Credo pandémico



. En la sociedad que vive para el mercado, donde todo se rige por las reglas de la oferta y la demanda, incluso las relaciones humanas y por supuesto las formas de entender la política. Las ideologías, como productos dispuestos para ganar adhesiones, tan en auge en los dos últimos siglos, han ido perdiendo empuje, porque ya no venden o al menos no lo hacen con la intensidad que requiere la democracia actual, sin embargo no sucede así con la ideología dominante que resiste para colaborar con el poder.

Sea de uno u otro lado del espectro, la ideología de dominación es única, aunque con matices formales y reales dentro del plano de afectación, en el sentido de que se predican libertades en la forma, pero represión en el fondo y, en el mejor de los casos, solo libertad bajo control. Como necesita promocionarse, juega un papel decisivo en este punto la mediatización de la existencia colectiva, para que todo transite en los términos concertados con los medios y el gremio profesional que ejerce la función de voceros de una realidad prefabricada para la ocasión, que ha pasado a ser pieza fundamental en la difusión y el culto establecido en torno a la doctrina oficial iluminada por la ideología de turno. En el plano mediático se ofrece la apariencia de que pueden jugar todos, para eso está internet como el gran colaborador a través de sus redes, donde unos y otros vierten sus opiniones, pero son los especialistas quienes las dirigen y derivan en la dirección de los intereses dominantes.

El control que se realiza a través de los medios conduce a que solamente se da bombo a lo que le interesa a quien tiene poder, lo demás se oculta o se pasa por alto, con lo que las masas ya no están informadas, porque solo se reflejan las consignas mediáticas servidas a exigencias del poder. La información es sesgada y sobre ella siempre pende la amenaza del silencio, el recorte de la censura o la exclusión de la mordaza. Partiendo de que el que no se anuncia no vende, la propaganda y la publicidad trabajan activamente en ofertar mercancías debidamente ilustradas para que la imagen cree dependencia y permita ocultar la realidad de fondo.

En el mundo actual, conducido por lo virtual, ya se sabe que lo visual es fundamental, de manera que ha ocupado buena parte del espacio de las palabras y ha alejado las ideas de calidad de la escena. Aunque no tan consistentes y dispuestas para durar en el tiempo las imágenes suelen despertar pasiones en el momento, y como el apasionamiento mueve a las masas, de ahí el suministro continuado del producto con que se alimenta la sociedad de las imágenes prendidas en la retina. En el efecto captación de la atención que se busca con la imagen reflejo de la realidad es fundamental el marketing, en el que trabajan legiones de asesores que la visten discretamente con el hábito de la doctrina, fomentando el tópico para hacerla consistente. Sobre esta base se trata de construir un modo de vida único, exclusivo y excluyente. Es la dimensión en la que se mueven elites, iconos e influenciadores, con la misión de arrastrar a las masas en la dirección que establece el programa. Puro espectáculo, que en definitiva es lo que se cotiza y permite colocarse en el ranking del mercado y ganar seguidores, es decir, generar mayores ventas políticas y comerciales.

Construida sobre la base a las imágenes, en la que se han especializado las empresas que operan a través de internet, la ilustración tiene un coste. Además de tratarse de ilustración para un mercado que da la espalda a la capacidad de recuperar lo político, condiciona la libertad, destruye la individualidad y enferma a las personas con mayor efectividad que la pandemia, porque no hay fármaco ni vacuna que la alivie. La factura apenas se mide cuantitativamente en dinero, más bien en datos, por lo que han pasado a ser el sustitutivo de la moneda en el plano virtual. Los datos han servido para estrechar el cerco a la individualidad en provecho económico de empresas y poder, la privacidad, cuando no la intimidad, se ha roto y la pandemia ha acentuado el proceso de control, hasta el punto de que, por ejemplo, para acceder a internet es de obligado cumplimiento, cuanto menos, entregar la privacidad. Todo para hacer posible la gratuidad de unos servicios, en apariencia destinados a la información y al conocimiento, que solo recetan productos comerciales con la pretensión de crear dependencia y fidelidad a su modelo comercial.

Lo más serio en este panorama de doble mercado doctrinal, instrumentado por la burocracia en el poder y el empresariado, al que se está conduciendo a la sociedad sin posibilidad de vías de escape, agravado por la crisis de la pandemia, es que se resiente la marcha de los derechos individuales, incluso la trayectoria del Derecho se muestra dubitativa y la inseguridad jurídica ha aparecido en la escena. Se va enfriando la euforia de los derechos, en especial en lo que no responde a las consignas de moda y en lo que no conviene a los intereses del poder. No hay que perder de vista que, pese a los adornos, los derechos constitucionales son derechos otorgados por el moderno poder, por lo que al igual que se dan se quitan. Con lo que al no haber sido conquistados, los derechos tienen el coste de la sumisión a quien los otorga. Resulta llamativo que derechos como la propiedad privada, definida como la gran conquista del capitalismo, hayan venido a menos y con ello se haya instalado la desigualdad. Algunos ciudadanos ven limitado su derecho para beneficiar a otros gratuitamente; por otro lado, desplazando a la ciudadanía parte de la misión del gobierno. Realidades como la okupación o el alquiler gratuito de vivienda son ejemplos de desgobierno, justificados con el argumento de la obligada solidaridad que impone la pandemia y que ordenan practicar los gobernantes para ponerse medallas por su labor social, solo reconocida por los beneficiados. Otros derechos, como los relacionados con la libre expresión, simplemente se obstaculizan, basta con hacer uso del silencio por decreto.

Derivado del desastre del virus y de la ineficacia de los gobernantes en la toma de decisiones para hacerle frente, el miedo ha tomado carta de naturaleza entre las personas. Buena parte de la sociedad se muestra temerosa y la doctrina, ante su incapacidad de reacción, obtiene los correspondientes beneficios. Con motivos más o menos justificados por la evidencia letal de la pandemia el hecho es que, mientras ese poder menor de carácter social acusa la parálisis, el gran poder de los mandatarios políticos se incrementa y el gobierno conforme al Derecho se adecua a mandar desde el gobierno, mientras a las masas, con sus derechos de papel, solo les toca obedecer, porque se las ha negado hasta la facultad de expresarse. Claro está que aunque lo de mandar se impone por la radicalidad que exige la situación, no justifica la pérdida de derechos individuales y menos aún la adopción de medidas extremas carentes de eficacia, tal y como se viene demostrando, que no conducen al objetivo propuesto, porque el proceso se repite una y otra vez. La consigna de salvar la sanidad ha derivado en otra más ajustada a la realidad como es la de construir una sanidad exclusiva para la pandemia a costa del deterioro de la sanidad en general.

Unas políticas sin rumbo fijo solo producen efectos sociales indeseados. Además de vivir sujetas a la tensión derivada de la posibilidad de verse afectadas por la enfermedad, las personas acusan los efectos psicológicos permanentes de restricciones, confinamientos y prevenciones que van construyendo una sociedad servil, pusilánime, acomplejada y sin capacidad para mirar hacia un futuro abierto. Las prácticas de obligado cumplimiento como el simulacro de desinfección de manos, guardar distancias entre personas, darse el codo o tocarse el pecho como saludo, moverse siguiendo las flechas trazadas en el suelo o permanecer dentro de un círculo, entre otras, crean comportamientos que a su manera acaban por incidir en la salud mental de algunos y afectan sensiblemente al desarrollo psicológico de la infancia. Respecto de esta última, los rituales a los que obligadamente se la entrega es probable que en muchos casos condicionen su futura calidad de vida y los afectados se conviertan en fieles clientes de la psiquiatría.

Un primer balance de esta situación, que no tiene visos de concluir de inmediato, es que las masas han sido engañadas. Han pasado de ganarse la condición de ciudadanos a ser siervos del que a la sazón manda, con lo que su espíritu rebelde se ha domesticado. Incluso se va más allá cuando se alienta la demagogia y el enfrentamiento social para dividirlas con argumentos como que el virus solo afecta a los más pobres. Medidas como el confinamiento o la restricción de movimientos no han resultado útiles para detener el avance del virus, pero sí para destrozar a las personas y la economía, en definitiva al país. Fundamentalmente, la capacidad económica de una mayoría ha sido sensiblemente minorada y la actividad dedicada a esta situación han sido tiempo perdido. Asimismo, el vivir de la subvención, del dinero gratis, estar al reparto y a la caridad es la nueva cultura instalada entre los económicamente débiles, cuyo objetivo es alimentar su dependencia estatal. Se ha declarado a las personas culpables de la situación, cuando la responsabilidad es de quien ejerce el poder, dada su incompetencia, pese a las medidas draconianas de las que ha hecho uso, para realizar algo efectivo en orden a paliar la situación de manera radical. Lo de gobernar, que era un proceso reglado en los extremos y conducido por la inercia, resulta que cuando se enfrenta a situaciones que rompen con la normalidad se pone de manifiesto su falta de calidad.

Antonio Lorca Siero






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