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Sobre una planta de menta, recortes y gasto público


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02/11/2011

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Hoy martes, festividad de Todos los Santos (o post-Halloween, según a quien se pregunte), he dedicado la mañana a limpiar el patio y a cuidar de mis plantas. Es un hobby con el que disfruto mucho, porque me relaja y es casi siempre una oportunidad de meditar sobre temas que me interesan.


Esta vez la pauta de la reflexión la he sacado de un pequeño tiesto de menta. La plantita estaba mustia y tenía demasiado mosquito. Tras pensarlo un poco he decidido cambiarla a un tiesto más grande, con mayor cantidad de tierra. Creo que su mal aspecto y la abundancia de insectos se debía a un exceso de agua con relación a una insuficiente cantidad de tierra.

Confío en que, después de haberla trasplantado, la relación entre agua y tierra disponible, rica en nutrientes, esté más equilibrada, se reduzca la cantidad de mosquito atraído por la humedad y que todo ello contribuya a que la planta crezca mejor.

Según hacía esto pensaba que el actual debate sobre la política de recortes adolece de un excesivo dualismo, de una polarización poco razonable.

Por un lado están quienes dicen que los recortes son indispensables para reducir el nivel de deuda pública y dar confianza a los mercados; por otro, quienes sostienen que la política de recortes va a contribuir a que crezcan las desigualdades sociales y no va repercutir significativamente en la recuperación de la economía y del empleo y, mucho menos, del bienestar social (como se sabe, no siempre va parejo al crecimiento de la economía y del empleo).

Mi planta de menta necesita agua pero, si tiene un exceso de agua y poca tierra, el líquido disuelve los nutrientes y no la beneficia, por el contrario empobrece su medio. Si el suelo no tiene nutrientes, ni mucha ni poca agua le servirán de mucho. Es importante que exista un equilibrio entre agua y tierra rica en nutrientes, pero no habrá equilibrio si no hay agua y tierra abonada suficientes, por no hablar de otros aspectos también importantes en su adecuada proporción: luz y temperatura, etc.

Algunos dicen que hablar con ellas también les ayuda pero, en fin, a mi todavía no me han dado una respuesta afirmativa.

Me parece bien que se recorte el gasto público en ciertos aspectos, como ya se viene haciendo (coches oficiales, gastos de representación, campañas y fastos de dudosa utilidad, edificios suntuosos, burocracias ineficientes…); y que se amplíe en otros (educación y sanidad públicas, vivienda social, cuidado del medioambiente, protección frente al desempleo, ayudas a los autónomos y pequeños y medianos empresarios, cultura de emprendimiento e innovación, modernización tecnológica, infraestructuras, etc.).

Y en todos estos aspectos en los que globalmente hay que invertir más, también habrá que distinguir en qué partes hay que poner más dinero y en qué partes hay que reducirlo para que el gasto o la inversión sean productivos. Si no hay una organización eficiente, el resultado será como intentar llenar una bañera sin poner el tapón, o como querer dar la vuelta al mundo en un coche viejo que, además de ir lento, consume y contamina demasiado.

Incluso no me importa pagar más impuestos, vivir con menos y apretarme el cinturón, si eso contribuye a que el medio social y natural sea “más rico en nutrientes” para todos. Si hay que hacer sacrificios, hagámoslos, empezando por quienes más tienen, no por quienes apenas tienen lo justo para vivir con dignidad. Pero hagamos los sacrificios para que los recursos que se liberen puedan ser invertidos de forma productiva y con equidad, no para que unas minorías se lo embolsen -llámense bancos o burocracias públicas, pseudopúblicas y privadas- y luego si te he visto no me acuerdo.

Lo que no quiero es que el dinero público (ni tampoco el privado) se despilfarre, como el exceso de agua en una tierra demasiado escasa, y que, como los mosquitos alrededor de la menta, acabe generando burocracias improductivas, ineficaces e ineficientes; o redes clientelares de empresas que mantienen sus chiringuitos con las ayudas que deberían incrementar su autonomía y sostenibilidad. Tampoco creo en una política pública de bienestar social consumista construida sobre arenas movedizas, es decir en base a un endeudamiento creciente y una economía meramente especulativa.

Si la sociedad se empobrece y se destruye capital a causa de los recortes, mal vamos. Si no se recorta en lo que debe ser recortado porque es improductivo o genera efectos contraproducentes, mal vamos. Y si no se amplía el gasto público y la inversión privada en todo aquello que fortalece la economía, al tiempo que genera bienestar social y sostenibilidad medioambiental, mal vamos también.

¿No sería mejor que partiéramos de la idea de que recortar y ampliar el gasto público no es en sí mismo bueno, malo o contradictorio; sino que depende de en qué y cómo se recorte y/o se amplíe dicho gasto? ¿Por qué es tan difícil para los políticos -y para los medios de comunicación- tratarnos a los ciudadanos como personas inteligentes capaces de entender estos matices?

Llegado el momento, si ese partido o candidato existen, creo que votaré a quienes sepan explicarme mejor en qué y cómo es necesario recortar, y en qué y cómo es necesario invertir el dinero (público y privado) para que los negocios vayan bien,  la gente tenga buenos empleos, no haya más desahucios ni gente sin acceso a una vivienda digna, para que a nadie le falte una educación y una sanidad de calidad, para que el medioambiente sea protegido y todos tengamos tiempo y tranquilidad para cuidar de nuestros semejantes, de nuestros animalitos domésticos y/o de las plantas de nuestros tiestos.

(+ información en www.javiermalagon.com)



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