Relato "Destino para una miss" de Alex Cardoso



https://ellibrodurmiente.org/destino-para-una-miss-alejandro-cardoso-osorio/

 

cree que se mueve en un pequeño universo seguro. ¡Qué error el suyo! La sigo teniendo delante de mis propias narices. Hasta puedo acariciarla si extiendo lo suficiente la mano… Lleva un vestido rosa, ceñido, con mucho escote y montones de flores. Cuando camina, los caracoles dorados de su pelo se columpian de arriba a abajo sin descanso… Anda como un cisne. Ostenta la corona de mis con orgullo. A cada paso saluda a la multitud dejando ver la banda que pregona su condición de reina. Todo en letras inmensas y brillantes… ¡Qué bella luce! Y qué bien posa para los fotógrafos…

No me creeréis, pero ante mis ojos ella no camina… Qué vulgaridad… Ella vuela… ¡Cómo odio recordar que una vez fue el patito feo del colegio…! Fuimos, más bien…, hasta que Helen abrió sus alas y me dejó en tierra...

La multitud aplaude mientras la observo de espaldas, lo hago como el enamorado que se deleita en su amada. Esas caderas y todo lo que tiene ahora por detrás no existía cuando estudiábamos pupitre con pupitre. ¡Lo que puede el dinero! ¡Qué asco!

Yo siempre la amé, aunque algunos por ahí puedan pensar que lo que siento por ella no es amor, sino una enfermiza fijación… Me tortura imaginarla con el desgraciado ese que no la suelta. Muchas noches, cuando me acuesto, cierro los ojos y puedo ver la manera en la que le recorre el cuerpo con sus manos, un cuerpo de piel blanca, impoluta, que el hijoputa esculpe con su sucio dinero encima de la aséptica camilla de un salón de operaciones.

¿Sabéis que siempre llevo en el bolsillo una vieja foto de la escuela en la que se nos ve a los dos? La he plastificado y todo. Nos la tomaron cuando acabamos la primaria. Ahí empezaba yo a sentir algo por ella, aunque no sabía bien de qué se trataba... Pero mirad. Ya empiezan a desfilar con ropa de baño.

Me encanta verla esperar su turno. Los pies tan juntos, las piernas perfectas…, los muslos,  lisos y firmes… el abdomen plano… Vuelve del recorrido la que precede a Helen. Le da el relevo a mi chica con una sonrisa que ella corresponde mientras anda bajo un vendaval de aplausos. La llamo. Me desgañito repitiendo su nombre. Espero que de pronto me escuche y se sorprenda al verme…, pero ni se vuelve la muy sinvergüenza. Sonríe a derecha e izquierda con esos dientes perfectos y relucientes que nunca tuvo.  Los dos llevábamos aparatos… ¡Me dan ganas de sacar la pist…!  Un momento ¡Me está mirando! ¡Sus ojos por fin se han detenido un instante en los míos…! Vuelvo a llamarla con insistencia… ¡Helen…! Heleeeen…!  Se va.

Siento ira y vergüenza. ¿Cómo es posible que no me recuerde? ¡A mí! A quien le dio el primer beso y algo más… Ya... Entiendo. Cuando todo esto acabe irá a acostarse con ese cabrón… ¡Odio a Helen! ¡No soporto el éxito que le llega a costa de su cuerpo y de su cara!

Se acabó la pantomima de los pases y las sonrisas y los saluditos con la mano. Ahora vendrán a despedirse todas juntas… Se preparan… Yo también me preparo. Hacen una formación perfecta... Y la casualidad ha querido que Helen quede justo frente a mí. ¿Estáis listos?

De un salto me pongo sobre la pasarela. Disfruto de la repentina niebla de estupor que recorre a las mises y a toda esta gente de etiqueta que no sabe cómo actuar ante un engendro como yo, un indeseable que se les mete como un virus y pone patas arriba su mundo de tranquilidad y confort. Los cretinos de seguridad tardan en reaccionar y yo aprovecho y me abalanzo sobre Helen. La aferro por el cuello y caigo con ella al suelo mientras le grito cuantas obscenidades he aprendido en las alcantarillas de esta ciudad. Con una mano, sujeto la culata de mi pistola para ponerla en la cabeza de Helen, que me mira excretando el terror más puro que jamás he visto en los ojos de nadie.

Me deslumbran los flashes de las cámaras y los teléfonos. El griterío campa a sus anchas y de pronto Helen logra zafarse de mi agarre y se levanta con ayuda de las otras chicas. El ruido de los tacones de las mises que corren se suceden en mis oídos. Me distraigo. Algo está pasando.

Aparto los prismáticos. Retiro la mano de la culata de mi pistola que aún yace pegada a mi piel bajo la camisa. La linterna del policía me ciega mientras con la porra golpetea con suavidad en el cristal de la ventanilla. Me recompongo. «¿Se encuentra usted bien?». Es un oficial negro. Detrás de él, una chica muy parecida a Helen también me alumbra con su linterna mientras posa su mano sobre el arma reglamentaria. «Sí, agente. Estoy bien. He venido hasta aquí solo para disfrutar un poco de la soledad…». Están algo extrañados de hallar un coche en este promontorio lleno de matorral y apartado de la carretera. Les llaman por la emisora del coche.

El hombre le hace un gesto a la chica y se van. Suelto aire con fuerza. Ya solo, enfoco de nuevo los prismáticos hacia el lugar donde desfilaban las muchachas, pero veo que no queda nadie salvo los que recogen las sillas y el aparataje técnico.

Soy un tipo paciente. La próxima vez conseguiré una mejor excusa para colarme en el desfile… Tal vez como fotógrafo… Y para entonces, Helen se acordará por fin de quien soy.

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cree que se mueve en un pequeño universo seguro. ¡Qué error el suyo! La sigo teniendo delante de mis propias narices. Hasta puedo acariciarla si extiendo lo suficiente la mano… Lleva un vestido rosa, ceñido, con mucho escote y montones de flores. Cuando camina, los caracoles dorados de su pelo se columpian de arriba a abajo sin descanso… Anda como un cisne. Ostenta la corona de mis con orgullo. A cada paso saluda a la multitud dejando ver la banda que pregona su condición de reina. Todo en letras inmensas y brillantes… ¡Qué bella luce! Y qué bien posa para los fotógrafos…

No me creeréis, pero ante mis ojos ella no camina… Qué vulgaridad… Ella vuela… ¡Cómo odio recordar que una vez fue el patito feo del colegio…! Fuimos, más bien…, hasta que Helen abrió sus alas y me dejó en tierra...

La multitud aplaude mientras la observo de espaldas, lo hago como el enamorado que se deleita en su amada. Esas caderas y todo lo que tiene ahora por detrás no existía cuando estudiábamos pupitre con pupitre. ¡Lo que puede el dinero! ¡Qué asco!

Yo siempre la amé, aunque algunos por ahí puedan pensar que lo que siento por ella no es amor, sino una enfermiza fijación… Me tortura imaginarla con el desgraciado ese que no la suelta. Muchas noches, cuando me acuesto, cierro los ojos y puedo ver la manera en la que le recorre el cuerpo con sus manos, un cuerpo de piel blanca, impoluta, que el hijoputa esculpe con su sucio dinero encima de la aséptica camilla de un salón de operaciones.

¿Sabéis que siempre llevo en el bolsillo una vieja foto de la escuela en la que se nos ve a los dos? La he plastificado y todo. Nos la tomaron cuando acabamos la primaria. Ahí empezaba yo a sentir algo por ella, aunque no sabía bien de qué se trataba... Pero mirad. Ya empiezan a desfilar con ropa de baño.

Me encanta verla esperar su turno. Los pies tan juntos, las piernas perfectas…, los muslos,  lisos y firmes… el abdomen plano… Vuelve del recorrido la que precede a Helen. Le da el relevo a mi chica con una sonrisa que ella corresponde mientras anda bajo un vendaval de aplausos. La llamo. Me desgañito repitiendo su nombre. Espero que de pronto me escuche y se sorprenda al verme…, pero ni se vuelve la muy sinvergüenza. Sonríe a derecha e izquierda con esos dientes perfectos y relucientes que nunca tuvo.  Los dos llevábamos aparatos… ¡Me dan ganas de sacar la pist…!  Un momento ¡Me está mirando! ¡Sus ojos por fin se han detenido un instante en los míos…! Vuelvo a llamarla con insistencia… ¡Helen…! Heleeeen…!  Se va.

Siento ira y vergüenza. ¿Cómo es posible que no me recuerde? ¡A mí! A quien le dio el primer beso y algo más… Ya... Entiendo. Cuando todo esto acabe irá a acostarse con ese cabrón… ¡Odio a Helen! ¡No soporto el éxito que le llega a costa de su cuerpo y de su cara!

Se acabó la pantomima de los pases y las sonrisas y los saluditos con la mano. Ahora vendrán a despedirse todas juntas… Se preparan… Yo también me preparo. Hacen una formación perfecta... Y la casualidad ha querido que Helen quede justo frente a mí. ¿Estáis listos?

De un salto me pongo sobre la pasarela. Disfruto de la repentina niebla de estupor que recorre a las mises y a toda esta gente de etiqueta que no sabe cómo actuar ante un engendro como yo, un indeseable que se les mete como un virus y pone patas arriba su mundo de tranquilidad y confort. Los cretinos de seguridad tardan en reaccionar y yo aprovecho y me abalanzo sobre Helen. La aferro por el cuello y caigo con ella al suelo mientras le grito cuantas obscenidades he aprendido en las alcantarillas de esta ciudad. Con una mano, sujeto la culata de mi pistola para ponerla en la cabeza de Helen, que me mira excretando el terror más puro que jamás he visto en los ojos de nadie.

Me deslumbran los flashes de las cámaras y los teléfonos. El griterío campa a sus anchas y de pronto Helen logra zafarse de mi agarre y se levanta con ayuda de las otras chicas. El ruido de los tacones de las mises que corren se suceden en mis oídos. Me distraigo. Algo está pasando.

Aparto los prismáticos. Retiro la mano de la culata de mi pistola que aún yace pegada a mi piel bajo la camisa. La linterna del policía me ciega mientras con la porra golpetea con suavidad en el cristal de la ventanilla. Me recompongo. «¿Se encuentra usted bien?». Es un oficial negro. Detrás de él, una chica muy parecida a Helen también me alumbra con su linterna mientras posa su mano sobre el arma reglamentaria. «Sí, agente. Estoy bien. He venido hasta aquí solo para disfrutar un poco de la soledad…». Están algo extrañados de hallar un coche en este promontorio lleno de matorral y apartado de la carretera. Les llaman por la emisora del coche.

El hombre le hace un gesto a la chica y se van. Suelto aire con fuerza. Ya solo, enfoco de nuevo los prismáticos hacia el lugar donde desfilaban las muchachas, pero veo que no queda nadie salvo los que recogen las sillas y el aparataje técnico.

Soy un tipo paciente. La próxima vez conseguiré una mejor excusa para colarme en el desfile… Tal vez como fotógrafo… Y para entonces, Helen se acordará por fin de quien soy.

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