Estado de desastre

. Completando la desinformación reinante están las estadísticas, un instrumental para manejar a la carta, que alientan y desalientan al sufrido espectador, atenazado por el miedo y los mandatos de la autoridad. En fin, el panorama se muestra tan oscuro que la existencia se ha reducido a vegetar sin ilusiones, capeando el temporal como se puede, mientras los que manejan el asunto a nivel global hacen su agosto y la burocracia continúa a lo suyo.

Es evidente que el momento actual ha desbordado a todo el mundo, y en el caso de aquí el país camina a la deriva, mientras sueña con la protección comunitaria y el amparo americano. Una, porque predomina la creencia de que sus fondos llegarán para cubrir el despilfarro y, el otro, que protegerá de esos enemigos invisibles. Se han olvidado de que el cuento de la solidaridad y la cooperación es una ilusión temporal y nunca una solución definitiva. El hecho es que la economía ha quedado en estado de liquidación, a cambio de ningún resultado positivo, porque la pandemia sigue tan presente, con sus olas y datos, como el primer día.

A la vista, el Estado del Bienestar se mantiene a flote por la actuación de la burocracia administrativa, mientras la burocracia política se pone las medallas —cuando cree que ha lugar—, y se limita exclusivamente a dirigir la orquesta administrativa para atender a los fines electorales del partido que representa. Aunque la primera siempre ha acusado ese funcionamiento lento y rutinario que la caracteriza desde sus orígenes, con el tiempo acaba por resolver casi todo —solo se trata de esperar con paciencia—, y los ciudadanos lo saben. Aceptan el hecho de que las cosas no se atiendan a su debido tiempo, confiando en que tal vez algún día se resuelvan. Para darles ánimos, hay que señalar que no siempre funciona tal mal, porque cuando corre cierta brisa de modernidad, empujada por los avances tecnológicos y los intereses empresariales o la propaganda luce en todo su esplendor afectada por la proximidad electoral, la cosa cambia ligeramente para mejor. El problema viene si sopla el temporal de cara y azota de improviso, entonces la lentitud, la rutina y el protocolo se desbordan hasta el punto de que la maquinaria se para. Es entonces cuando la burocracia acusa el estado de desastre, porque nada funciona como debiera.

No obstante, aun en esa situación, el desastre no suele ser total, porque es imprescindible que la maquinaria no se detenga permanentemente, ya que sería el final del relato, y como el personal afecto a la burocracia sigue cobrando, al menos resulta obligado dar algunos empujones para que, al menos, luego las cosas marchen por inercia. Sin embargo en momentos de desastre hay que distinguir el papel de los políticos del de los burócratas puros. Los primeros no empujan, porque no disponen de capacidad ni de conocimientos para ello, claro está que siempre dan buenos consejos —como eco de las palabras de sus asesores—y hasta hacen previsiones —porque para eso disponen del control mediático—. Son los otros los que solucionan la papeleta a base de remiendos legales cara a la ciudadanía, quien sumisamente se resigna a aceptar lo que hay, que es mucho menos de lo que se dice.

La burocracia política, puesta al servicio de los intereses de su partido, aunque en plan de propaganda invoque el tópico del interés general, siempre está en una situación delicada. Por un flanco ataca la elite del poder del dinero diciendo lo que hay que hacer para garantizar sus intereses globales –que resultan ser de interés general-; mientras que, por el otro, las masas reclaman atención, porque para eso siguen votando la partitocracia como forma de gobierno. Al final la política queda en saber bailar entre dos aguas conservando la imagen. Se diga lo que se diga y se critique lo que se critique, con la exclusiva pretensión de criticar, esta es actitud coherente y hasta políticamente correcta. Lo que está claro es que el pueblo no les paga para que resuelvan situaciones de catástrofe, como lo de una pandemia. Sucede que la burocracia administrativa se encuentra en análoga situación, realmente no se le incluye en nómina para que se aborden imprevistos ni situaciones catastróficas. puesto que es una maquinaria al servicio de la normalidad ciudadana, que simplemente se acoge a la rutina del papeleo. Dicho esto, al igual que no se podría pedir peras al olmo, no es de justicia exigir a la burocracia, cuando surgen situaciones más allá de la normalidad, hacer más de lo que hace, porque no está ahí para resolver los problemas derivados de un estado de desastre.

Del otro lado de los que gestionan el estado de desastre, la ciudadanía disciplinada contempla la situación con dosis de prudencia, dormida en los laureles y confiando en los que mandan, porque, con los ojos vendados, les han elegido para gobernar y hay que atenerse a las consecuencias. Quitando el miedo a verse afectada por el virus, una gran mayoría lo lleva bien —el resto no—, pese a que casi nada funcione, cuenta con la garantía de que, al menos, en el aspecto sancionador las cosas marchan a buen ritmo, lo que quiere decir que el aparato sigue funcionando, y eso es un alivio. Amen de las vacunas, que sanitariamente lo van a resolver todo —al menos para la cuenta de resultados de los proveedores—, económicamente la cosa camina a trompicones. Para eso están los ertes, que dan para el gasto que exige la sociedad de consumo, el teletrabajo, para conciliar y vivir mejor, la paga estatal, que afecta a una gran mayoría mensualmente retribuida, y la economía sumergida, que sigue funcionando a pleno rendimiento. En el plano intelectual, la doctrina oficial, servida por los medios, permite tranquilizar los ánimos, porque hoy sí y mañana no, las cosas del desastre se van a arreglar, si la gente es buena y obedece a los que mandan, aunque no den ni una en el clavo. En cuanto al ocio, todo arreglado, los menos pudientes tienen una televisión para dormir plácidamente, sino les despiertan los ruidos de la rutinaria violencia fílmica habitual de bajo coste, mientras los pudientes disfrutan del espectáculo del internet de lujo. Luego, ya para un servicio a la carta, está la atención a domicilio —de factura americana, como casi todo en lo que está en juego el dinero—, dispuesta a solventar cualquier capricho, previo pago. Sin embargo, todo esto no parece suficiente, porque falta lo fundamental, ese momento de poder viajar a cualquier parte para cumplir con el turismo.

En tal estado de desastre real y bien-vivir virtual, en la medida de las posibilidades de cada uno, hay que hacer referencia a los patrocinadores de la fiesta. Para conocerlos, habría que levantar la vista bastante arriba, hasta llegar a enfocar a los que dirigen los intereses globales, ese cerrado mundillo del dinero. Ellos siguen a lo suyo, inmunes a los problemas que afectan a los de a pie, centrados en conseguir que el mercado continúe funcionando contra viento y marea, teniendo presente que cualquier desastre es una buena ocasión para hacer negocio.

Antonio Lorca Siero






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