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"Bibliotecas del Mundo" La Real Biblioteca. del Monasterio de El Escorial


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01/03/2021


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La Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, también conocida como la Escurialense o la Laurentina, es una gran biblioteca renacentista española fundada por Felipe II que se halla en la localidad madrileña de San Lorenzo de El Escorial, formando parte del patrimonio del monasterio de El Escorial.


Bien entrada ya la segunda mitad del siglo XVI, aún no existía en España una gran Biblioteca Pública, similar a las existentes ya por entonces, principalmente en Italia, y era un deseo generalizado entre los eruditos humanistas de la época el poder contar al menos con una, en la que se reunieran los tesoros literarios, tanto manuscritos como impresos, que sin duda existían en España, pero dispersos en las distintas bibliotecas de monasterios, de catedrales o de particulares.

Fue intérprete de aquel deseo general el cronista Juan Páez de Castro, quien se lo expuso a Felipe II en un razonado "Memorial", en el que, de manera explícita le hacía ver la apremiante necesidad de fundar una biblioteca pública. Proponía Valladolid como lugar para fundarla. Pero, cuando  en 1559 Felipe II dejó los Países Bajos para regresar España y escogió a Madrid como sede permanente de su corte, desechó el consejo de Páez de Castro de establecer su magna Biblioteca en Valladolid, o en Salamanca, o en  Alcalá, o en alguna otra ciudad céntrica y con ambiente universitario, y decidió, contra el parecer de algunos humanistas, que el lugar de esa biblioteca fuera el monasterio que planeaba, probablemente, desde la muerte de Carlos V (1558), que incluiría basílica, panteón real, palacio, convento para monjes jerónimos, hospital, seminario, colegio de artes y sagrada teología, y una biblioteca, según consta en la carta o escritura de fundación.

La primera piedra del Monasterio del Escorial fue colocada el 23 de Abril de 1563, y 21 años más tarde se colocaría la última: el 13 de Septiembre de 1584. La biblioteca fundada por Felipe II en el Monasterio del Escorial no sólo responde a una de las principales preocupaciones que tuvo el Rey a lo largo de su vida, la del coleccionismo y atesoramiento de libros, sino también a uno de los ideales fundamentales del humanismo. De hecho, humanistas de gran talla, como Juan Páez de Castro, Juan Bautista Cardona, Antonio Agustín, Ambrosio de Morales, Benito Arias Montano, etc., colaboraron en los planes del monarca de crear una biblioteca regia.

Los primeros libros llegaron a El Escorial ya en 1565, seis años antes de que el edificio comenzara a ser habitado (junio de 1571). El primer lote estaba compuesto de unos 42 libros, al parecer duplicados de los que había en palacio, y se depositaron en la sacristía de la villa de la Fresneda, para uso de los primeros monjes jerónimos.

Al año siguiente, 1566, llegó una nueva remesa de libros, esta vez de mayor calidad, procedentes, como los anteriores, de la biblioteca particular del monarca. Entre ellos se encontraban algunos originales únicos, como el famoso "Códice Aureo", que contiene los evangelios en letras de oro; el célebre "Apocalipsis Figurado" de la Casa de Saboya; el que todavía hoy es el manuscrito más antiguo de la Biblioteca, el "De Baptismo", de San Agustín, que hasta el siglo XIX se creyó autógrafo; y unos "Evangelios griegos" que se atribuían a la pluma de San Juan Crisóstomo.

En los años siguientes siguió aumentando el número con nuevas donaciones reales, más algunos lotes de procedencias diversas, como la colección de libros del preceptor del príncipe Carlos, Honorato Juan, y algunos valiosos del arzobispo de Valencia, Martín de Ayala, de modo que a finales de 1568 se contabilizaban 1044 volúmenes, entre impresos y manuscritos.

Una vez creado el núcleo de la Biblioteca, el rey, en su empeño por lograr una Librería Nacional, que se fuera enriqueciendo aceleradamente con manuscritos e impresos de primera calidad, acudió a pedir consejo y logró implicar en su proyecto a eminentes hombres de la política y de las letras en España. Tres embajadores se distinguieron especialmente en la consolidación de los proyectos del rey fuera de nuestras fronteras: Diego Gómez de Silva desde Venecia, Francés de Álava desde Francia y Benito Arias Montano en Flandes, contaron entre sus cometidos diplomáticos con el compromiso de adquirir libros para la nueva biblioteca del rey.

Dentro de España, el célebre humanista cordobés Ambrosio de Morales recibió el encargo de viajar por los antiguos reinos de León y de Galicia y el principado de Asturias en busca de códices valiosos. De este modo, cuando el 26 de junio de 1575 se levantó acta de la entrega de la librería a la comunidad de los jerónimos, había ya unos 4.000 volúmenes reunidos. Desde ese momento y durante más de un siglo, la biblioteca de El Escorial fue acogiendo entre sus fondos otras bibliotecas particulares, cada una de las cuáles era valiosa por sí misma.

La biblioteca ideada por Felipe II no había de componerse exclusivamente de libros, sino que, respondiendo al concepto humanístico de la época, tendría cabida en ella cuanto pudiese contribuir a ampliar o ilustrar la gama de conocimientos, como retratos que ofrecieran a la vista la imagen de los hombres ilustres que los escribieron, así como grabados y dibujos, aparatos geográficos, como mapas, esferas, astrolabios, instrumentos matemáticos y científicos, monetario, reproducciones de la fauna y flora, etc.; en una palabra, biblioteca, museo y laboratorio.

La pieza principal y más noble de la Biblioteca se la conoce como Salón Principal, además de Salón de los Frescos. Mide 54 metros de largo, 9 de ancho y 10 de alto, siendo lo más impresionante, al menos visualmente, la bóveda de cañón que corona la sala. Esta bóveda se halla dividida en 7 zonas, cada una de las cuales está ornamentada con pinturas al fresco que representan las siete artes liberales: el Trivium (Gramática, Retórica y Dialéctica) y el Quadrivium (Aritmética, Música, Geometría y Astrología). Cada una de las artes está representada por una figura alegórica de la disciplina, dos historias relacionadas con ella, una a cada lado (habitualmente sacadas de la mitología, la historia clásica, la Biblia y la historia sagrada). Estas historias se complementan con cuatro sabios, nuevamente una mitad a un lado y otra mitad al otro, representativos de cada arte. Por último, en los frontispicios testeros se hallan representadas la Filosofía (al norte, representando al saber adquirido) y la Teología (al sur, representando el saber revelado).

Esta decoración fue pintada por Pellegrino Tibaldi (Peregrín de Peregrini), en estilo renacentista manierista, siguiendo el programa iconográfico del Padre José de Sigüenza. Los laterales están adornados con multitud de retratos al óleo, entre los que destacan los de Carlos II —pintado por Carreño de Miranda y puesto ahí en 1814—, Felipe II o Carlos V —pintados estos últimos por Pantoja de la Cruz—. Tristemente, durante la invasión napoleónica se perdió el Felipe IV de castaño y plata de Velázquez, ahora en la National Gallery de Londres.

También se encuentran, en este Salón Principal, algunos bustos, como el del marino Jorge Juan. En el hueco de una de las ventanas se halla un armario de finas maderas, el cual está planteado para guardar maderas. Fue realizado a mediados del siglo XVIII d. C., y en él se encuentran 2324 piezas. Las cuatro paredes cuentan con una poderosa estantería diseñada por Juan de Herrera, el arquitecto del monasterio. Es de estilo clásico-renacentista, y está hecha con maderas finas como la caoba, el cedro o el ébano.

Por último, el piso del Salón Principal está pavimentado con mármoles blancos y pardos. En el eje longitudinal (de norte a sur) hay una mesa de madera, la cual es acompañada por otras cinco, de mármol gris. En cada una de éstas hay dos plúteos con libros, los cuales fueron dotados de puertas a finales del siglo XVIII d. C. Datan de la época de Felipe II, y en un primer momento sostenían esferas relacionadas con la geografía y la astronomía. De hecho, una de ellas todavía se encuentra en la sala.

En la actualidad, esas mesas sirven de expositores para las obras más importantes de la Escurialense, entre las que se hallan las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, o un Apocalipsis figurado atribuido a Juan Bapteur de Friburgo, Péronet Lamy y Juan Colombe.

El dramático incendio del 7 de junio de 1671, arrasó gran parte del edificio y, aunque se salvó el Salón Principal, por diversas circunstancias desaparecieron un número superior a los 5.000 códices, entre ellos unos 2.500 árabes, latinos unos 2.000; 650 griegos, 90 franceses, 40 hebreos, etc. Algunos de gran valor, como el "Lucense", célebre códice de Concilios Visigóticos; un ms. griego iluminado que contenía las obras de Dioscórides; la voluminosa "Historia Natural de las Indias", en 19 vol., del toledano Francisco Hernández, que comprendía la fauna, la flora y costumbres de Méjico, iluminadas con sus propios colores, etc.

También la Guerra de la Independencia supuso otro duro revés para la Biblioteca escurialense, ya que a finales de 1809 todos sus impresos y manuscritos fueron trasladados a Madrid, con intención de llevarlos posteriormente a Francia. Al parecer la persona a la que se confió esta misión, el arabista afrancesado José Antonio Conde, logró salvarlos ocultándolos en el convento de la Trinidad, en Madrid, y cubriendo los cajones con montones de libros impresos. En el año 1810 los fondos de la Biblioteca escurialense fueron trasladados del convento de la Trinidad a la Biblioteca Real (hoy Nacional) de Madrid, y a ella quedaron incorporados.

En 1814, previa solicitud por parte de la comunidad de los Jerónimos, Fernando VII dispuso su devolución a El Escorial, a pesar de la oposición de algunos eruditos, entre ellos el bibliotecario mayor de S.M., D. Juan de Escoiquiz, que pretendían que los manuscritos quedaran definitivamente incorporados a la Biblioteca Real (=Nacional), accediendo sin dificultad a devolver los impresos.

En tales traslados se perdieron diversos códices e impresos que hoy es difícil determinar con exactitud. Entre los más importantes códices desaparecidos en esta ocasión está el "Cancionero de Baena", que actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de París; el interesante libro orlado de pinturas aztecas, "Códice Borbónico", adquirido por la Cámara de Diputados de París en 1826 por 1.300 francos; dos "Evangeliarios griegos", lujosamente miniados, que hoy se encuentran en Londres y Nueva York. De modo que, según el inventario hecho en 1839, faltaban unos 20 mss. y 1.608 impresos.

El número de incunables, a su vez, supera los 600. La mayor parte son ediciones latinas, algunas muy estimables, como "De Civitate Dei", de San Agustín, editada en Roma en 1468; la célebre "Biblia de Valvanera", impresa en fina vitela en Venecia 1478; o el "Comprehensorium" impreso en Valencia el año 1475 y que es el segundo libro impreso en España. Entre los españoles son valiosos por su rareza: "Fábulas de Esopo", editado en Zaragoza en 1489; "Egloga" de Teodolus, Zamora 1492, etc.

Siguen en valor a los incunables las ediciones de autores españoles y extranjeros del siglo XVI, que ingresaron conjuntamente con las valiosas librerías de los humanistas, aunque la mayoría proceden de adquisiciones reales. Los libros editados en el siglo XVI constituyen el núcleo de la biblioteca de impresos y son los más numerosos y artísticamente los más valiosos. El número de registros bibliográficos de obras impresas del siglo XVI asciende a 10.608.

Entre las obras impresas más notables del siglo XVI merecen ser citadas las magníficas ediciones de la Políglota de Alcalá y la dirigida por Arias Montano en Amberes en 11 volúmenes, dedicada especialmente a Felipe II, impresa en vitela. También está hecha en vitela la edición de "Opera omnia" de Sto. Tomás de Aquino, en Roma 1570, en 18 volúmenes.

De gran belleza es también la edición en fina vitela del "Libro de Horas" hecha en París en 1505 por Thielman Kerver, pues está todo el libro ornamentado con orlas historiadas y tiene las iniciales decoradas a mano.

Durante el siglo XVII disminuye la afluencia de obras impresas, a pesar del privilegio otorgado por Felipe III. El número de registros bibliográficos de obras impresas del siglo XVII asciende a 2.729. En cambio durante el siglo XVIII, y más concretamente durante el reinado de Carlos III, se incrementa el fondo con libros editados, pues, además de urgir el rey la obligación de enviar todo ejemplar recién impreso a la Biblioteca de El Escorial, donó magníficas ediciones.

En la Biblioteca se conservan otras colecciones, algunas muy singulares, otras de gran importancia en sí mismas:

Colección de grabados: unas 7.000 piezas de los mejores artistas europeos de la época: están representados unos 160 grabadores y en torno a cien ilustradores. Los grabados están recogidos en álbumes con excelentes encuadernaciones.

Colección de dibujos: unos 20 libros, algunos recogidos en álbumes (Codex Scurialensis o Antigüedades de Roma, atribuido al taller de Domenico Ghirlandaio; El libro de las Antigualhas de Francisco de Holanda) y otros sueltos, como los preparatorios de los frescos y los “picados” (estos últimos son unos 300 en total)

Archivo de música: colección de libros y partituras con piezas musicales.

Archivo de documentos: colección de documentos que contienen datos sobre la construcción y el ornato del Monasterio y su entorno.

Archivo hagiográfico: constituido por cerca de 300 certificados de autenticidad (“auténticas”) de las reliquias.

Colección de monedas y medallas: consta de 2.322 piezas.

Colección de libros de cuentas: compuesta de 213 ejemplares, que comprenden desde el siglo XVI al XIX.

Encuadernaciones artísticas y escurialenses.

En los últimos diez años se han restaurado algunos de los códices más importantes de la Biblioteca. Pero, desde hace algunos años, los proyectos se fijan especialmente en la restauración de colecciones. Así, por ejemplo, en los últimos años se han realizado varias campañas, una destinada a los dibujos, otra a las partituras del Archivo de Música, otra a las obras del Archivo de Documentos y otra a la colección de Auténticas, consistentes en dotar a cada dibujo, partitura de música, documento o auténtica, de una carpeta hecha a medida, que evite el roce con las demás, para posteriormente colocarlas en un planero o en una caja realizada específicamente para este fin.

Al mismo tiempo, desde hace años se están realizando cajas a medida y especiales para todos los códices principales –en particular para los que permanecieron expuestos en las vitrinas del Salón Principal de la Biblioteca durante años-, todos los que conservan encuadernaciones artísticas, todos los que tienen aún elementos metálicos en la encuadernación y toda la colección de libros de cuentas con encuadernación en pergamino.





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