Máquinas

MÁQUINAS

 

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Plutarco, Moralia1.

A veces me entran tentaciones de escribir mi vida, para uso interno, siguiendo unos determinados patrones: hechos irrelevantes, hechos previstos, hechos protagonizados por el azar; y hechos, de alguna forma he de llamarlos, tocados por la incógnita o por una suerte de sinrazón. No me parece este último un nombre muy apropiado. Ya pensaré algo mejor. Esta historia pertenece a la postrera categoría.

Aquel día había decidido comer fuera de casa. Estaba solo. No me apetecía nada ponerme a cocinar. Tampoco tenía hambre. Me fui a pasear con la idea, cuando me cansara, de sentarme en cualquier bar, tomarme un aperitivo y buscar, luego, un restaurante lo menos concurrido posible. Salí de casa, pues, con mi correspondiente mascarilla anti virus, que no anti estupidez. Sin pensarlo me metí por una ruta que suelo hacer de vez en cuando. Por regla general la utiliza poca gente. Al menos a las horas en las que yo lo hago. Aquella mañana, sin embargo, distaba mucho de estar solitaria. Me tuve que desviar, pasarme a la cera del otro lado de la avenida, dada la cantidad de gente que circulaba por ésta. Tampoco la otra se hallaba libre de personas de variado pelaje. Me asombré. Predominaba la gente mayor entre los caminantes. Todos, desde luego, con sus correspondientes mascarillas. Algunas de colores, otras en blanco y negro, otras con las banderas de aquí y de allá, o alguna absurda frase. Hay gente que tiene necesidad de proclamar cómo piensa, o cómo no lo hace con una mínima expresión.

Me pregunté, asombrado, a qué se debía que hubiera tantas personas por la calle. La mañana, desde luego, era ideal para pasear: pese a las predicciones, había salido el sol. Hacía calor. Muchas de aquellas personas llevaban las chaquetas en los brazos. Y por las conversaciones de dos señoras mayores, a las que adelanté, salí de dudas: iban al cementerio. Estábamos en vísperas del día de Todos los Santos. Me fijé entonces en que algunos de los caminantes llevaban ramos de flores, unos naturales y otros artificiales. En la puerta del cementerio, cosa que no dejó de asombrarme, había varios puestos de venta de lotería, la Navidad está cerca, amén de otros juegos de azar. La vida sigue.

Dice mi querida amiga Antígona, que además es princesa, que vamos a pasar toda la eternidad con los muertos, y unos pocos años con los vivos. Tiene razón. Me alejé, pues, del cementerio deseando disfrutar de los pocos años que me quedan de vivir alejado de los inmortales muertos. Anduve durante varias horas. Al final, cansado, di con un bar. Tiene muy buena pinta. No había nadie. Me senté en un rincón. Pedí una buena cerveza y una ración de patatas bravas. Se me hizo la boca agua cuando el camarero, con su correspondiente mascarilla, con la bandera de España, las puso ante mí.

Estaba deleitándome con la primera patata, con mayonesa y pimienta dulce, cuando, de improviso, un señor, más o menos de mi edad, se plantó delante de mí.

-¿Es usted policía? -me preguntó.

Ni que decir tiene que lo miré con cara de asombro. El camarero estaba de espaldas. No había nadie más en el bar. Decidí tomármelo con paciencia.

-No, no señor, no soy policía -le dije-. Si busca ayuda oficial, no se la puedo prestar.

-No -respondió sentándose ante mí-. No busco ayuda. Sencillamente no quiero que me detengan.

-Pues tampoco voy a hacer eso -dije lanzando una melancólica mirada a mis imperturbables patatas.

-Es lo que esperaba. No le molesto, ¿verdad? Ya sé que soy un poco impertinente.

-¿Le apetece una cerveza? -le pregunté lleno de santa paciencia. Por toda respuesta levantó el brazo, pidió un vaso de vino y una ración de calamares a la romana. Le alabé el gusto.

-Vengo del cementerio -me explicó antes de que le sirvieran el vino-. No, no de visitar tumbas. No soy muy dado a esas cosas. Pero tengo una vecina que va día sí y día no. Me llamó hace unos días para decirme que en la lápida de mi mujer habían puesto una nota: la iban a exhumar, salvo que pagara las tasas correspondientes. Eso de descansar en paz es una burda mentira. A menos que uno se convierta en un montón de huesos anónimos. O pague alguien por éstos.

Pensé que era una bonita conversación para adobar a mis queridas patatas. Pese a todo seguí comiéndomelas. A él le trajeron el vino y los calamares. Me invitó a compartirlos. No me hice de rogar.

-No supe a quién dirigirme -continuó- para detener la exhumación. Pensé dejarlo estar. Luego me arrepentí. Quedan familiares de ella. Me dije que aquello era lo último que iba a hacer por la finada. Fui al ayuntamiento. Leí en un cartel que tenía que llamar por teléfono y pedir cita previa. Llamé. Y, tras varios intentos fallidos, me dieron cita para dentro de un par de días. Al cabo de esos días, me dieron otro teléfono, el del cementerio, para pedir otra cita previa. El covid, ya sabe usted. Que está sirviendo a las mil maravillas para que muchos no hagan nada de lo que tienen que hacer. Ni coger el teléfono.

-Sí. Entre unos y otros estamos convirtiendo esto en una pesadilla. Y no descarto que muchos están abusando de la situación. Desde luego.

-No lo sabe usted bien -me dijo tras beberse la copa de vino y de pedir otra-. Llamé por teléfono varias veces. Nadie lo cogía…

-Eso es lo habitual en los sitios oficiales y en los bancos.

-Así es. Ya veo que también usted tiene experiencia.

-Se hace lo que se puede..

-Pues bueno, al cabo de varios días de inútiles llamadas, alguien tuvo la amabilidad de cogerme el teléfono. Le expuse lo que quería y me dio cita para dentro de dos días, a las doce y media de la mañana. Me lo apunté en la agenda. Me di cuenta entonces de que no había preguntado si tenía que llevar alguna documentación. No quise volver a llamar.

-Y seguro -dije comiéndome mi última patata- que le pidieron el documento que no llevaba.

-Hace algunos años -siguió- no quisieron renovarme el carnet de conducir. Tenían razón: no me veo bien. Era mejor que dejara el coche. Desde entonces me muevo o con el autobús o voy a pie. Y dadas las circunstancias, el maldito coronavirus, ni loco cojo un medio de transporte público. Al menos mientras pueda evitarlo. Pues bien, fui a la oficina del cementerio, que está donde Cristo perdió el gorro, como vulgarmente se dice, a pie. Eso sí, llevaba una cartera con todas la documentación que tengo en casa. Y como estas cosas me ponen muy nervioso, llegué a la oficina con una hora de antelación.

-¿Es la oficina que está al lado del tanatorio?

-Efectivamente-

-Pues allí por no haber no hay ni un mal banco donde sentarse.

-Sí, pero eso jugó a mi favor. Ante tanta desolación, y ante alguna que otra persona que iba por allí llorando a algún finado reciente, me metí en la oficina. ¿Se lo puede creer? No había nadie. Un funcionario, parapetado tras mil pantallas de plástico, hablando por teléfono. Lo saludé cuando terminó. Me preguntó quién era, se lo dije, y me tachó de una lista. ¿Sabe cuántos estábamos en la lista? Cinco personas. Para eso me dieron cita previa. No me pidió ninguna documentación. ¿Y sabe lo que le costó darme un impreso que ni siquiera yo tenía que rellenar puesto que en él ya figuraban los datos que a ellos les interesan? Menos de un minuto: le dio a la tecla del ordenador, salió un impreso, en papel reciclado, eso sí, y me despidió. No estuve en la maldita oficina ni veinte segundos. Ni había nadie esperando. Tuve ganas de pegarle fuego al edificio. Para qué tanta cita previa. Para qué tanta llamada telefónica a la que nadie respondía.

-¿Por eso me ha preguntado si soy policía?

-Sí. Hoy he tenido muchas ganas de matar a gente. Y de incendiar algunos edificios.

Y diciendo esto pidió otra copa de vino para él, y otra cerveza para mí.

-Para evitar la exhumación de mi santa mujer -siguió contando- tenía que ir al banco, a alguno de la lista que figuraba en el impreso que me acababa de entregar el fúnebre funcionario. Hay pagar tasas. ¿cómo no? Me fui caminando en busca de una de esas oficinas. Tardé en dar con ella. Pero como no soy cliente de esa entidad, tenía que pagar en efectivo. Me fui en busca de una oficina donde tengo mis ahorros. Di con ella. Ese banco no estaba en la lista para pagar las tasas. Me marché al otro. Había una cola de varias personas. Todas con mascarillas, aunque todas revueltas. Cuando me llegó el turno, y me abrieron las puertas, el cajero, una persona, me dijo que el ingreso lo tenía que hacer en el cajero automático, cosa que no sé cómo se hace. Salió de sus mamparas de vinilo para ayudarme. Pero el cajero estaba fuera de servicio momentáneamente.

-Cuestión de minutos -se disculpó volviendo a su mesa de trabajo.

-Bueno -repliqué enfadado- ¿y no puede cobrarme usted las tasas?

-No. Lo siento. Pero no puedo. Lo tenemos prohibido. Espérese. Es cuestión de minutos.

-En la calle. Con más personas -siguió con un nuevo vaso de vino- estuve esperando algo así como veinte minutos. Me marché, sin haber pagado y bastante cabreado, añorando un par de buenas bombas. Descubrí otra oficina donde también podía pagar. Llamé a la puerta. Tardaron en abrirme. Y tuve que pasar otra puerta, que daba acceso a otra puerta, que no había forma de que se abriera. Una ininteligible voz me decía, cogido entre ambas puertas, que debía hacer no sé qué. Me despojé de todo cuanto llevaba encima depositándolo en una pequeña taquilla. Y ni aun así no se abría la maldita puerta. De verdad: tentaciones me dieron de desnudarme. Debieron leerme el pensamiento, pues la puerta, por arte de birbiloque, se abrió. Y vuelta a la misma: no, no señora, no soy cliente de aquí. Pero tengo que pagar estas tasas. Y este banco está en la lista de donde se pueden pagar. Sí, pero tiene que hacerlo por el cajero automático. Pues no sé cómo se hace eso. Espérese fuera, y ahora salgo y se lo explico… Esperé fuera. Salió. Tocó las teclas con un puntero y se largó como alma que lleva el diablo. Pagué. Y entonces me di cuenta de que me quedaba yo con la hoja con el código de barras. La del puntero había desaparecido. Según el fúnebre funcionario, esa hoja se la quedaba el banco, y se la remitía a ellos como justificante… ¡Dios! Empezaba estar más que harto.

-Esta es la pesadilla -dije por decir algo- de aquello de vuelva usted mañana. Cualquier día no podrá hablar con el funcionario de turno si no lleva el móvil y lo utiliza para dirigirse a él. Aunque lo tenga ante sus narices.

-Llegaremos a ello. No lo dude. Volví a meterme entre las puertas -dijo reanudando su discurso-. Otra vez la estúpida voz. Y otra vez me abrieron cuando empezaba a desnudarme… Cola. El cajero y un cliente estaban hablando de las excelencias no sé si de un jugador de fútbol o de una hipoteca. Cuando me llegó mi turno, el cajero, encorbatado y con mascarilla, tras una enorme mampara de vinilo, me explicó que no hacía falta enviar el impreso con el código de barras. El cajero automático ya se encargaba de todo. No me lo acabé de creer. Salí de allí disculpándome: “Cariño -dije dirigiéndome a una nube que pasaba- si te exhuman no será por mi culpa”.

-El mundo actual se ha convertido en una pesadilla -dije por decir algo a aquel desconocido con quien estaba compartiendo un buen plato de calamares-. Se funde una bombilla, y hay que llamar a un técnico. Antes sólo había que desenroscar la bombilla fundida. Ahora, quitar pantallas, con tornillos de cruz, minúsculos unos, grandes otros, o a presión o de otras formas… Se cae una percha del baño, y tres cuartos de lo mismo. Vas a una gasolinera, te llenas tú el depósito, y para poder hinchar las ruedas del coche, tienes que hacer un cursillo… Todo son máquinas, y todas reclaman algo. Y nadie las entiende.

-Y los bancos -repuso él- tenían que organizar cursos de iniciación para ingresar dinero, pagar impuestos, sacar dinero, hacer transferencias, y todo lo demás. Al paso que vamos, dentro de poco irá usted a una carnicería, pedirá un kilo de chuletas, y le dirán que se mate usted el borrego, y que se sirva lo que quiera.

-Es un mundo deshumanizado.

-El día anterior a lo del cementerio -prosiguió incansable mi desconocido compañero de aperitivos- fui al ambulatorio: necesitaba las recetas de mis medicamentos. No dejan entrar a nadie sin el consentimiento de la auxiliar en labores de portera. La auxiliar, desaparecida en combate, va distribuyendo a quienes esperan, cuando a ella le viene en gana. Allí hay gente que, imagino, está colocada por ser del partido, por ser amigo del amigo, o por tener otras cosas que mejor me callo. Durante un largo tiempo estuvimos esperando en la calle un grupo de personas. La auxiliar se paseaba por aquí y por allí, arrastrando su pata herida, sin hacernos ni caso. Y detrás del mostrador, y de las pantallas de vinillo, tres personas tocándose... las narices. Al final, hartos, entramos todos en tromba. Cinco minutos tardaron en despacharnos a todos. Para lo cual persona hubo que estuvo más de media hora en la puta calle. Y perdone el taco. Y todo esto lo pago yo. Por no pegarle fuego a la ciudad. Si tuviera dieciocho años ya estaba yo lanzando cócteles molotov por ahí… Y los políticos fiesta. ¡Qué gentuza! ¡Y cuánto aprovechado!

Y diciendo eso se levantó y se fue. Nunca más lo he vuelto a ver. Un hecho enigmático más en mi vida.

-Todas las cosas tienen su lado bueno -me dije un tanto angustiado-. Uno más como éste y me sale la comida gratis.

1Plutarco, Obras morales y de costumbres, VIII, p.54. Biblioteca clásica Gredos, Madrid, 2008. Traducción de Rosa María Aguilar.

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