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"Odio" y el arte de parar y oler las flores.


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21/02/2021


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Dani Rovira es uno de mis ídolos, uno de mis comediantes favoritos que consigue que me quede viendo un stand up por más de un par de minutos. Y no solo por los monólogos que hace, sino también por su persona. Me parece un ser luz, resistente y que es capaz de sacar una carcajada a la vida de vez en cuando. Estrenó "Odio", su comedy stand up en Netflix hace poco y la mejor conclusión que he podido sacar de eso ha sido que, a veces, deberíamos parar y oler las flores.






El reloj marcaba las doce de la noche cuando estaba viendo una serie del 2008 (porque para mí son las mejores, las series de hace años) y en mi casa se estaba viendo "Odio" , de Dani Rovira. No voy a mentir si digo que vi más monólogo que capítulos anoche.





El el stand up habla de todas las cosas que "odia"con un toque de humor que lo único que te provoca es tener más cariño a esas cosas y asentir y reír cada vez que su opinión coincide con la tuya; pasar un muy buen rato y desconectar, sentirte representado pero de forma cómica, como una caricatura.





En uno de esos momentos de risa en los que no podía respirar y en los que no paraba de asentir y darle la razón, habló de Madrid, y del estrés que le supone caminar por la calle y ver que todo el mundo tiene prisa; parece que se acaba el mundo a nuestros pies o que llegamos tarde con una hora de antelación.

Habló de los paseos con su perro y de cómo, con ese nivel de estrés heredado, dio un paseo muy rápido con él y este se paró en seco varias veces para, simplemente, oler una flor; habló de que la vida, a veces, es eso: pararse y oler una flor. Desconectar y tener tiempo para ti, para vivir un poco.





Esto me hizo pensar, en el mejor de los sentidos y no como suelo hacerlo, de cómo yo nunca paro aunque me Intente convencer de que sí.





Vivo en Madrid desde siempre, estudio en la zona más céntrica de la ciudad y no hay día en el que no vaya con el tiempo al cuello. Más bien, no hay en el que no piense que voy con el tiempo al cuello, porque siempre llego puntual, sin importar si salgo cinco minutos más tarde o no.





Es algo tan real y asumido que, el día antes de clase, compruebo que profesor me toca a primera hora para ir más tranquila o no; e incluso de ese modo, acabo acelerando más de lo debido.





Me levanto temprano, no demasiado pero sí lo suficiente como para ver un poco el amanecer y puedo jurar que hay mañanas preciosas, típicas de un síndrome de Stendhal, que me encantaría fotografiar aunque no llegase a tiempo.





Y a veces lo hago, pero lo hago mal bajo la excusa de que habrá más amaneceres de que quizá mañana pueda hacer una foto mejor. Lo gracioso es que nunca es la mañana indicada.





Y cuando llego a la parada de autobús y me paro, cojo aire con una FFP2 de seis capas y después de haber subido cinco cuestas, saco un libro de 400 páginas de la mochila y me pongo a esperar hasta que llega. Puede que sea la contractura que me provoca el libro, el estrés a tan prontas horas o el hecho de que no me permito frenar aunque necesite descansar por la mascarilla, pero una vez que estoy en mi rincón del bus, noto como el corazón se para o se mete en una burbuja que en realidad no existe mientras que le bus se cierra alrededor de mí y el mundo se me viene encima. Y entro en pánico.





Hubo un tiempo en el que me llevaba a clase manzanillas en una botella por los ataques tan repetitivos que tuve un día, porque aunque diga que tengo tiempo libre, nunca es verdad; mi tiempo libre no desconecta mi cabeza, no tira del cable y la apaga, siempre está activa.





Es tal la situación que cuando voy a la biblioteca lo hago deprisa y no me paro a mirar más libros (y eso que lo considero mi espacio seguro), que hago todas las tareas que debería hacer un plazo de dos semanas y que entrego en dos días haciendo que lea durante las clases mientras el resto trabaja, que hace que tenga todo planeado por si algo no sale bien; incluso hizo que pasease con mi perro (que en paz descanse) como si la calle cerrase a una hora y ella se parase en seco y se tumbase para oler un árbol detenidamente.





Camino deprisa, como deprisa, pienso deprisa e incluso creo que duermo deprisa. Nunca estoy quieta ni me permito tener un mal día o tumbarme y escuchar a Coldplay o The Coronas o Wallows o Fito o cualquier música que me haga perder el tiempo.





Todo este proceso diario resulta en pequeñas cantidades de ansiedad que acaban explotando, como sucedió el viernes, en un ataque de ansiedad, de pánico o de nervios; en algo que hace el cuerpo temblar y que me haga creer que me está ocurriendo algo y me preocupe aún más por mi cardiopatía.





Acabé destrozada mentalmente y físicamente al día siguiente y me hizo darme cuenta de que no estoy disfrutando de mi vida, de que a pesar de ser tan joven, estoy viviendo y eso es todo. Y es lo más triste que he escrito nunca.





Así que anoche, mientras estaba viendo a Dani contar que en la vida es necesario pararse y oler flores, sentí un nudo en la garganta y vi que nunca había hecho eso. Ni de forma literal ni de forma figurada, de que siempre voy corriendo y con mil ventanas abiertas en mi cabeza, con un escáner comprobando cada estado de mi cuerpo por si algo falla y el corazón decide traicionarme.





Y sentí envidia sana, si es que eso existe, y admiración de que él hubiese llegado a ese punto en el que se permitía disfrutar, pararse y oler una margarita o una rosa, porque yo nunca lo he conseguido y no sé cómo hacerlo.





Este stand up no es solo un especial de Netflix que ver para reír, sino también para aprender a vivir y a hacer un estudio de lo que es tu vida ahora mismo. De preguntarte si eres realmente feliz, de dejar de preocuparte como yo debería hacer sobre cosas que sé que están bien y tienen solución, de si te has permitido llorar o enfadarte y para un mal rato y aceptarlo como ser humano que eres. De si te has atrevido a pararte y comprobar que el mundo sigue ahí aunque tú no camines con él y de que no pasa nada si te sientas en un banco y dejas que el día pase.





Y probablemente esto no lo cumpla, porque siempre digo lo mismo, pero ver esto me ha hecho querer vivir mejor y preocuparme más por mi salud mental, de quererme más y admitir que el tiempo está a mi favor si yo quiero. De ser como las personas que no se preocupan, como Dani, como compañeros de clase o amigos, y disfrutar a mi modo.





Y sobretodo, de canalizar todo lo malo y hacerlo arte, hacerlo poesía o relato, y compartirlo para ayudar a otros, para desconectarles de su rutina o hacerles soñar despiertos un poco como ha conseguido hacer él.





Gracias, Dani, por "odiar" tanto.







Etiquetas:   Salud Mental   ·   Cultura   ·   Reseña   ·   Paz   ·   Perros   ·   Flores

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