía auto cumplida. Como recordará el lector, veinte siglos de aquella época dorada, el viejo hombre blanco aniquilaría al indio. Quizá no fue la aniquilación del hombre (a no ser que se conociera por hombre solo al indio), pero sí fue cierto que desde entonces el indio se convirtió en un mito, en un pasado distante que no volverá a surgir. Es una costumbre de nuestra especie tener un sentimiento de prepotencia racial o familiar. Igual concepto tenían las hijas del justo Lot que interpretaron la muerte de su imperio como la muerte del Hombre. Ochenta generaciones estuvieron a la expectativa ante el juicio de los dioses. Por suerte el pánico no alteró las costumbres de los primeros mil novecientos años. Sólo al acercarse el apocalipsis la civilización civitas como más tarde le conocieron los arqueólogos se desmoronó angustiada como un organismo enfermo ante la metástasis de un clima social y político turbulento. A partir de entonces, la agonía para el triste indígena facilitó la conquista, vencido desde lo interno no pudo resistir la lucha contra el europeo. Cuatrocientos años después de la conquista, sobre una montaña que se eleva en la cordillera de los Andes había una excursión, en ésta, el docente Aureliano Márquez explicaba a sus pupilos sobre las consecuencias étnicas, científicas, culturales y sociales que tuvo la fusión de dos mundos. En esta excursión, un estudiante llamado Mauricio Babilonio llevaba una cartera con un mapa estampado sobre un papel de papiro, un mapa que al parecer era viejo, más antiguo que los primeros colonizadores, tan antiguo que parecía que cuando se diseñó esta representación a escala, la tierra era plana, el agua cubría la faz del abismo y las rocas enormes parecían huevos de dinosaurios prehistóricos rondando el océano con sus aletas pectorales, llevaba asimismo una radio que conectaba con un alumbre a una antena que sostenía en el extremo superior a un martillo, tiempo después del mestizaje aun existían ciertas supersticiones como fósiles supervivientes de un pasado pagano, una de ellas era que el martillo era un objeto sagrado y que su utilización redundaría en éxito, no en balde, un ateo del otro lado del mundo había de utilizar un martillo como símbolo del bolchevismo el objetivo de esta radio y su antena era un misterio, pero para éste adolescente estaba muy claro cuál era su secreto. La antena y la radio eran objetos destinados a investigar de forma autónoma sobre las posibilidades de vida inteligente fuera de los confines del sistema solar, tenía un equipo de radioastronomía cuando todos creían hallarse n presencia de un muchacho loco, ridículo, acaso, de alguien que causa risa. Esa tarde creyó reconocer algo extraño en el ruido cósmico, pero al llegar a casa descubrió que se trataba de un fallo del sistema. Deprimido se fue a llorar a su habitación. Había sido el objeto de ludibrio de sus amiguitos en la excursión. Pero a pesar de las críticas hacia él, el chico no solo estaba en su juicio cabal, sino que además de sano era valiente. Pero no con la gallardía habitual de los machos sino con la valentía intelectual del investigador, del hombre de ciencia que no le teme a lo desconocido y se cuestiona todo, hasta su propia identidad y origen. Más tarde inspiraría respeto su presencia, pero ese momento aún no había llegado. Asumir un rol crítico en medio de una sociedad de idiotas e imbéciles era un desafío, un reto al conformismo. Mauricio era un muchacho delgado, de cabello castaño y de rostro pálido, su carácter era más bien melancólico aunque a primera vista daba la tenue impresión de tratarse de un perezoso y flemático, su inteligencia apenas superaba a su acción, no era propiamente un soñador o planificador de utopías, le gustaba trabajar por cumplir sus sueños pero su pobreza le impedía darse a conocer. En este otro siglo, un observador independiente de un futuro distante hubiera opinado que las condiciones de conocimiento de la Humanidad eran tan imperfectas como cuando los indígenas pululaban en América, sin embargo para los contemporáneos ya se había alcanzado la madurez de las costumbres y modales, la alegría por la excursión era inobjetable, era un joven tímido, poco salía de casa, por ello, esto era nuevo para él ya que los experimentos que solía practicar los efectuaba al aire libre pero dentro del patio de la propiedad de su familia, jugaba con una pelota de béisbol cuyas costuras estaban rotas por el uso prolongado en el mismo patio en que cuatro generaciones de Babilonios habían soñado con ingresar a las Grandes Ligas. Un pariente lejano suyo estuvo muy cerca de jugar en la liga de invierno de su país México, pero había sido rechazado por motivos ideológicos, al parecer la tolerancia no había calado todavía en pleno siglo XXI. En un árbol de secuoya, muy antiguo y muy alto tenía una casita de cartón piedra que colgaba perenne en una de sus voluptuosas ramas, allí se introducía para escribir sendas misivas a un extraterrestre que venía cada nochebuena a entregarle regalitos y dulces de higos azucarados. Un día recibió una carta de un famoso escritor del Este, Solzhenitsin quien hacía poco tiempo, había salido de la Unión De Repúblicas Socialistas Soviéticas, una vez en el exilio, su obra emancipadora había sido laureada con el Premio Nobel de Literatura. La carta llegaba poco tiempo después del final de la Guerra Fría, se esperaba que el autor de Archipiélago Gulag regresase pronto a morir a su tierra, la carta, sorprendente por tratarse de un icono de la libertad acordándose de un joven sometido al anonimato decía lo siguiente:
“Temo excitar en ti mi querido amigo tantas emociones causadas por mi interés en comunicarte algunos de mis pensamientos, que te enfoques más en el emisario que en el mensaje. Pero ruego a Dios que tengas la templanza y el carácter para leer detenidamente estas líneas, quizá las ultimas que escriba en los Estados Unidos de América.

Esta noche resplandece la luna en mi Rusia natal, es la misma acaso que la que resplandeció infinitas noches de la eternidad que nos antecede, el fluido eterno del tiempo acaso conspira para que en algún futuro infinito alguna pluma se pose sobre esta misma hoja y llegue a tus mismas manos, el eterno retorno quizá sea mi mayor esperanza para suprimir su insatisfacción por el sufrimiento del que está compuesta la vida humana.

De niño observaba con curiosidad las comiquitas de un televisor viejo que aún conservo en mi cuarto de chécheres, allí un ornitorrinco se apareaba con otro y surgían seres quiméricos acaso los terrores de la infancia de todos los niños. Habituado a esta felicidad pensé que el mundo era un plano infinito que repetía las mismas figuras a lo largo y ancho, que millones de ornitorrincos se mataban entre ellos por la escasez de agua y alimentos. Pensaba que las injusticias nunca adquirían lenguajes humanos o formas antropomórficas.

Pero todo cambio con la adolescencia, quizá estés pasando la misma metamorfosis que yo en mis tiempos. Una tarde de otoño pasaban frente a mi casa un abogado agarrado de la mano con una señorita muy fina, una doctora que había visto en un consultorio odontológico al que asistiera mi madre, ambos estaban tan enamorados que parecía que una luz fulguraba como áurea alrededor de sus delgados cuerpos. Ella estaba ataviada con una espléndida falta estampada de colores como de un rosal adámico, eran ambos un paraíso perdido, acaso una sombra de las paginas melodiosas de un Milton inspirado, apasionado por el arte creativo de alguna Divinidad inconmensurable. Ella tenía un anillo de oro finísimo en su mano, pensé que acababan de sellar su compromiso.

Yo también creía para entonces que los años infames de los carnívoros emperadores rusos habían quedado en el pasado, pero esa tarde escuche la sirena de los bomberos, salí asustado (instintivamente) a la calle y pude comprobar el cuerpo desvanecido de la joven, su marido llorando desconsolado y ella, muerta, así de simple, ascendiendo hacia el cielo mientras una camilla metálica recogía sus restos. Solo duró una tarde el matrimonio. El viudo (me enteré después) fue internado en un hospital psiquiátrico donde murió padeciendo de profundos ataques esquizofrénicos y verbalizando millones de veces la palabra “triángulo”, quizá el producto de alguna pesadilla que repitió todas las noches de la última parte de su miserable vida. La pareja asesinada a consecuencia de un robo fallido. La codicia del oro, la maldad humana, y por supuesto, mi despertar a la realidad.

Cuando suelo pensar en mi inocencia y la etapa más feliz de mi vida veo esa tarde como el epilogo, como el punto y final de eso que llaman infancia y reconozco que desde entonces he padecido un sufrimiento emocional constante preguntándome sobre la causa del sufrimiento en la humanidad.”

Abruptamente terminaba la carta, muy extraño para un hombre versado en la Letra y el Idioma. Una lagrima rodó por mi mejilla y salí de casa. Mauricio Babilonia salió a la esquina, allí se apostaba un circo con muchos niños y payasos y diversiones, al final de una larga avenida un casino donde se emborrachaban los hombres. Le pareció conocer en estas imágenes confusas, algo así como una nueva etapa de decadencia de la civilización y sintió como si un ser previo a sí mismo, antes de reencarnar en el siglo XXI, hubiera ya vivido esta desagradable experiencia con una cultura anterior. Latinoamérica estaba perdida y condenada al subdesarrollo desde antes de existir, creyó ser un personaje de una novela que no acertaba a recordar pero que hacía poco o mucho tiempo había leído y en la cual se auguraba un nefasto destino para la colectividad.

UNETE



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