LA MUERTE DE MONTAIGNE de Jorge Edwards. Edit. Tusquet / 289 pp.
. Edit. Tusquet / 289 pp. Por Marcelo Beltrand Opazo
“El señor tomaba partido, pero no
era hombre de partido”. Con esta frase se inicia el libro La Muerte de Montaigne, texto hibrido del escritor Jorge Edwards,
donde nos cuenta la vida y obra de Montaigne, pero además, ensaya una novela.
Por mi parte, conocí a Montaigne con
Pierre Jacomet. Me lo presentó en largas conversaciones y a través de la
lectura de su traducción de los Ensayos.
Me contó de la basta obra de este francés, libre pensador. Y ahora, con Jorge
Edwards, revivo esas conversaciones, pero esta vez, con este libro publicado
por Tusquet.
Edwards ensaya, como decía, un libro
que en momentos es una novela o pequeñas historias y en otros, un ensayo
literario, de opinión, de actualidad. Ensaya, una forma de contar la vida de
Michel Eyquem de Montaigne, nos cuenta de sus reflexiones, de sus amores. Nos
cuenta a través de esta novela ensayo, sobre la escritura, sobre sus lecturas
(las del propio autor). Y conocemos, además, a un Montaigne en la intimidad, ya
que Edwards ficciona la vida del señor de la Montaña, la vida privada y su
relación con Marie de Gournay. Y en esta incursión, somos espectadores de un
mundo convulsionado, lleno de miedos, donde las vidas pendían de la gracia del
Rey y no de la justicia como derecho ciudadano, estamos hablando del siglo XVI.
En este libro, el lector se asoma por las ventanas del Castillo de Michel
Montaigne y logra imaginar, a través de la pluma de Jorge Edwards, una gran
historia, que en momentos queda trunca, pero que se retoma con maestría en los
capítulos siguientes.
Sin duda que este libro, es un texto
donde el canon no está presente. No encontraremos una novela lineal, ni
personajes que llegan a puerto. No, encontramos un ensayo, una novela, pequeñas
historias. Pero sobre todo, soltura y tranquilidad en la escritura, como si hoy
Jorge Edwards se permitiera todo, saltar de una cosa a otra, contar finalmente,
con libertad.
Alguna vez me dijo Jacomet, que
después de mucho leer y de buscar caminos, uno llega a Montaigne. Al parecer,
Jorge Edwards encontró la huella de ese camino.