Perros

PERROS

 

.

Homero, Odisea.

No me dan miedo los perros; pero me molestan sus ladridos. Algunos, guardianes de casas, ladran furiosamente, como si le fuera la vida en ello. Los ladridos de unos contagian a los otros. La larga calle de la urbanización, de esta forma, se convirtió en un hervidero de ladridos de todo tipo y género. Seguí avanzando por el centro de la misma. Nadie circulaba por allí a aquellas horas de la madrugada. Me mantuve a una prudente distancia de las residencias que se levantaban a mi izquierda y a mi derecha. Sabía que era una precaución inútil. Si algún perro saltaba la valla de la casa que custodiaba, nada tenía que hacer: podría liquidarme en un santiamén con sus furiosas dentelladas. No llevaba nada para protegerme.

Me pareció llamativo, y curioso, que ninguna voz humana intentara silenciar los ladridos de los animales. Eso me hizo sospechar que los habitantes de las casas no estaban en las mismas. Algunas tenían garaje. Era posible, pues, que el coche estuviera dentro. Otras, sin garaje, parecían deshabitadas. Era imposible vivir en aquella urbanización sin contar con ese medio de transporte. La parada del metro, y del autobús, estaba bien lejos, como había podido experimentar por mí mismo. Teniendo en cuenta el alto nivel de vida de quienes habitaban allí, pensé que, dadas las fechas, se habrían ido a otras residencias, o al monte o a la playa. Quizás por eso los canes ladraban tan furiosamente. Las calles estaban desiertas. En ellas no había ni un coche aparcado.

Presté atención a los ladridos por si descubría entre los gruñidos la voz de un amigo o amiga, como le sucediera a Pitágoras. No se dio el caso.

Me causaron un cierto temor los perros cuando me aficioné al ciclismo. No es que fuera una estrella del mismo, ni mucho menos. Pero varias veces se me cruzó algún que otro perro abandonado, famélico y hambriento, y a punto estuve de dar con mis huesos en tierra. Según me dijeron, el asfalto, para quien cae sobre él, aun sin ir a una gran velocidad, se comporta con la piel como un papel de lija: es capaz de rebajar la carne hasta mostrar el hueso del ciclista. Pantalones y camisetas, sobra decirlo, quedan hechos jirones. Un amasijo de tierra, piel arrancada y sangre. No quise ni pensar en lo que me podría suceder cuando bajaba, corriendo, por la pendiente de alguna pequeña montaña.

Comentando esto en una tienda de ciclismo -necesitaba una camiseta- me recomendaron un pequeño aparato, una novedad. Este, al pulsarlo, emitía un sonido de baja frecuencia, escapaba al oído humano, que molesta muchísimo a los perros. Compré uno con sus correspondiente juego de pilas. Y jamás salía sin él. Pero basta con ir armado para que no aparezca el enemigo. Y yo, la verdad, tenía muchas ganas de probarlo.

Un domingo, hacía ya mucho tiempo de ello, crucé, pedaleando a buen ritmo, por una urbanización parecida a la que estaba cruzando ahora. Todas las urbanizaciones se parecen. Todas son igual de pretenciosas y horribles. La calle era larga y espaciosa. Pero entonces, a derecha e izquierda, había infinidad de coches aparcados. Por el centro de la calle, caminando hacia mí, venían un perro, sin correa, con su dueño. El perro, sin que se alterara su jefe, inició una fiera carrera con la vista clavada en mi persona. No me inmuté. Rápidamente, y sin dejar de pedalear, metí la mano en el bolsillo y apreté el botón del aparato. El can se detuvo en seco. Volví a darle a la tecla; y aullando de pena y tal vez de dolor, dio media vuelta y se dirigió hacia su dueño, al que rebasó sin dejar de correr. A mí me entró la risa tonta. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no estallar en carcajadas. El hombre comenzó a correr detrás de su perro. Yo iba detrás de él. Y varias veces le di de nuevo al botón del aparato. El perro, desorientado, se detuvo varias veces. No sabía qué hacer. Al final, el hombre se hizo con el animal. Lo detuvo y le colocó una correa que llevaba para tal fin. Se arrimaron los dos para dejarme pasar.

-Buenos días -saludé-. Buen ejercicio esto de tener un perro.

No me contestó. Incluso me pareció que el señor, tirando de la correa para que no se desmandara el animal, mentó a mi madre, o a la del can. No lo sé. Y tampoco quise meterme en dibujos para averiguarlo. Seguí pedaleando contento con el aparato que había comprado en la tienda de bicicletas. Funcionaba.

Aquella mañana, muchos años después, olvidada ya la bicicleta, me arrepentí de haberme deshecho también del eficaz aparato. Me planteé comprarme otro por si acaso.

Seguí caminando por la calle de los ladridos. Todavía estaban las farolas encendidas. Nunca he vivido en una urbanización. No me gustan. Tampoco me gusta conducir. Prefiero el tren, el metro o el autobús. Algunas personas, por eso mismo, sienten una cierta conmiseración hacia mí. Y sí, reconozco que el coche te permite ir a muchos sitios sin mucha pérdida de tiempo; pero en esta vida es fundamental aquello que nosotros juzgamos como tal. Y haber estado aquí o allá, conocer o desconocer lugares y mares, en nada ha cambiado el carácter de la humanidad. Ni el de los viajeros. Prefiero ir a pie.

Me pregunté si los perros hubieran ladrado con tanta furia de haber pasado por aquella calle con un coche. También imaginé que debería ser un incordio tanto ladrido para quien se hubiera quedado en casa. ¿Había alguien en alguna de las residencias? No oí ni una voz humana chistando a los perros. No se encendió ni una luz. Eran muy molestos sus ladridos. Si había alguien, los perros los tuvieron que despertar. Pensé entonces, recordando a un viejo conocido, que nada mejor que darle a cada cual su propia medicina. Volví sobre mis pasos, pues; y volvió el concierto de furiosos ladridos. Y luego volví a pasar de nuevo. Los canes no se daban por enterados de que no era un enemigo. Seguían el precepto de “perro avisado, perro salvado”. Aquel día les darían doble ración de comida: se la habían ganado.

No obstante, los posibles ladrones lo tenían muy fácil: al no estar los dueños, el chiste estaba en dormir a tan furiosos guardianes. No era mi caso.

No tardé en llegar al final de la calle, donde ya no había casas. Iba a dar precisamente al inicio del camino que buscaba. Éste corre paralelo al río. Como desconfío, y mucho, de mi sentido de la orientación, llevaba un pequeño espray de brillante pintura. Marqué con ella un pino y una roca. Tuve cuidado de hacerlo en la cara que debía ver al regresar. No guardé el bote de pintura por si me salían encrucijadas y cruces de caminos. Me salieron. Y los fui marcando delicadamente y con esmero. Recordé las advertencias de aquel viejo conocido: varias veces se empeñó en enseñarme a orientarme con una brújula o a leer un mapa. Las clases fueron pocas. Mi menguada inteligencia para esos menesteres no captó nada. Me recomendó el espray. Eso sí: me encantó la brújula. Tanto que siempre llevaba una en la mochila. De vez en cuando me gustaba mirarla. E imaginaba a los primeros navegantes en medio del océano y los admiraba doblemente.

Aquel viejo conocido imitaba el sonido de algunos animales. Lo hacía maravillosamente bien. Una noche se empeñó en que saliéramos los dos, brújula en mano, para darme una clase práctica. No recuerdo dónde nos metimos. Había, desde luego, varias casas aisladas. Era de noche. Y los perros, cómo no, iniciaron su frenético concierto. Se callaron en cuanto nos alejamos de ellos. Pero este chico, volviendo sobre sus pasos, imitó el aullido de un lobo. Tengo que decir que lo hizo de mil maravillas. No había más que pedir. Los perros, de finos oídos, enseguida alertaron a sus dueños. El escándalo fue monumental. Pues hasta hubo algún hombre, vi siluetas destacadas contra la luna, portando alguna que otra escopeta. Me asusté. Mi acompañante no cesaba de reírse.

Comenzaba a amanecer. Nadie iba por aquel solitario camino salvo yo. A mi derecha podía oír el agua del río deslizándose suavemente. Era una delicia. Respiré a pleno pulmón. Grandes masas de cañas verdes crecían a derecha e izquierda del camino. Se inclinaban unas hacia otras tras alcanzar una buena altura. Formaban una cúpula de verdor. Y creaban un espacio, muy largo, de verdadera frescura. Cuando salí de allí comenzó a molestarme la ropa. Pensé en detenerme en algún lugar apropiado, despojarme de la gruesa chaqueta y beber agua. Recomendaciones de la época de ciclista: ojo con deshidratarse.

Estaba a pocos metros de un cruce de caminos. En uno de ellos había un poste de madera con indicaciones. Era el lugar apropiado para apoyar la mochila y hacer otra señal con el espray. Pero me detuve en seco. En la confluencia de las tres sendas vi una silueta no pequeña. Me asusté. Era un gran perro. Estaba parado. Bien aposentado sobre sus cuatro patas. Separadas. En lo alto de un pequeño muro. No se movió al verme. No creí que fuera a atacarme. Me acerqué a él caminando lentamente. El perro no se movió.

Como una rapidísima ráfaga pasó por mi memoria las palabras de un viejo profesor de segundo o tercero de bachiller, cuando tenía doce o trece años. Vino a decir que los españoles no éramos unos animales, como decían los ingleses: si los niños les tirábamos piedras a los perros era porque estos podían atacarnos. Tenían la rabia. Podían mordernos y poner nuestra vida en peligro. Había que alejarla. Nunca había oído tal cosa, y nunca la volví a oír.

A la luz del amanecer pude ver que el perro no babeaba. Bajó del muro. Me acerqué a él más y más. Hasta que en un momento determinado le acaricié la cabeza con la mano izquierda. En la otra llevaba el espray. El bicho apoyó su cabeza contra mi pierna. Y me miró. Era una mirada lastimera. Tenía los ojos brillantes. Lo acaricié con más decisión. Y no sé porqué supuse que tenía hambre. Entonces sí, entonces dejé la mochila en el suelo, me quité la chaqueta y saqué uno de los bocadillos que llevaba. Se lo dí. Fue visto y no visto. Imaginé que habían abandonado al pobre animal. O tal vez había saltado la valla de la casa donde lo dejaron sin agua ni comida. Lamenté no llevar más pan. Saqué la linterna del bolsillo de la mochila. Busqué en su collar alguna indicación: nombre o dirección o algún teléfono. No había nada.

-Bueno -le dije como si pudiera comprenderme- no sé dónde finaliza este camino. Pero podemos regresar y buscar un bar o una panadería en la urbanización. Así por lo menos comerás algo.

Si hacíamos eso no tenía sentido que me guardara el otro bocadillo. Lo desenvolví y se lo dí. Se lo comió de mil amores. Me quedaba la fruta y un pequeño paquete de frutos secos. Volviendo sobre mis pasos lo llevé a una pequeña depresión. Inclinándose un poco pudo beber.

Dimos unos pasos más por el camino por el que había venido. Pero apenas sació su sed se negó a seguirme. Comenzó a caminar en sentido contrario. Fui yo entonces quien lo siguió a él. Llegamos a la bifurcación de caminos, junto al poste. Cogió el de la izquierda. Lo seguí. De vez en cuando se giraba para asegurarse de que iba detrás de él. El camino ascendía más y más. Luego torcía a la derecha y volvía a unirse con otro. Paralelo al río. Sin dejar de mirarlo marqué un par de piedras con el espray. Entonces vino hacia mí, apoyó su cabeza contra mi pierna. Se restregó contra ella un par de veces, aulló como si quisiera hablar, y emprendió una alocada carrera monte arriba. Imposible seguirlo. Continué caminado, teniendo el río a mi derecha, esperando que volviera a aparecer por algún lugar. Pero nunca jamás lo volví a ver.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales