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Alicante es un libro "Que la tierra te sea leve", Publio Astranio Venusto


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25/01/2021


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"Alicante es un libro" por Miguel Ángel Pérez Oca

Eran tiempos del Emperador Marco Aurelio, la época dorada del Imperio Romano, y en lo que hoy se llama Tossal de Manises, había una bella ciudad amurallada, junto al mar azul y un pequeño puerto, que hoy, anegado, se llama playa de la Albufereta. Su  nombre era Lucentum y le daba entidad también a la comarca que la rodeaba. Lucentum  quiere decir Ciudad de la Luz. Imaginaos la ciudad resplandeciente al sol, con su pequeño puerto donde amarraban barquitos de carga, barcas de pesca y, ocasionalmente, alguna trirreme.

La población contaba con un amplio foro, donde los ciudadanos envueltos en sus túnicas discutían de los temas urbanos. Había unas termas municipales y otras donadas al pueblo por un ciudadano rico, con aspiraciones políticas, llamado Popilio Onyx, donde, ya sin túnica, los lucentinos se aseaban y discutían de deportes, juegos, viajes, mujeres y todo tipo de temas frívolos. Había comercios en las calles, una guarnición en las torres de la muralla, construidas por Tadio Rufo, prefecto de la ciudad. Y tumbas en el camino que llevaba a la puerta de la población, gracias a cuyas lápidas conocemos el nombre y podemos imaginarnos la historia de muchos de sus pobladores y pobladoras.

         Lucentum debió ser en esa época una ciudad pequeña, próspera, provinciana y sin apenas historia. Solo figura en las crónicas de entonces como un jalón en la vía romana que recorría las importantes urbes de Emporium, Barcino, Illice, Cartago Nova... En fin, en aquella época, como aún se dice en la actualidad, “Todos los caminos llevan a Roma”.

         Así que no podemos hablar de importantes sucesos que durante los siglos de esta era histórica tuvieran lugar en Lucentum. Ni siquiera las guerras entre Sertorio y Pompeyo, o las campañas de César dejaron huella en la urbe tranquila y su fértil huerta.

         Solo podemos saber de estos nuestros antepasados gracias a la muerte. Pues es en las lápidas de sus tumbas, a la entrada de la ciudad, donde figuran sus nombres, recopilados por el estudioso Lorenzo Abad Casal, y también hay otras inscripciones, pero estas de gente importante, halladas al azar entre las ruinas de la población o lugares próximos. Y así tenemos los nombres de los duunviros Publio Fabricio Justo y Publio Fabricio Respecto, que presidieron la inauguración de un templo a Juno; del prefecto Tadio Rufo; del finado Publio Astranio Venusto, sevir augustal de Lucentum, muerto a los 23 años, en cuya lápida se ruega al caminante que diga “que la tierra te sea leve”; de Hermeros, que dedica una lápida a la memoria de su esposa Piralide; de Pardo Sagustino, en memoria de su amiga Lucia Bebia Romana; de Sicceia Donata, a su hijo Piero, fallecido a los 13 años; y de los fallecidos Gayo Lolio Rufo, Primigenia Simponiana y un tal Varrón. También se encontró una inscripción en griego, muy deteriorada, que Lafuente creyó que era el epitafio de Amilcar Barca, pero que resultó ser de un marino de Nicomedia llamado Volusio Síntrofo. Durante años, a la entrada de la fortaleza de Santa Bárbara el Ayuntamiento había colocado una pirámide sacada del viejo cementerio de San Blas, con dicha inscripción, que hubo de quitarse al comprobar la pifia de don José Lafuente.

         Resulta triste que de gentes con nombres tan hermosos como estos antepasados nuestros, no se guarde memoria de sus vidas y afanes. No saber qué fue de ellos. Que lazos de sangre pueda haber entre estas personas y los actuales alicantinos. Porque ellos compartieron con nosotros cosas tan importantes como los cielos azules y despejados, las olas mansas de las playas, los paisajes lejanos de esas montañas azules que cercan nuestro paraíso. ¿Cómo llamarían ellos al monte Maigmó, a la Penya Mitjorn, a Carrasqueta, al Cabeço d’Or, la Aitana, el Puig Campana y la Sierra de Bernia? ¿Y el Monte Benacantil? ¿Habrían intuido el parecido de la roca con un rostro humano?

         Yo solo sé que de pequeño iba con mi padre a la Albufereta y veía piedras del antiguo embarcadero romano y escarbaba en lo alto del Tossal para hallar restos de una primorosa cerámica rojiza; y veía al viejo y encorvado padre Belda, rodeado de muchachos que excavaban por allí en busca de la vieja memoria perdida de un pueblo muerto que nos dio el nombre. El padre tomaba notas y comía altramuces. Todavía no había llegado Solveig Nordstrom, la que lo salvaría de los buitres inmobiliarios que ya se frotaban las manos pensando en el dinero que iban a ganar vendiendo parcelas y apartamentos a los “guiris”.



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