La sociedad ha sido silenciada



. Lo que había comenzado como una simple concesión burguesa adquiría arraigo y el mundo de los derechos crecientes era una cortapisa para el ejercicio absoluto del poder. De ahí a que las masas acabaran reivindicando enérgicamente su papel político, pero más allá de la pantomima de la democracia al uso había poco espacio.

Domesticar políticamente a las masas no debía estar muy alejado de las mentes de quienes venían ejerciendo el poder, porque en caso contrario verían reducido su papel. Consiguientemente las elites políticas debilitaban más su posición, ya deteriorada al hacerse demasiado dependientes de las obligaciones que impone el Estado de Derecho, y había que tomar decisiones. Por tanto, no es extraño que, pese a las complicaciones que rompen con la rutina del gobernar asociadas a los efectos del virus, la pandemia haya sido bien recibida por las elites, a efectos de incrementar su poder, e indudablemente mal por las masas.

Hoy la política manda sin contemplaciones e impone sus exigencias a la sociedad general, amparada en una cobertura metajurídica, avalada por argumentos supuestamente científicos que se sitúan prioritariamente a los derechos y a las libertades individuales, declarados inalienables. No solamente se trata de pérdida de garantías jurídicas, la cuestión va más allá, porque ha permitido que quiebre algo fundamental como es el sentido de lo político, que ha quedado totalmente desplazado, al existir una entrega incondicional de la ciudadanía a la voluntad de sus elites, no quedando restos de su espíritu político. Hay que ver en el nuevo planteamiento, no solamente el fin del valor político del individuo, sino un paso hacia la destrucción de su personalidad. Lo que de momento se observa ya es algo decisivo, como la pérdida de confianza en el progreso general, así como cierto escepticismo en cuanto al futuro del arsenal jurídico con que se había dotado a las masas. Valores asociados a la buena marcha de la sociedad se derrumban bajo el peso de lo que en principio, para no provocar alarma, se decía que no era pandemia y poco más que una gripe benigna, que al final resultó ser un engaño más de las elites. En todo caso, el nuevo medio de control de masas viene a dibujar un panorama social poco alentador.

Si bien el progreso humano se había refugiado en la tecnología para vender, y el avance de la individualidad quedaba en parte condicionado por la manipulación de la voluntad a través del mercado, las redes sociales e internet, las nuevas estrategias para enfrentarse políticamente a la situación de emergencia sanitaria hay que calificarlas de retroceso social sin paliativos porque se toman contra su voluntad, pese a la falsa tolerancia consecuencia del miedo, y no aportan soluciones efectivas. La cuestión va más allá en cuanto que en un panorama general asistimos a la vuelta al pasado, ese mismo que la nueva historia quiere hacer olvidar a las gentes por intereses políticos.

Con la situación de pandemia, en primer término se ha provocado la ruptura de la racionalidad de base, a ello ha contribuido una vez más el miedo, y en mayor grado se va desgastando algo fundamental como es el sentido común. De manera que a la individualidad no se la ha dejado espacio para contar con un criterio propio porque, si lo tiene, se trata de descalificarlo. De ello se ocupa la doctrina oficial que, aprovechando la ocasión, ha venido para imponerse, dando el paso decisivo para habituar a las personas a confiar en su exclusiva verdad. Amparada y aprovechándose de criterios científicos, la verdad sanitaria, debidamente politizada, se ha manipulado para hacerla extensiva a todas las dimensiones de la vida. Como ha sucedido en los tiempos de intolerancia, que han sido demasiados en la historia y que parecía haber aliviado la revolución burguesa fundamentalmente por intereses mercantiles, ahora resulta que retornan. Baste la referencia a eso del ataque a la historia de los tiempos recientes para adaptarla a las necesidades electorales de los gobernantes, si bien haciendo despliegue de la obligación de hacer justicia con los que fueron injustamente tratados. No parece acertado imponer una historia por decreto, en vez de dejarla que fluya libremente, porque queda claro el propósito de adoctrinar a las masas. Manipulando la realidad pasada o presente a voluntad, se despliega otra intención que es ordenar a los individuos cómo tienen que obrar, pensar y sentir, no solamente en la vida pública, sino también en la privada. Baste señalar que desviaciones aparentemente inocentes son calificados de anatemas, cuando simplemente se expresan opiniones acertadas o desacertadas, con lo que ya se apunta en esa dirección de prepotencia destinada a erradicar en buena parte el sentido común. La intolerancia está servida y con ella el fin del progreso humano, porque solamente puede darse sin interferencias torticeras. Su efecto inmediato, además de que la falta de libertad, es el resultado de ofrecer un sesgo improcedente al fenómeno de la pandemia. Las personas son obligadas a soportar tanto los efectos del miedo impuesto por decreto como, además de la falta de libertad física por las limitaciones de movilidad y confinamientos frecuentemente innecesarias, la falta de libertad para pensar.

Siguiendo en la misma línea doctrinal, algo que si bien tiene sentido es descalificar los montajes en torno a las fake news, pero no lo es tanto descalificarlas radicalmente sin entrar a considerar si en ellas es posible encontrar un poso de autenticidad. Y en este sentido los orígenes del virus inteligente, al que a menudo se remiten, ha pasado a ser oficialmente casi un tema tabú, quedando excluido todo debate sobre su procedencia natural o asociada a los laboratorios de investigación. La colaboración mediática, afectada por la censura informativa, impide dar difusión a este asunto, salvo alguna pincelada de conveniencia, pero no para tratar de aclarar el asunto, sino para cargar contra quien no está alineado con el respectivo bloque de influencia, lo que solo sirve para provocar suspicacias y nuevos bulos que simplemente han de silenciarse. Con lo que a la limitación del pensamiento se sigue la erradicación de todo intento crítico por parte del auditorio, porque los términos impuestos para desmontar las falsedades que se filtran a pesar de la censura vienen otorgando la exclusiva al plantel del personal mediático, dispuesto para improvisar argumentaciones prefabricadas en torno a supuestas mentiras ajenas, aportando a la sociedad las de su propia cosecha.

Dada la situación, no es extraño que posicionamientos como el negacionismo vengan a saltarse el cerco establecido por la doctrina a propósito de la verdad oficial y la verdad mediática, para llamar en cierta forma a la libertad y a la crítica. Mas al negar lo que resulta evidente el proyecto queda desautorizado por principio aunque, como sucede con las noticias falsas, pueda haber alguna base razonable. Frente a ambos intentos de llamar a la sociedad a recuperar el sentido escéptico, la doctrina se refuerza, mientras el poder aprieta las clavijas de la intolerancia y exige a los ciudadanos fidelidad a la línea marcada. Aporta como argumento concluyente que su verdad en eso de la pandemia es sólida, porque está respaldada por los científicos —algunos debidamente atendidos económicamente por contribuciones de dudosa procedencia—, aunque no por la ciencia, y aprovechan para justificar las medidas oficiales para combatirla; aunque acaben siendo menos eficaces de lo que airean a los ciudadanos.

La cuestión va más allá de esa pérdida de sentido crítico, se trata de que la sociedad ha sido silenciada. No puede opinar y, si lo hace, la publicidad mediática solo ofrece lo anecdotico, la ocurrencia que vende. Cuatro carteles de quienes no la representan alivian la sensación de silencio, mientras a la ciudadanía la han enmudecido, de una u otra manera, usando como justificación el argumento del virus y la defensa de la salud pública.

Antonio Lorca Siero






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