La comedia económico-política

 

. Esta circunstancia ha influido en el tejido económico, que si bien funciona por inercia en situaciones de normalidad, no sucede así cuando tiene lugar una crisis económica como la actual.

El Estado se han convertido en garante del funcionamiento de esas empresas al encomendarlas la marcha económica del país, y esto supone implicarle en garantizar su viabilidad y solvencia con cargo el dinero público. Se pasa por alto que entre los empresarios no es infrecuente que actualmente se limiten a fundar empresas de corto recorrido temporal, simplemente con el fin de explotar una situación coyuntural del mercado e inmediatamente saquearlas para recoger los beneficios, al objeto de incrementar su propio patrimonio.

De esta manera, el proceso de generación de capital empresarial se transforma en vía de acumulación de riqueza personal y la empresa en un cascarón vacío de contenido dependiente del crédito ajeno y en último término acogida a la protección estatal. Funcionando con un fondo dinerario asociado al crédito, el empresario siempre está dispuesto para hundirlo con la nave y dejar atrás el proyecto cuando deja de ser rentable, a menudo por esa tendencia a ser desviado hacia el patrimonio de los gestores. Dominan la especulación y la camarilla económica, mientras los ratios de solvencia se asocian al nombre del que manipula la empresa, en su actividad prima el aspecto publicitario para dar valor al rótulo comercial, que en ocasiones ampara una realidad mercantil que carece de contenido.

Con tales deficiencias, que acusa el personalismo de gestión, la endeblez capitalista del proyecto, el endeudamiento como soporte de crecimiento y la carencia de un fondo de capital que confiera solidez al proyecto, la empresa tradicional es frecuente que solo sea capitalista de nombre, en cuanto a que está asociada al hecho de operar en el mercado. De ahí que ante situaciones de excepcionalidad como la actual esa mayoría de empresas que carecen de solidez contribuyan a acentuar el problema y a agravar las consecuencias económicas de la situación porque no hay un fondo real de capital. Económicamente, el país camina hacia el declive y la dependencia exterior, tanto por la deficiente gestión política, que ha desviado su función previsora hacia un empresariado que atiende fundamentalmente a los intereses personales de los gestores, como por la actividad descontrolada de las propias empresas.

Sin embargo, la pandemia no es la causa, sino tan solo el punto de referencia de una situación excepcional, que no por ello resultaba totalmente imprevisible. En el plano social esa riqueza que se desvanece facilita que tome nuevos bríos la desigualdad, ya que una parte de la ciudadanía, a falta de mercado donde consumir por las limitaciones establecidas por los políticos, ha incrementado su riqueza personal, mientras que la otra se ha entregado a la dependencia estatal. Aún así, la situación de la primera hay que entenderla en términos de provisionalidad. A tal fin actúa el principio capitalista de desmontar el ahorro de las masas instrumentando crisis periódicas, y, si se resiste, basta con dar mayores aires al consumo con otras fórmulas, en este caso la virtual, o simplemente provocar el hundimiento de inversiones tradicionales como la actividad comercial, la bursátil o el ladrillo, una vez que previamente la riqueza personal acumulada ha sido atraída a esos círculos de actividad. Quiere esto decir que Papá Estado no puede, ya sea por vía impositiva o del crédito externo, solventar la situación de su ciudadanía y acogidos ocasionales, lo que ineludiblemente conduce a la previsible quiebra del país.

Como último recurso, resulta que la falta de firmeza en la dirección económica y el permanente caminar a la deriva, llevan a tratar de acogerse a justificaciones carentes consistencia. La pandemia y el capitalismo han pasado a ser, para los que solo buscan disculpas del mal hacer económico, los dos culpables de la situación actual. Del segundo se ocupan los que viven de una parte del negocio mediático y esos otros meritorios de una alternativa política que siempre se ha movido en el terreno de la confrontación teórica con el capitalismo y se han declarado, por decir algo, anticapitalistas. La tan sufrida vía del anticapitalismo de sesgo político, destinada a tratar de ilusionar en un panorama de desesperanza al electorado, no es más que una alternativa abocada al fracaso político y económico, porque, además de extemporánea, no dispone de argumentos constructivos. Hoy, instrumentada por quienes la utilizan para acceder al poder político, no es significativa en un panorama global entregado al capitalismo.

Antonio Lorca Siero

UNETE



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