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De ídolos y crepúsculos


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31/10/2011

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Eso de hablar de revolución no es tan nuevo ni tan revolucionario como algunos creen. Hacia el siglo IV antes de Cristo, Platón ya sostenía que las revoluciones derivaban en crueles tiranías cuando los ciudadanos en su pretensión de alcanzar la igualdad política y económica terminaban  poniéndose en manos de un líder que los ayudara a expoliar a los ricos. Para Aristóteles la tiranía consistía en una degeneración de la monarquía, que se originaba cuando el gobernante perdía de vista el bien común y terminaba gobernando para él y sus más íntimos amigos y familiares. Y aunque en las revoluciones también vio éste un problema de desigualdad, de forma más realista que su propio maestro no olvidó tampoco que muchas de ella tenían su causa en las debilidades propias de los humanos y los encantos que toda la vida ha poseído el poder. El gran defecto o virtud  (pues depende desde donde se mire) de esas visiones que poseían los antiguos sobre el mundo político, obedece a la concepción cíclica que tenían sobre la marcha del mundo y la historia. A sus ojos, aristocracia, monarquía y república se sucedían unas a otras continuamente, y las revoluciones no eran más que la interrupción de una forma de gobierno para comenzar otra ya previamente conocida. Pero en lo sustantivo no había mejora ni progreso. Las categorías de evolución y progreso en los asuntos humanos y políticos, sólo fueron introducidas por el mundo moderno a partir de la Revolución Francesa y posteriormente apuntaladas por  Hegel y su discípulo Marx.






Con todo, lo que quería destacar a la luz de los acontecimientos actuales  es que esa imagen del líder salvador que termina convirtiéndose en tirano, ya era conocida por nuestra cultura desde tiempos muy remotos. También en ese subgénero literario llamado “novelas de dictador”,  en el que encontramos obras como Tirano Banderas, de Ramón del  Valle-Inclán´, El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias o La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, hay una  que señala este particular fenómeno. Yo el supremo   es la obra cumbre del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos (Premio Cervantes de 1989), que describe la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, mejor conocido como el Dr. Francia, prócer de la independencia del Paraguay y quien terminará siendo uno de los seres más despóticos de los que ha tenido noticia el continente (y mire que ha tenido).





El Dr. Francia, quien fuera un nacionalista revolucionario, un héroe de la independencia de Paraguay y que contaba con un gran apoyo entre sus conciudadanos, entre otras cosas por atacar tanto a la oligarquía criolla como peninsular y repartir sus tierras entre los campesinos, terminó convirtiéndose en un ser vengativo y sumamente cruel, que, entre otras cosas, controlaba él mismo la salida o entrada a su país de sus compatriotas paraguayos, quienes  debían solicitarle  permiso parar ausentarse del país  y hasta para comprar o vender alguna posesión. Se dice que cuando paseaba montado a caballo por La Asunción no permitía que nadie más transitara por sus calles, y no le temblaba el pulso a la hora de mandar a alguien preso. Incluso llegó a engrillar a uno de los miembros de la familia de quien fuera su novia, por no haberle permitido casarse con ella cuando era joven. Pero aparte de toda esta represión interna, mantenía también una red de espías en el extranjero que le permitía atajar a tiempo las conjuras y las críticas hacia su gobierno.





Todo esto me ha venido a la mente cuando pienso en lo que  se terminó convirtiendo  el Coronel Gadafi, quien de líder antiimperialista de ideas socialistas, presunto sucesor de Nasser y por momentos dirigente fundamental de los países no alineados, terminó convirtiéndose un ser esperpéntico y caprichoso que mantenía a su pueblo desinformado y sometido  a sus más disparatados caprichos y los de su familia.  Esto  parece ilustrarlo muy bien esa imagen caricaturesca que exhibió en sus últimos años, donde se le veía abotagado,  con un rostro deformado por el Botox, oculto tras unos lentes oscuros y   alisándose el pelo como si fuera un ídolo pop; un ser completamente diferente a aquel joven atlético de 30 años que en 1969 fue parte del derrocamiento del rey Idris y aclamado por su pueblo como el  “líder de la revolución”. Como dicen por allí: no hay nada que los antiguos griegos no hayan visto ya.







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