Búhos

BÚHOS

 

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Heródoto, Historia.

A veces en mitad de la noche, insomne, medito sobre mi vida pasada. No son meditaciones buscadas ni deseadas. Surgen de improviso. Tal como el repentino despertar. Pensando detenidamente, sin moverme de la cama, intuyo que me despierto con la meditación ya comenzada. A veces he tratado de dilucidar si se estaba fraguando ésta en tanto dormía. O si estaba soñando con algo relacionado con mi meditación. Esfuerzo inútil. Era incapaz, y lo sigo siendo, de reconstruir nada. Suponiendo que haya algo que reconstruir. No obstante, sigo pensando que me despierto en mitad de la meditación. O al principio de la misma. No lo sé.

Me dejo llevar por los pensamientos nocturnos. Imágenes y palabras que, la mayoría de las veces, ignoro si son reales o imaginadas. Sólo les pido que me arrastren de nuevo al sueño. Vienen a hacerlo cuando es hora de levantarme. Tanto incordio y tanta molestia pensé que debería llevar algún mensaje oculto. Máxime cuando el sueño, o las visiones, se repiten noche tras noche.

Cambia el escenario. Unas veces es una amplia habitación soleada, vacía; otras es la habitación, oscura, donde estuvo el féretro con los restos de mi padre; otras me veo a mí ante la mesa de un vendedor de recuerdos y pulseras al aire libre, o en construcciones imposibles, etc., etc. He dicho que me veo a mí; pero no sé si esto es exacto. Pues en realidad no sé si soy yo, o una imagen virtual mía, apariencia, sueño de un sueño, o algo parecido. No lo sé.

Me intrigó la repetición de las imágenes. Me propuse prestarles atención. Quería descubrir el mensaje, si lo había. Para ello debía retener el sueño. Pero no he visto cosa más difícil de lograr. Tumbado en la cama, trataba de reconstruir las imágenes y las palabras desde el momento mismo del despertar. Era capaz de llegar hasta lo que yo consideraba el inicio, la raíz. Pero en el espacio de tiempo que media entre levantarse, vestirse e ir en busca de un bolígrafo, se producía el borrado mágico. De todo el conglomerado de imágenes y palabras sólo perduraba la visión de alguien, en varios espacios distintos, siempre con un algo que apretaba con fuerza en su mano derecha. No tardé en descubrir lo que era ese algo. Se trataba de una pequeña figurita, barro cocido, de un búho. Una angustiosa noche abrió la mano para mostrármelo.

Hubiera tenido sentido, creo, si hubiese sido aquel el primer búho de la ingente colección que tengo. Pero no fue así. Ahora bien, si no estoy equivocado no es esto lo importante. Lo importante es, creo, que de esta forma, merced a un búho de barro, como comenzó a fraguarse mi vida. Tal explicación tiene sentido. En el sueño por lo menos.

El ser humano está muy limitado. No es tan libre como él se imagina, ni como algunas filosofías han querido hacerle creer. Está en manos sino del destino sí de infinidad de sucesos que ni controla ni domina. Tampoco se lo propone. Se deja llevar como hoja caduca arrastrada por un río.

A veces, hablando con amigos, me dicen éstos que esta clase de pensamientos, en épocas no tan remotas, me hubiera costado arder en las hogueras de la santa inquisición. Contraataco respondiendo que en dicha épocas, seguramente, no hubiera pensado como pienso ahora. Y ahora, me preguntan, ¿a quién le interesan esos problemas que me acucian a mí por la noche? Seguramente a nadie. ¿Existe el destino?, pregunté generando más asombro.

Me recomendaron que hablara con el anciano profesor de griego, ya jubilado. Sin duda por eso de la mitología y los dioses. ¿Estaban los héroes marcados por las decisiones de aquellos? -preguntó alguien. Me desentendí. No es la mitología lo que me interesaba. No creo que ni ella ni la religión pudieran serme útiles en estos menesteres.

En mis repetitivos sueños, ya lo he dicho, siempre aparecía alguien, ¿yo?, que llevaba un pequeño búho de barro en su mano derecha. La cerraba con fuerza. Acepté que la nebulosa imagen era, soy, yo.

Creo, por eso mismo, que mi destino se fraguó aquella lejana tarde de invierno. En la infancia. A la salida del colegio no fui a casa, como debía haber hecho. Escondida la cartera en una era seguí, corriendo, con un grupo de amigos. Estuvimos correteando por los bancales y los montes. Cansados de correr, nos refugiamos en una cueva de una lejana montaña. Allí encendimos una hoguera, asamos castañas y cebollas cogidas de cualquier bancal y nos las comimos de mil amores. Luego, alguien sacó un paquete de tabaco y fumamos todos. El tabaco me sentó fatal. Me mareé. Se hizo tarde. Hacía frío. Iba a nevar. Apagada la hoguera emprendimos una alocada carrera hacia el pueblo.

Tal vez debido al efecto del tabaco, tropecé, me caí por un ribazo y terminé con las piernas y las manos llenas de sangre y arañazos. No fue eso lo peor. Lo peor fue el enorme roto del pantalón. No quise ni imaginar la reacción de mi madre. Ayudado por un amigo me incorporé y seguimos corriendo. Me acompañó o hasta la era donde había escondido la cartera. Allí nos despedimos. Solo, y con las lágrimas asomando en mis ojos. Fueron inútiles mis esfuerzos por poner el trozo de tela donde debía estar: se caía una y otra vez.

Las pocas y raquíticas luces del pueblo ya estaban encendidas. Por una de las calles me llegó el sonido de las esquilas de corderos y cabras: el regreso de la dula. Los hombres, llegados de los bancales, estarían ordeñando las vacas. Llevaban la leche a la lechería, donde la medían y la pagaban.

No tenía ganas de ir a casa. O mejor, no me atrevía a enfrentarme con mi madre. De vez en cuando contemplaba el roto de mis pantalones. Una y otra vez, desesperado, traté de disimularlo. Era imposible. Actuando mecánicamente, me fui a casa de mi abuelo. Estaba éste en la cuadra terminando de ordeñar a las vacas. Mi padre, apoyado en los cuartos traseros de uno de los pacíficos animales, fumaba tranquilamente. Fue mi noche de suerte. Creyó mi padre que me había mandado mi madre a buscarlo para ir a cenar. Dejé que lo creyera.

Mi abuelo, como otros vecinos del pueblo, no se fiaba de las mediciones de la lechería. Tenía él un medidor de líquidos. Cantó los litros que iba a llevar aquella noche, y lo que valía el litro de leche. Mecánicamente, actuando como una marioneta, abrí mi cartera, saqué una libreta y un lápiz y procurando no equivocarme, bajo la raquítica bombilla de la cuadra, entre gruesas vacas, hice una multiplicación de varias cifras, y con decimales. Me aseguré del resultado en tanto padre e hijo intercambiaban petacas, papel y tabaco. Cuando estuve seguro del todo le dije al abuelo lo que le tenían que pagar por la leche. Fuimos los tres a la lechería. No me había equivocado. Padre e hijo se asombraron, por igual, de que un retaco, esa fue la expresión que utilizaron para referirse a mí, supiera ya tanto. Y eso me salvó frente a mi madre. Aunque el pantalón quedó inservible. Me alegré. Pues hacía mucho frío. Nevó aquella noche. Yo quería llevar pantalones largos. Ya tocaba.

Al día siguiente, con pantalones cortos, porque no los tenía de otro tenor, no corrí ninguna aventura. De la escuela me fui directo a casa. Arrimado a la chimenea, junto a mi madre con sus eternas agujas haciendo calceta, hice mis deberes. Luego me dediqué a dibujar, y a copiar y colorear mapas de la enciclopedia. En esas estaba cuando llegó mi abuelo. El abuelo venía casi todas las tardes a casa. En la faja, siempre negra, solía llevar manzanas, caquis, nueces, fruta del tiempo que cogía para mí. Pero aquella tarde no trajo nada de eso. Me ofreció, por el contrario, una tosca figurita de barro. Era un búho. El primero que tuve. No se me ocurrió preguntarle entonces de dónde le había sacado. Ahora me intriga, y mucho, su origen. Lo guardé en mi habitación. Y le advertí a mi madre que no me lo tirara. Siempre me tiraba mis cosas porque decía que no eran más que trastos. Afortunadamente respetó al búho.

Me ha seguido a todas las casas en las que he vivido.

Se lo mostré con orgullo a ella. Le dije que me había salvado de recibir una buena paliza por unos pantalones rotos. Dedujo, no sé porqué, que me coleccionaba búhos. Y me regaló el segundo de la colección. Fue durante el viaje de bodas. No pudimos ir a donde yo quería y deseaba. Así que terminamos en Venecia. Cuatro inolvidables días. Y una mañana lluviosa, paseando, en tanto yo contemplaba unos grabados colgados en la puerta de una tienda, en el puente del Rialto, ella entró en el establecimiento y salió con un buhito de cristal. Con las patas de color rojo. Cristal de Murano. Era, es, una maravilla. Lo envolví con toda la ropa habida y por haber. Llegó a casa intacto. Y entero e intacto lo puse junto al búho que me regaló el abuelo.

Luego empezó a regalarme más y más. No había cosa que le gustara más que, en cada viaje que hacíamos, entrar en cualquier tienda, comprar un búho y entregármelo con una sonrisa que jamás olvidaré. Yo, por mi cuenta y riesgo, también fui comprando búhos sin parar. A ello se debe añadir los que me han regalado las amistades y familiares que han venido por casa. Se lo ponía fácil: no tenían que quebrarse la cabeza pensando en qué disco o qué libro regalarme. Un búho. Además, los hay muy artísticos y hechos con buenos materiales. Cada vez que me traían alguno, yo, como si de un ritual se tratara, decía las mismas palabras:

-Gracias al primer bicho de estos que tuve, estudié exactas.

Sí. Y lo hice tal vez buscando, en otras personas, el asombro que hallé en mi abuelo y en mi padre aquella lejana noche en una cuadra, en medio de las vacas, y con el pantalón roto.

Al de Murano se añadió el otro, y así se formó la tríada. Tal vez por aquello de que no hay dos sin tres. Y no acabó ahí la sucesión. Fue aumentando.

A veces me resulta difícil distinguir, o son sueños diferentes, si llevo en la mano el búho del abuelo o el de los ojos amarillos. Nunca llevo, o lleva la imagen que se aparece en mis pesadillas, el búho de cristal. El de Murano. No sé qué sentido tiene eso, si es que lo tiene. A veces se me ha ocurrido pensar que ni siquiera es un búho lo que encierra en su mano esa imagen de mis sueños. Y que todo son invenciones mías. Tal vez esté empezando a delirar. O quizás llevo ya mucho tiempo haciéndolo y no me había percatado del asunto. No lo sé. No lo sé.

Un curso la destinaron a una lejana ciudad de la costa. Allí, con las tardes libres, se matriculó en un cursillo de cerámica. Lo primero que hizo fue un búho. Es pequeñito, patizambo, gordo, encantador, y tiene los ojos amarillos. Compró una cajita de madera, alargada, con pequeños estantes y con un cristal como tapa. En ella encerró a todos los búhos. En el centro de una de esas pequeñas estanterías, flanqueado por el del abuelo y el veneciano, está el búho que hizo ella.

Cuando ya no me pudo decir nada, ni recriminarme nada, ni protestar por nada, los saqué. Fue tras la primera pesadilla que tuve. Puse en el centro, en una estantería con libros, el del abuelo. A derecha e izquierda están los otros dos. No por eso he dejado de soñar y de despertarme a altas horas de la noche. Entristecido. Y con las mejillas húmedas de vez en cuando. También de vez en cuando limpio los búhos, y les quito el polvo. Pese a todo sigo teniendo problemas de insomnio.

UNETE



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