Relato "Decisión" de Cristina Marqués Soriano

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La sensación de Ana es la de estar en un tablero de ajedrez, en el que ocupa sólo un cuadro: el cuadro central. Juan ocupa todos los demás, y para salir del tablero debe de pasar por encima de él. Fuera del adral hay una vida que ya no recuerda; ha olvidado cómo es sin su control ni su presencia.

Hace un tiempo sentía miedo de perder su posición, de volar, de explorar, en definitiva, de ser libre. Su parte cobarde tomó las riendas y tras ello apareció la culpa. Siempre se dice que ha de ir por la vida con la cara bien alta, sin temer nuevas experiencias, haciendo frente a los obstáculos. ¡Tan resolutiva y segura! ¿Cómo podía sentir aquello?

Las terapias con sus pacientes comenzaron a ser muy pedagógicas para ella misma. Repetía, una vez tras otra, la importancia del valor y de la libertad personal. Hubo días en los que regresaba a casa avergonzada tras soltar toda esa retahíla de consejos vacíos que no era capaz de aplicarse. Fue entonces cuando apareció el insomnio y las terribles migrañas que la dejaban paralizada. No se sentía bien con nada ni con nadie, siempre con prisas de llegar a ningún sitio. El desasosiego tomó el mando y, si bien comenzó como una pequeña llama, fue creciendo, día tras día, en su interior. No recordaba en qué momento aquella sensación se normalizó...

Ahora, el miedo ya se ha ido, pero queda una cargante apatía que la apoltrona en su espacio de confort, como se dice ahora. Viajan juntos, duerme todas las noches con él, incluso hacen el amor de vez en cuando, si es que se puede llamar así a esa obligación semanal que se autoimpone.

Recuerda cómo se le aceleraba el corazón y se le erizaba el vello cuando lo veía, sin necesidad ni siquiera del roce. La peluquería, las uñas siempre bien arregladas para gustarle. Y su olor, que sólo recordarlo le hacía sentir su intensa presencia. ¿Dónde han quedado los escalofríos que le invadían? ¿Y el ansia de su boca?

Siente una profunda tristeza por aquello que fue y ya no es. Su fragancia, se ha vuelto opaca, no existe. El deseo que siente ahora es que emprenda uno de sus viajes de trabajo para quedarse con su propia compañía. Ni siquiera le afecta verlo tontear por el teléfono con esa mujer de la que últimamente está enganchado. No le importa nada de lo que diga ni lo que haga.

No tardará en llegar. Ninguno de los dos trabaja el viernes por la tarde. Deja de dar vueltas a la carne del plato y se la da a Misi ¿Qué pasará contigo ahora gatito?

No había pensado en la parte material, la verdad. Tiene la suerte de no ser motivo de preocupación para ella y no creé que lo sea tampoco para él.

Se sienta en la orejera del salón con la mirada perdida al frente, esperando el ruido de sus llaves en la puerta.

—Hola. ¿Cómo ha ido el día?

Juan entra directo a hacerse un café y busca en el armario un trozo de chocolate con el que siempre lo acompaña.

—Bien, aunque cansado. ¿Y tú? —le pregunta dándole un beso sin esperar respuesta.

Parece que está de buen humor. Aunque no le apetece tomar nada, decide hacerse un café también.

Habla de lo vacía que está la nevera, de un vecino que ha visto en la entrada y otras cosas triviales. Ella tiene un torbellino en su mente y lo mira asintiendo. Da vueltas al café y decide que no se lo va a tomar habida cuenta de los golpes que empieza a escuchar provenientes de su pecho.

—Juan, me gustaría hablar contigo tranquilamente —como si decirle que no le quiere y que se ha acabado su relación se pudiera decir con tranquilidad. —¿Qué tal si apagas el móvil?

—Claro. ¿Problemas en el trabajo? ¡No me lo digas, tu padre otra vez! Cuéntame.

—No, no es eso —titubea.

Cuenta hasta tres en su cabeza, haciendo un repaso rápido de todo lo que lleva semanas preparando. Se separa de él calculando la distancia para que sus reacciones le lleguen un poco mitigadas.

—Juan, seré directa. Dejemos de fingir. No sigas jugando a quererme. Esto no puede seguir.

Ana se expresa con sosiego, hablar es su fuerte y, además esto lo tenía bien ensayado. Los ojos de Juan parecen esferas brillantes mientras escucha a su mujer. Luego, silencio.

—Dime algo por favor —suplica ella.

Se tapa la cara y el silencio impera en la habitación.

—Pero, todos piensan que somos una pareja perfecta. Estás confundida, cariño, necesitas pensar. Esto no puede estar pasando…

Su voz empieza a temblar hasta convertirse en un sollozo. Ana no puede evitar sentirse emocionada, pero se traga la bola que le sale en la garganta.

—Juan, sabes que se ha terminado, lo sabemos los dos, y hemos de aceptarlo —sentencia con firmeza.

—Has conocido a alguien, ¿no? ¿Es eso?

—Claro que no —dice ella suavemente. No va a permitir que la chispa se convierta en fuego.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Sabes que tienes cincuenta años? —grita con saña, poniendo énfasis en el número.

—Lo mismo que tú, seguir viviendo.

Se mueve por la sala como un animal enjaulado. Se toca sin cesar la cabeza acariciando frenéticamente el cráneo desnudo.

—¿Cómo lo vas a decir? ¡Porque lo vas a decir tú, vas a explicar tú a la gente esa necesidad de libertad que tienes! —dice escupiendo las palabras que se le atropellaban en la boca.

—¿A ver quién te entiende? Ahora, en el momento mejor de nuestras vidas lo echas todo por la borda. Estás loca, lo sabes, estás como una puta cabra, estás peor que tus pacientes.

—¿De verdad te preocupan tanto los demás? ¿Esa es toda tu inquietud? —contesta algo más airada.

Le resulta irritante que todo su quebranto quede en eso; en la rotura social. El nerviosismo de Juan le delata. No es romper con ella, con Ana, lo que le hace sufrir, es el estatus al que se cree rebajado.

—¿Quieres ser una single? Ya sabía yo que esa compañera tuya, ¿cómo se llama? Rosa. Esa. Te estaba comiendo la cabeza. ¡Todas esas ideas de libertad! ¡Ana, que ya no tienes 20 años, que vamos para viejos!

—Aprenderemos a vivir de otra manera —dice al fin Ana.

Por unos minutos parece serenarse, sin parar de mirar la casa, las paredes, los cuadros, nada realmente...

—¿Quieres irte con tus padres una temporada? Necesitas centrarte.

La decepción va creciendo. En ningún momento había nombrado el amor, el respeto ni la dignidad. Lo que le importa es pasar a la lista de divorciados, salir a caminar solo, no ser número par en la mesa de la cena del fin de semana.

—Tienes miedo a la soledad —sentenció ella—. Yo también, ¿o crees que no? Me aterroriza, pero no puedo permitir que eso me paralice. Estás muy nervioso, me marcho un rato y te dejo pensar.

—¡Estoy hasta las narices de tu moral! ¿Ahora te da por practicarla? ¡Les sueltas a tus pacientes todas esas mierdas y acabas creyéndotelas! Haz lo que quieras, pero no vengas a buscarme luego. Lo vas a pasar mal, ¿sabes? ¡Lo vas a pasar muy mal!

De repente siente miedo. El cuerpo de Juan avanza hacia ella y siente sus ojos iracundos amenazantes.

Coge el bolso y la chaqueta. Sale apresurada dando un portazo que suena a un “ahí te quedas”.

Cuando llega a la calle camina con prisa, con la respiración agitada. Poco a poco va aminorando la marcha sintiéndose mejor.

Sabe que él no tardará en buscar a alguien y, también, que aceptará a quien se le presente. Le había dejado bien claro lo que quería. Pero le da lo mismo. Nota el aire fresco entrar por su nariz, hasta que poco a poco se deshace el ovillo del pecho que la oprime, el que volverá a hacerse muchas veces más.

La ciudad acoge a las golondrinas otro año y sus gritos acompañan la llegada del buen tiempo. Ellas vuelan sin temor y cuando se ven amenazadas alzan sus alas. Sin darse cuenta levanta el mentón y cierra los ojos.

                                                     Cristina Marqués, enero 2021  

UNETE



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