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Sin ética ni pudor


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17/02/2021

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SIN ÉTICA NI PUDOR






Vicente Adelantado Soriano





El delito que se comete entre muchos queda sin castigo.

Lucano, Farsalia.





Empecé a encontrarle el gusto a las breves notas que me enviaba Enrique. Siempre, por supuesto, con un enlace. Este me llevaba a algún que otro concierto, que era de su agrado y que me recomendaba. No obstante, también yo comencé a buscar música a través del ordenador. Descubrí todo un mundo. Enrique tenía preferencia por las sinfonías, y yo por la música de cámara. No obstante, ni uno ni otro rechazábamos ninguna forma de expresión siempre y cuando nos resultara agradable o nos gustara.

Dejando la música de lado, ya que soy un ignorante en la materia, confesaré que, además, comencé a disfrutar con aquellos breves desayunos. De buena mañana, ante nuestros cafés con leche y las tostadas de rigor, intercambiábamos algunas pequeñas impresiones. Se convirtió en una costumbre reunirnos un par de veces por semana antes de que la cafetería comenzara a llenarse de gente.

-Le agradezco -le dije una de aquellas mañanas- que me haya abierto el mundo de la música. Sí, había oído música antes. Pero nunca con la intensidad con la que lo estoy haciendo últimamente.

-Me alegro de haber sido útil para algo.

-La verdad es que, muy a menudo, tenemos las cosas al alcance de la mano, y no las sabemos aprovechar.

-Muchas veces es por mero desconocimiento.

-Me lo ha quitado de la boca. Y sí, ha sido usted quien me ha abierto la puerta del aula… Mire, yo, al jubilarme, me tracé un plan muy riguroso de estudios y de lecturas. Quería evitar a todo trance caer en el aburrimiento y en la desidia.

-Yo creo -dijo un tanto condescendiente- que quienes tienen una vida muy rica, y me parece que ese es su caso, jamás se aburren.

-Hombre, un poco de aburrimiento tampoco está mal. Lo digo porque, como comprenderá, y más a estas edades, estar estudiando o leyendo diez o doce horas seguidas es toda una proeza.

-Si se está bien entrenado se puede llegar muy lejos, ¿no cree?

-Ya. Pero tampoco se trata de ganar el maratón todos los días. Yo, por lo menos, no lo pretendo. Cuando me cansaba de leer o de traducir, me sentaba delante de la tele, y me tragaba lo que me soltaran. Salvo contadísimas excepciones, todas las películas que pasaban, y pasan, en todas las cadenas habidas y por haber, eran y son malísimas. No hay más que violencia y más violencia. Cada vez más gratuita y absurda. Asqueado, terminaba por ponerme cualquier competición deportiva quitándole la voz a la tele. Eso, a falta de algo mejor, me relajaba un poco.

-La verdad es que la televisión es nefasta. Salvo que escoja usted los programas sobre la naturaleza, o aquellos que vale la pena ver. Hay algunas cosas interesantes. Pocas. Pero, no lo olvide, sobre todo, está la música.

-Nunca se me había ocurrido. Ha tenido que aparecer usted, y abrir la puerta. Ahora terminar de estudiar o de leer o de traducir, se ha convertido en un placer, porque, a continuación, viene la música. Oigo todo lo que me manda.

-Me imagino que la música lo distraerá. Creo que oírla no exige un esfuerzo mental tan grande como pueda ser leer un tratado filosófico o una buena novela. No lo sé.

-Yo tampoco lo sé. Es un lenguaje distinto… Busca la belleza. Y no hay más. O sí; no lo sé.

-Hace años alguien me recomendó un libro sobre música y músicos. Si le digo la verdad, no entendí nada del dicho libro. Se titula Doktor Faustus, de Thomas Mann.

-No lo conozco.

-Hay una frase, no obstante, del libro que se me quedó grabada a fuego. Viene a decir que la música es la ambigüedad erigida en sistema1. ¿Es cierto? Un libro, una novela, una película, siempre llevan algún mensaje del autor. Demasiado a menudo no resulta nada difícil dar con él. Es más que obvio. ¿Lleva algún mensaje la música? ¿Nos dice algo sobre la ideología de su autor?

-A buen santo se encomienda usted. No tengo ni idea. Ahora bien, no dejo de reconocer, dejando la ideología de los autores de lado, que los auditorios musicales, el precio de las entradas y demás parafernalia, no están hechos para el proletariado.

-En eso tiene razón. Ni los instrumentos musicales tampoco. ¿Sabe usted cuánto cuesta un buen violín? ¿O una buena trompeta? En una orquesta sinfónica, nada más en instrumentos, hay una millonada. ¿Y qué decimos con esto? ¿Qué pretendemos?

-No lo sé. No lo sé. Mire, a mí me han gustado mucho todos los conciertos que me ha enviado. Y muy a menudo, viendo a los músicos, y perdóneme pero no lo puedo evitar, me pregunto si estos estarían dispuestos a compartir su bienestar con los emigrantes que no tienen dónde caerse muertos… Decía un poeta español, contrastando a unas pueblerinas con las damas que van a la ópera, que, en este mundo, hay unas desigualdades que espantan…2

-No crea que esos músicos son millonarios. Ni los instrumentos, ni la ropa que llevan, sea posiblemente de ellos.

-No, no me malinterprete. No los acuso de nada. Todo lo contrario. Si están ahí es porque han estudiado y practicado a fondo… Habría que culpar, y los culpo, a los políticos. A esas políticas que favorecen a los poderosos...

-No me hable. Menudo escándalo ha estallado ahora con el espionaje de unos políticos a otros, y con el uso indebido del dinero público. Ni tienen vergüenza ni la conocen. En vez de invertir en educación...

-La clase política española cada vez me da más asco. Me remueve las tripas. Y me sucede con ellos lo mismo que me pasaba cuando era profesor: hubiera querido vivir una temporada en otros países para ver cómo funcionaban allí los diferentes sistemas educativos. Ahora me gustaría comprobar si todos los políticos son tan zafios y burdos como los políticos patrios.

-No le extrañe que sea así. No obstante, y sin duda, si tienen que hacer trabajo sucio, serán mucho más discretos y eficientes que nuestros palurdos políticos y sus secuaces.

-¿Y usted cree que en todos los países hay tanta corrupción como en este?

-No lo sé. Imagino que los mecanismos para detectar robos, apropiaciones indebidas y demás, serán mucho más eficaces. Y no se permitirá ningún tipo de tropelía ni aun para salvar al propio partido. Tal vez. Vaya usted a saber. Y, quizás, no queden impunes, como lo hacen en esta santa tierra.

-No sé qué decirle. De largas tierras, largas mentiras. Ahora, es cierto lo que dice: aquí nadie es culpable de nada, salvo los tontos que han hecho el trabajo sucio; nadie sabe nada, salvo los mismos; y nadie, ministros o presidentes, responden de nada. Lo han hecho todo, por propia iniciativa, los de abajo, que son libres y autónomos. Y las excusas que montan y dicen los zafios corruptos, quienes están o estaban en el poder, para exculparse, son propias del mejor de los teatros del absurdo. Por no hablar del papel de la prensa. Y no nombremos a la prostituida justicia.

-Pues recuerde al respecto lo que pasó en Estados Unidos con el Watergate. ¿Cree usted que es posible que en España pase algo similar?

-No. No creo que sea posible. En este país hemos tenido a una cabeza coronada robando y mintiendo, y los periódicos no se enteraban de nada, o no querían saber nada, y no publicaban nada al respecto. Como dijo un lector cierto día comentando una noticia aparecida en un diario, el periódico nos informa enseguida, con gran rapidez y eficacia, de quien se acuesta con quien, o con quien ha roto y ya no se besa; pero silencian los millones de euros que están desapareciendo de las arcas públicas. Entre otras cosas.

-La corrupción, cuando viene de arriba, a todos nos alcanza.

-Cambiando de asunto… También he pensado, y va a perdonarme por meterme donde no me importa, en la enorme cantidad de músicos que hay por el mundo. En mi vida había visto tantas orquestas, cuartetos, quintetos y agrupaciones musicales. E imagino que muchos de estas personas vivirán de la música. Y no creo -dije desviando la vista- que sus padres les hayan puesto impedimentos, como a usted, para estudiar música. Como ponen aquí...

-No. No creo -me dijo triste-. Es una carrera dura. Exige mucha dedicación. Como todas, por otra parte. Pero hay países que, por educación, o por lo que sea, aman la música. En este triste corralón parece que vamos sobrados con la caza, los toros y el fútbol… ¿Estudió usted música en el bachillerato? ¿Lo llevaron a alguna audición?

-No. Por desgracia, no.

-¿Y algún sistema educativo de los lanzados, como arma política, por nuestros respectivos y necios gobiernos, ha tenido en cuenta la música?

-No. Me parece que no. Como tampoco han tenido en cuenta ni el latín ni el griego. Sólo se ocupan de un absurdo, burdo y necio pragmatismo.

-Más que pragmatismo es amnesia. No sólo de pan vive el hombre. Y algún día pagaremos estas terribles amputaciones. ¿Se puede vivir sin el arte? Ni las sociedades más atrasadas… No obstante, ojalá hubiera nacido yo en Alemania o en Austria…

-No se amargue la existencia. No hay nada que hacer. Nuestros necios e impresentables políticos seguirán con sus políticas donde, al parecer, no cabe la educación. Y siempre estamos igual. Gobierne quien gobierne. Y no mentemos el papelón de la justicia.

-No. Por favor, no me diga ahora que todos los políticos son iguales y que todas las políticas buscan lo mismo.

-No se lo digo. No. No le digo que todos los políticos sean iguales. Lo que sí que le digo es que todos, en el ejercicio del poder, se transforman en la misma y repugnante cosa.

Enrique agachó la cabeza, sin replicarme. Durante unos segundos guardamos silencio.

-Hoy -dijo al cabo de un tiempo, tras terminarse su café con leche- nos hemos puesto muy serios.

-Y muy pesimistas -le reconocí-. Pero le prometo que esta noche voy a oír la Novena sinfonía de Beethoven.

-Es una buena vacuna contra el pesimismo. Aunque siempre que la oigo termino con un poso de amargura.

-Sí, es verdad. Es como leer esas historias que cuentan unos amores tan bonitos como irreales…

-Pero nos queda la belleza. Aunque nos haga sufrir un poco.

-Tiene razón. Mejor eso que seguir las andanzas de los políticos. ¡Menuda gentuza! Es mejor que hablemos de música, o de poesía… Pese a la novena, estos van a quedar impunes. No hace falta que le diga porqué. La justicia… En fin, dejémoslo.

La cafetería comenzaba a llenarse de gente. De risas falsas y de molestos gritos. Sin más, salimos del establecimiento un tanto tristes y malhumorados. Fue el castigo por hablar de gente que no tiene ni pudor ni ética. Ahora bien, no todos los días son uno. Así que amanecerá Dios y medraremos todos. Esperemos. Al menos siempre nos quedará la Novena de Beethoven. Vale.

1Thomas Mann, Doktor Faustus, EDHASA, Barcelona, 1978, p. 57. Traducción de Eugenio Xammar.



2Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda, carta V. Exactamente dice: “Francamente hablando, hay en este mundo desigualdades que asustan.





Etiquetas:   Corrupción   ·   Música   ·   Televisión

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