Eso de hablar de revolución no es tan nuevo ni tan revolucionario como algunos creen. Hacia el siglo IV antes de Cristo, Platón ya sostenía que las revoluciones derivaban en crueles tiranías cuando los ciudadanos en su pretensión de alcanzar la igualdad política y económica terminaban poniéndose en manos de un líder que los ayudara a expoliar a los ricos. Para Aristóteles la tiranía consistía en una degeneración de la monarquía, que se originaba cuando el gobernante perdía de vista el bien común y terminaba gobernando para él y sus más íntimos amigos y familiares. Y aunque en las revoluciones también vio éste un problema de desigualdad, de forma más realista que su propio maestro no olvidó tampoco que muchas de ella tenían su causa en las debilidades propias de los humanos y los encantos que toda la vida ha poseído el poder. El gran defecto o virtud (pues depende desde donde se mire) de esas visiones que poseían los antiguos sobre el mundo político, obedece a la concepción cíclica que tenían sobre la marcha del mundo y la historia. A sus ojos, aristocracia, monarquía y república se sucedían unas a otras continuamente, y las revoluciones no eran más que la interrupción de una forma de gobierno para comenzar otra ya previamente conocida. Pero en lo sustantivo no había mejora ni progreso. Las categorías de evolución y progreso en los asuntos humanos y políticos, sólo fueron introducidas por el mundo moderno a partir de la Revolución Francesa y posteriormente apuntaladas por Hegel y su discípulo Marx.



