.500 años, que lo único permanente es el
cambio. Y tan potente fue su planteamiento que por centurias se ha
enseñado que el mejor ejemplo de su máxima sería la frase “nadie se baña dos
veces en el mismo río”.
Tal
principio es aplicable a toda organización. Entre ellas las
sociedades, que para no morir ni anquilosarse deben ir adaptándose al cambio,
siendo su flexibilidad la característica que evita el quiebre al que se exponen
si, al contrario, persisten en su rigidez. Y así como hay fuerzas
que propenden a la adaptación a las nuevas realidades (en el caso de las
sociedades, a las nuevas visiones de sus miembros) existen las que buscan por
todos los medios mantener el status quo, la situación tal cual e incluso pasar
a estadios anteriores. A ellos, por siglos, se les ha llamado
reaccionarios y, en el día de hoy, conservadores.
Entre
los que anhelan y promueven el cambio social, primero están lo que buscan vías
drásticas y rápidas, porque consideran que el estado de la sociedad es
insostenible: por injusto, insustentable o por cualquier otro motivo que lo
haga inviable. A éstos se les moteja de revolucionarios.
Pero
en las sociedades también están quienes deseando la movilidad no creen que el
tránsito rápido sea el más adecuado. Sea porque no les hace tanto ruido el
estado actual de las cosas como porque consideran que acelerar los procesos de
transformación puede ser riesgoso. A ellos los podríamos llamar
evolucionarios.
Todas
estas tipologías concurren a las conversaciones y debates de diversa índole que
se dan por estos días sobre las movilizaciones ciudadanas de los últimos
meses. Pero son los evolucionarios los que más
abundan. Gente, principalmente, acostumbrada a vivir la realidad
tal cual es hoy, aferrada a la certeza y seguridad que le entrega el seguir
avanzando por un camino similar al ya recorrido. La inercia conservadora se
mantiene, aunque ven que los cambios son necesarios. Frases como
“para qué ser tan drásticos”, “los cambios deben ser graduales” y “no es todo
tan malo” adornan esta postura que ve con desconfianza las transformaciones
revolucionarias.
Aún
así, si hay algo que une a estos dos grupos –revolucionarios y evolucionarios-
es anhelar el cambio, en lo que se diferencian es normalmente en la velocidad
y, en determinadas circunstancias, en los procedimientos. Pero en el
fondo reconocen que la situación vigente no se puede mantener.
Pero
hay que tener ojo. Muchos reaccionarios se visten, consciente o
inconscientemnete, de evolucionarios. Usan los mismos argumentos de
estos últimos, las mismas razones, pero su fin no es otro que detener la
necesaria transformación de la sociedad, sencillamente porque el sistema
actual, aunque sea injusto e insustentable, les acomoda. Porque, en
muchos casos, se han servido de él. Muchos de ellos cuestionan la
polarización de las posturas, tienden al consenso aunque signifique transar
derechos y, por ejemplo en política, rechazan los plebiscitos y adhieren a un
sistema antidemocrático como el binominal porque privilegia la gobernabilidad
por sobre la verdadera representación.
Así
es hoy y así ha sido en todas las épocas. Es a lo que se enfrentan
todas las organizaciones y sociedades, que deben aprender a calibrar cuándo y
cómo cambiar.
Con
todo e independiente de lo que se diga hay evoluciones que aunque muchos no lo
perciban, sí son revolucionarias. Y ésas son las culturales, las de
las percepciones. Son las que logran convertir lo normal en
anormal. En algo con lo que es preciso acabar.
Es
lo que han hecho los universitarios movilizados al convertir el lucro en la
educación en un anatema, en un concepto maldito. Y por cierto que
esto tiene un origen lógico, basado en la noción de bien común. La
pregunta de fondo: ¿es legítimo que se lucre con un derecho básico como la
educación? Y agreguemos: ¿con la salud? ¿con la previsión?
Eso
fue lo que pusieron los estudiantes en la mesa. Ellos son los
protagonistas de una nueva revolución.
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Imagen: Man And Woman/Changing
Identities (Antoine Savolainen - Stock Illustration Source)