Plumas

 

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Thomas Mann, El elegido.

Era un niño de pocos años cuando tuve mi primera pluma estilográfica. La descubrí en un cajón del armario ropero de mis padres. Tenia entonces la insana costumbre, que me costó mucho vencer, de registrar armarios y cajones. Me intrigaba lo que pudiera haber en ellos. Más me intrigaban los cuartos trasteros y las buhardillas. En mi casa, sin embargo, no teníamos ni una cosa ni la otra. Y armarios sólo había uno. La ropa que colgaba de él no me interesaba. Incluso me daba un poco de reparo. La relacionaba con cuerpos inertes, con la muerte.

El armario, de tres puertas, tenía, en la parte de abajo, unos cajones amplios y muy capaces.

Me llamó la atención, al abrir uno de ellos, una pequeña caja, alargada, de color negro. Me costó abrirla, pues no sabía por dónde hacerlo. Lo conseguí al final. Y sí, allí estaba la pluma estilográfica. La primera que tuve. La guardé entonces.

Mis padres estaban trabajando. No recuerdo porqué no fui a la escuela aquel día. Me quedé en casa toda la mañana. No sé lo que hice. Sé que, en un momento determinado, me puse a abrir puertas y a recorrer todas las habitaciones de la casa. Descubrí algunas cosas interesantes: una máquina de hacer fideos, cazuelas y pucheros, y un fusil, un máuser, que pesaba muchísimo, junto con una caja entera de cartuchos. Parecían supositorios. Aquello no me interesaba. Era, además, un infante de pocos años. No imaginé lo que suponía tener tal arma en casa. No estuvo allí mucho tiempo, sin embargo. Volví al cabo de un par de meses en busca de uno de aquellos supositorios metálicos, y ya no estaban. Tampoco estaba el arma.

Sí que estaba la pluma. Siempre, clandestinamente, la volví a ver un par de veces. Un día ya no pude resistirme más, y le pedí a mi padre que me regalara la dichosa pluma. Supuse que sería de él, aunque la verdad a mi padre le venía justo para poder firmar. Seguramente sería algún inútil regalo de boda. Mi padre puso cara de circunstancias ante mi petición. No se le ocurrió preguntarme, menos mal, cómo me había enterado de la existencia de la pluma. No dijo nada. Guardó silencio. Yo insistí. Y él permaneció mudo. Opté también por el silencio. No volví a mencionarla. Al cabo de varios días, sin decir nada, me la dio una mañana, poco antes de irme a escuela. Creo recordar que se desprendió de ella con cierto dolor. No lo recuerdo muy bien.

-Cuídala -me dijo.

Tuve un ataque de sensatez y no me la llevé a la escuela. La dejé, encerrada en su negra caja, sobre la breve mesa de mi habitación.

Aquella mañana fue un sin vivir: no veía la hora de salir del colegio y de regresar a casa. Sin prestar mucha atención a las explicaciones de don Dionisio, estuve recordando las manías de mi madre de coger mis cosas y tirar o esconder todo aquello que ella juzgaba que no era conveniente para mí. Seguro que la pluma iba a caer en ese círculo suyo tan estrecho de miras. Mientras, don Dionisio, si no recuerdo mal, en su tarima, de pie, estaba enseñándonos a orientarnos extendiendo los brazos y poniéndonos así o asá. No conseguí retener si el sol tenía que estar a la derecha, a la izquierda, de frente, o de espaldas. Yo siempre me orientaba por el campanario del pueblo. Algunas veces, en edad tan temprana, emprendía caminatas por el monte. Nunca me perdí. Siempre, por aquí o por allá, tras una loma, unos pinos, o unas paredes semiderruidas, aparecía el esbelto campanario del pueblo.

No me entretuve en jugar con nadie. Metí la enciclopedia, la libreta y el plumier de madera en mi cartera, y salí disparado hacia casa. Bajé las escaleras corriendo, y corriendo llegué no a casa sino a mi habitación. La cama estaba deshecha. Era buena señal. Probaba que mi madre no había entrado allí. Así fue: la caja con la pluma estaba en la mesa, tal como yo la había dejado.

En aquella época en la escuela escribíamos con lápiz. Todavía no se había inventado el bolígrafo. Más hacia delante utilizaríamos plumas, palilleros y tinteros. Y ese fue mi siguiente problema: tenía la pluma, pero no tenía tinta. Lo comprobé. Actué por intuición. Desenrosqué la parte superior de la pluma. Apareció el cargador, metálico, con una ventanita alargada que mostraba la goma donde se guardaba la tinta. La ventanita estaba recorrida por una breve tira de metal flexible. La apreté. No salió nada. Desolado, tras esconder la pluma, fui en busca de mi padre. No sabía en qué bancal estaba trabajando. Teníamos varios. Me encaminé hacia el que me era más familiar. Regresaba a casa para comer. Nos encontramos a mitad de camino.

Iba a pie. Llevaba al macho del ronzal. El serón estaba a rebosar de alfalfa y de diversas frutas. No me esperaba. Se alegró de verme. Sin decirme nada, me cogió por las axilas y me sentó sobre el macho. Era este un animal pacífico y de paso lento y cansino. Mi padre caminaba a mi lado. Desde las alturas, siguiendo el ritmo del macho, le conté mis cuitas. Sin dejar de caminar lió un cigarrillo. No me contestó. Pero al llegar a la plaza del pueblo, nos desviamos. Por la calle que iba a morir al convento de las monjas, fuimos a la única tienda del pueblo. Estaba cerrada. No importó. Mi padre dio un par de voces y las puertas se le abrieron de par en par. Saludó a aquella señora, que nos recibió con el bocado en la boca. No se enfadó por la molestia. Nos dio una pequeña botella con algo negro, era tinta, y dijo que ya le pagaríamos, que tenía hambre, y que no eran horas de molestar. Todo ello sin perder la sonrisa.

Creo que aquellos fueron los momentos más felices de mi infancia. Tal vez sea exagerado decir que también los de mi vida. A punto he estado de escribirlo, sin embargo.

La comida ya estaba sobre la mesa. Platos humeantes. No me urgía. Me fui a mi habitación, y bajo las llamadas y los gritos de mi madre, cargué la pluma, saqué mi libreta, y escribí mi nombre y el nombre de mi pueblo. Un trabajo artístico. Me quedó muy bien. Me encantó. No tuve tiempo, sin embargo, de recrearme en mi obra. Lo dejé todo antes de que mi madre se enfadara porque la comida se estaba enfriando. Me percaté entonces de que la cama estaba hecha. Guardé la pluma debajo de la almohada. Lo pensé mejor. Volví sobre mis pasos y la metí en mi cartera junto a la enciclopedia y el plumier.

Comí rápidamente. Y antes de volver al colegio, me senté ante la mesa, saqué la pluma y comencé a escribir: conté cómo había ido a buscar a mi padre, mi viaje a lomos del macho, la compra del tintero, y todo lo demás. Se hizo la hora de irme. Lamenté no tener un armario como el de mis padres. Escondí la pluma debajo de la almohada de la cama. Y recé para que no la encontrara.

No sé lo que sucedió a continuación. Imagino que la encontró y la escondió en algún lugar inaccesible para mí. Desapareció de mi vista. Inútil fue preguntar por ella. No la pude utilizar, pues, para escribir la despedida de mi pueblo cuando llegó el duro momento de la emigración. El día más triste de mi infancia. Escribí una absurda despedida con plumilla y palillero.

Jamás en el nuevo colegio, ya en la emigración, se me castigó o golpeó por emborronar la libreta con manchas de tinta: tenía ya una larga experiencia en escribir con plumillas que se mojaban en un tintero. Poco después comenzaron a llegarnos los bolígrafos: fue el gran invento del siglo. Han evitado millones y millones de lágrimas y coscorrones. Yo, sin embargo, seguía añorando aquella pluma estilográfica que me regaló mi padre. Recordaba, además, el día que fui a buscarlo al bancal, y el paseo sobre el macho...

Estaba ya estudiando el segundo de bachillerato cuando volvió a aparecer la pluma estilográfica. Efectivamente, mi madre, allá en el pueblo, me la había escondido. La descubrí de nuevo en su armario. La cogí sin decir nada. Y sin decir nada me la apropié llevándola siempre encima. Tuve la desgracia, sin embargo, de dejarla sobre la mesa en el instituto y de irme al servicio. Alguien, mientras tanto, la descargó sin quitarle la capucha, así que cuando lo hice yo, toda la tinta me cayó sobre la ropa. Ya había sido objeto de mofas y burlas porque no sabía hablar la lengua de aquellos indígenas. No obstante, no se rieron en aquella ocasión al verme con la ropa manchada de tinta. Yo tampoco dije nada. Sencillamente me mantuve alejado de todos ellos.

Encerrado en casa, era una delicia escribir con la pluma. Descubrí entonces que se deslizaba muy bien sobre el papel satinado. La emigración no había ido bien. Un día le pedí dinero a mi madre para comprarme una libreta. Esta me dio un enorme calendario, satinado, con las hojas posteriores en blanco. Eran grandísimas. Sobre ellas resolví infinidad de problemas de matemáticas e hice muchos dibujos.

Y a partir de ahí, no recuerdo ya lo que sucedió con aquella pluma. Se perdió, seguramente. Sé, eso sí, que me afición por las plumas estilográficas, pese a los ordenadores, los móviles y demás artilugios, ha ido creciendo sin parar. Nunca me han faltado plumas con las que escribir. Y un día, por mi cumpleaños, ya fallecido mi padre, me compré la pluma que, desde entonces, siempre me ha acompañado. Con ella hice y terminé la carrera, con ella escribí la tesis, con ella he escrito infinidad de tonterías, con ella he aprobado muchos exámenes. Y con ella sigo escribiendo. Llevamos juntos toda una vida.

Durante una larga temporada, sin embargo, fue relegada. Recibí como regalo de bodas, y por parte de la novia, una valiosa pluma estilográfica. Con la carrera y la tesis terminada, poco tenía ya que escribir. No obstante, siempre estaba sobre mi mesa, para que constara mi apreció por tan valioso regalo.

Me costó mucho encontrar trabajo. Mientras, a fin de no aburrirme, comencé a recopilar datos para la tesis de ella. Ni que decir tiene que en bibliotecas, hemerotecas y museos, utilizaba las dos plumas estilográficas. Me llamó la atención que jamás me pusieran obstáculos para entrar con ellas en lugares un tanto restringidos. Allí consultaba documentos delicados, por sus años que no por otra cosa. Los podía haber manchado de tinta, sin querer o queriendo. No soy tan salvaje. Quizás lo leyeron en mi cara.

No le dio tiempo a terminar la tesis. Ni siquiera pudo comenzar a escribirla. Me quedé con la pluma, dejando a parte la descendencia, como el recuerdo suyo tangible más valioso. Luego, eso sí, metido en el mundo de la enseñanza, alguna que otra vez, bien alumnos o bien algunos padres agradecidos, me han regalado alguna que otra pluma estilográfica. Con mi nombre grabado en el capuchón. A los alumnos les llamaba la atención que siempre llevara una pluma estilográfica encima, y que siempre escribiera con ella. Y que siempre fuera la misma. Unos me tildaban de antiguo, y otros, más comprensivos o respetuosos, de romántico impenitente. La pluma que me regaló ella jamás volvió a salir de casa. Y jamás ha estado escondida en un armario: nadie me la va a pedir. Escribe sin faltas de ortografía, y siente rechazo por las nuevas tecnologías plagadas de las mismas. Nadie en mi casa siente atracción por ella salvo yo. Me preguntan, sonriendo, si todavía fabrican tinta… Sí, afortunadamente, sí. Me acuerdo de mi padre cada vez que se me agotan los tinteros y tengo que ir a comprar otros...

A veces me gusta volver al pueblo y recorrer el camino que hice a lomos del macho yendo al lado de mi padre. La tienda donde compramos la tinta ya no existe.

UNETE



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