Justicieros

JUSTICIEROS

 

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Eurípides, Fenicias1

Para nuestra desgracia, y no porque me importe estar encerrado en casa, que no me importa, la pandemia no remitía. A veces, cierto es, me apetecía salir a dar una vuelta por el centro. Reprimía mis pobres deseos, pues no me gusta nada estar toda la mañana, o toda la tarde, con la mascarilla puesta. El virus se resiste. Tal vez por políticas equivocadas o perversas. Algunos políticos, muchos, no sirven ni para dirigir una granja de pollos. Ni para cuidar la flor de una maceta. Menos para una crisis sanitaria.

-A mí el otro día un estúpido -me dijo Enrique en cuanto nos vimos en la cafetería- me llamó la atención porque no llevaba la mascarilla puesta. Me la había quitado para descansar, para poder respirar sin impedimentos. Fui amonestado rápidamente.

-Este es un país de mediocres -le dije- y de justicieros. Y sospecho, y no niego nada, que hay mucho interés económico por el medio.

-Explíquese, por favor.

-Seguro que ese necio que le llamó la atención a usted por no llevar la mascarilla, nunca se la ha llamado a quien va fumando por la calle. Seguro. Y ha matado más gente el humo ajeno que ir por ahí con la cara descubierta.

-No lo sé. Habría que ver las estadísticas. Pero, sí, en cierta forma no le falta razón. Fumar está socialmente bien visto, o, como mínimo, aceptado. Y las mascarillas…

-Y ambas cosas suponen una buena fuente de ingresos. Por lo tanto, hay que fumar y llevar mascarillas.

-Yo sé que la tengo que llevar -dijo el compungido Enrique- y la llevo; pero hombre, por el amor de Dios.

-El otro día estuve viendo una película que le recomiendo… Sí, perdóneme, pero estaba un poco cansado de oír música. Me está convirtiendo usted en un aprendiz de melómano.

-Eso está muy bien. La música es una maravilla. Es el gran consuelo para estos tiempos. Y para todos, en realidad. Menos mal que existe...

-Dejando la película de lado, también le quería preguntar, porque me llamó la atención el otro día, que también el señor que toca los tambores tiene su correspondiente partitura. ¿Los tambores tienen diversas notas? ¿Con un tambor se puede tocar la escala?

-¡Qué preguntas me hace usted! No lo sé. Me imagino que sí.

-Ya sé que son preguntas necias y absurdas. No doy para más en cuestiones musicales. Le pregunto por lo que, dentro de mis limitaciones, me llama la atención.

-No. No tiene porqué disculparse. No le sé contestar a eso. Y comprendo que le llame la atención. A mí también me sucede de vez en cuando. El otro viendo un concierto, la cámara enfocó al público. Me retrotrajo a mi juventud. Una joven madre estaba con su hija oyendo dicho concierto. La niña no hacía más que bostezar y moverse inquieta, nerviosa y aburrida. Me acordé de cuando, a mis hijos, jugando con ellos, o llevándolos en el coche, les ponía música clásica… Si viera usted la música que oyen ahora, saldría horrorizado.

-Yo, sin embargo, lamento que nadie me educara mi posible sentido musical.

-A veces las cosas no salen como deseamos; pero creo que siempre hay que insistir en la educación.

-Yo también lo creo. Lo que sucede es que alcanzar una buena educación cuesta sangre, sudor y lágrimas. Y no todo el mundo está dispuesto a subir a la cima de la montaña. Ahora bien, nuestra labor como padres y maestros ha sido señalar el camino. Nada más.

-Y nada menos. También le he de confesar que no sé hasta qué punto he fracasado con mis hijos. Está claro que a ellos les gusta una música distinta de la que me gusta a mí. Pero no deja de ser música. Y quizás algún día…

-Nunca se sabe. Además, no tiene porqué sentirse un fracasado. Sócrates fue condenado a muerte por un discípulo suyo, como Séneca. Muy a menudo las cosas se tuercen. Eso lo intuyen, no lo saben porque no saben nada, los políticos. Actúan mal y crean una sociedad peor. Fabricar el mal es muy fácil… ¿Cree usted que quien le llamó la atención por la mascarilla estaba preocupado porque usted no se contagiara?

-No, por supuesto que no. Le interesaba, en ese momento, erigirse en ciudadano modelo porque seguía la estúpida moda de ponerse la mascarilla aun yendo por una calle vacía, sin más peatones que él y yo. Afortunadamente se separó de mi, como si yo fuera un apestado, yéndose a la otra acera.

-Mejor que mejor. Se evitó usted un desagradable contacto humano.

-Desde luego. Eso me hizo reflexionar, una vez más, en lo fácil que es llevar a la gente por el camino trillado, por aquello que apenas exige un pequeño sacrificio, cuando lo exige. Las normas de respeto y educación ni se tienen en cuenta, ni se respetan… El otro día fui con unos amigos a tomar unas cervezas. En el bar, la gente, sin mascarillas, fumaba y hablaba, como es normal aquí, a gritos, riéndose con unas carcajadas hueras, falsas; pero eso sí, se podían oír a cuatro kilómetros a la redonda. Por supuesto, nadie tenía en cuenta que allí había más gente, y que podían molestar.

-Típico. A grito pelado para demostrar que se es feliz y sin tener en cuenta al vecindario más que para esto.

-Por eso he insistido yo tanto en la música. Sirve, entre otras cosas, para apreciar el silencio, una tenue nota, un leve roce de las cuerdas…

-Y para darse cuenta del mundo en el que vive uno. No lo digo solamente por la enorme cantidad de músicos que hay por ahí fuera, y las dificultades que ponen aquí los padres para que los hijos se puedan dedicar a ella. Lo digo, y me va a perdonar que, una vez más, me fije en las cosas que me fijo, por las sillas de algunos conciertos. Las que utilizan los músicos. Sí, parece una tontería, pero creo que es bien significativo. Algunos conciertos que me ha pasado usted, y otros que he buscado yo por mi cuenta, se desarrollaron en iglesias. Varias de ellas todavía se siguen utilizando para el culto. Pues bien, ¿sabe lo que distingue, ya a primera vista, que el concierto se dio en una iglesia española y no en una extranjera?

-¿Las sillas? -me preguntó sonriendo.

-Efectivamente. Fuera, en el extranjero, a los músicos les ponen sillas cómodas, modernas, funcionales, elegantes. Aquí sillas de tijera, de madera, de las utilizadas en algunas terrazas de los bares para que el cliente no aguante mucho sentado, y ceda el sitio. Es decir, tormentos para las sufridas carnes de los intérpretes.

-Sí, es bastante significativo. Y no sé si alguien habrá protestado por esa lamentable falta de respeto. No creo. No creo.

-No lo sé. Me llamó la atención. Y no es que desee banalizar el mundo de la música. Hablo de lo que entiendo.

-¿Y que conciertos ha oído esta semana?

-He buscado la pianista que me recomendó usted. Y he oído varios conciertos interpretados por ella.

-¿Tchaikovsky? ¿Y le ha gustado?

-Sí. Me gustado mucho. El concierto para piano… La patética… No sé decirle títulos. Pero la música rusa me gusta.

-A mí también me gusta mucho. Me gusta y le estoy muy agradecido, pues gracias a él, a Tchaikovsky, comencé a alejarme de los sabios y entendidos. Un día ya muy lejano, en una reunión con amigos y conocidos, se me ocurrió comentar que me encantaba, y me encanta, Tchaikovsky. Brotó del fructífero suelo de la estupidez humana el típico entendido diciendo que este músico es para niñas mimadas y principiantes aniñados. La música seria, la única, la genial, está en las partituras de Wagner -sentenció.

-La necedad y el espacio son infinitos. ¿Y no le respondió usted?

-No. Yo nunca he reprendido a nadie. Seguí oyendo la música que me gustaba. Y llegué a Wagner cuando llegué. Y nunca he dejado de admirar y de gustar del músico ruso. No soy de los que va llamando la atención.

-El otro día, como le estaba diciendo, cansado de música, vi una película. Es una serie europea. Cada país de los que participan en el proyecto rueda tres o cuatro capítulos, pero todos con una característica común: siempre la acción se desarrolla en una sala de interrogatorios. Hay en ella un culpable, o falso culpable, y uno o dos inspectores que hacen preguntas. Los actores soy muy buenos… En el capítulo que vi, interrogan a una mujer de media edad. Esta confiesa que quiso ser policía, no lo logró, y se dedica a hacer la labor que no hace la policía.

-Muy arriesgado.

-Así es. Persigue a un pretendido pederasta. Consigue lo que ella juzga como pruebas. Y con ellas le amarga la vida a esta hombre enviando cartas a su familia, al trabajo y a la prensa, acusándolo de haber hecho verdaderas barbaridades con varios niños. Destruye su vida en breves horas. La suya y la de todos los suyos. A su hija adolescente, otras justicieras, en el instituto le pegan una paliza de muerte...Y resulta que la buena mujer, la justiciera, se había equivocado. Este hombre es una bellísima persona. Pero un compañero suyo de trabajo utilizaba su ordenador para sus tejemanejes.

-¡Dios! Mira que hay gente dada a meterse en camisas de once varas.

-Me recordó varias viejas películas que vi hace muchos años, Furia e Incidente en Ox-Bow. Un grupo de personas, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, se toman la justicia por su mano. Y el resultado es desastroso. Como no podía dejar de suceder.

-No podemos continuar así. Tenemos que cambiar. ¿Qué podríamos hacer?

-Oír mucha música y deshacernos de la caterva de políticos que tenemos. Como ha podido comprobar usted mismo, estos han aprovechado la pandemia para sus propios y negros intereses, como hacen siempre y con todo. La salud de los ciudadanos, su educación y su bienestar, quedan relegadas día tras día. Siempre. Ahora bien, siempre saldrá algún necio haciendo de justiciero y erigiéndose en ciudadano ejemplar porque hace lo que le ordenan. Lo más fácil y llevadero, que, a menudo no es lo que se debería hacer.

-El día que cada uno de nosotros nos ocupemos de lo que sabemos, y seamos un poco más críticos con quienes debemos serlo, y humanos, tal vez esto funcione mejor. Y además -añadió sonriendo- seguiremos oyendo a Tchaikovsky. Y que los bocazas digan lo que quieran o les apetezca.

-Suya es la necedad y la estupidez. Ahora bien, permítame que vuelva a mis inicios: ¿con un tambor se puede tocar la escala? El chico de los tambores tiene partitura, como el resto de los músicos.

-Es usted incorregible. Menos mal que hoy empieza el otoño.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Nada. Pero me ha quedado bien. Hoy invito yo.

-Perfecto. Pero me quedo sin saber eso de los tambores.

1Eurípides, Fenicias, en Tragedias III, Cátedra letras universales. Traducción de Juan Miguel Labiano.

UNETE



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