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Por primera vez se estableció un feriado que recogiera tradiciones
confesionales no católicas, señalando un significativo hito en el
reconocimiento a la igualdad de los credos ante la ley.
La moción que permitió que el proyecto
de ley entrara en tramitación, en noviembre de 2006, fue obra de los diputados Enrique Accorsi Opazo, Marcos Espinosa Monardes, Carlos Abel Jarpa Wevar, Fernando Meza Moncada,
Alberto Robles Pantoja, Alejandro Sule
Fernández y Samuel Venegas Rubio. Los menciono expresamente para reivindicar su
aporte a las libertades de conciencia en nuestro país.
El feriado, pese a su
importancia, no quedó como inamovible en la tramitación parlamentaria, sino que
queda a discrecionalidad del día en que corresponda al 31 de octubre, para ser
cambiado a un día viernes o lunes, perdiendo su relación con la fecha indicada.
No se dio por lo tanto la misma categoría que a los feriado religiosos del 15
de agosto, Día de la Asunción de la Virgen,
01 de Noviembre, Días de Todos los Santos, o del 08 de diciembre, Día de
la Inmaculada Concepción, y que tienen una naturaleza esencialmente católica.
En esta situación de movilidad están también los feriados católicos de San
Pedro y San Pablo, en julio, y un tercer feriado relativo a la Virgen, que
corresponde a la festividad del Carmen.
Los otros feriados
religiosos chilenos, corresponden a la Navidad y Semana Santa, que debemos
entenderlos dentro de la generalidad cristiana que incluye a las tres
tradiciones existentes en el país: católica, protestante y ortodoxa. Sin
embargo, pareciera ser que los días Viernes y Sábado Santo, no satisface a las
iglesias protestantes, que consideran la resurrección de Cristo como el hecho
glorificable y trascendente, y no reviven la pasión y muerte como parte de sus
ritos.
El caso es que, pese a las
condiciones de desigualdad, los pastores evangélicos lograron que su credo
pudiera tener un feriado, que recordara el día en que, el padre de la Reforma -
Martín Lutero –, clavara sus 95 tesis en las puertas de la Iglesia del Palacio
de Wittenberg, condenando las prácticas de la Iglesia Católica en la concesión
de indulgencias y otras conductas contrarias a la doctrina legada por Cristo.
Es el comienzo del
movimiento protestante en Europa, que comenzará a extenderse por todo el mundo,
desde entonces. En América Latina hay más de 150 millones de personas que pertenecen
a distintas denominaciones protestantes. Gran Bretaña es el país con el mayor
porcentaje de habitantes pertenecientes a esas denominaciones, en tanto Estados
Unidos es el país con mayor cantidad de habitantes que tienen un credo
protestante (alrededor de 170 millones de personas). Brasil es el que tiene el
mayor número en América Latina (sobre 51 millones), en tanto Guatemala tiene el
mayor porcentaje de su población: 45%.
La historia del protestantismo
en Chile, ha sido la historia de los pobres por asumir su religiosidad desde
una perspectiva diferente a la Iglesia asociada a la conquista, a la colonización,
y a la historia del Chile independiente. Es una historia de exclusiones y
segregación. Sin embargo, también es una historia de hitos que van configurando
de manera creciente, el aporte a la diversidad de pensamiento y de conciencia.
El primero de esos lo
protagoniza Bernardo O´Higgins al autorizar cementerios para no católicos en
Valparaíso y Santiago, en 1819. Dos años después, en 1921, bajo su patrocinio,
llega el pastor bautista James Thomson, para implantar el sistema educacional
lancasteriano, un episodio que abre los desafíos de construir una educación
nacional, justamente al comenzar la República. Thomson inicia también el
trabajo de las Sociedades Bíblicas en Chile. Doce años después llega el Pastor
John Rowland, a trabajar en los cerros de Valparaíso, y tres años después el
inglés y pastor anglicano, Allan Gardiner, comienza un trabajo evangelizador
entre los mapuches.
En 1847, el pastor David
Trumbull, un enorme referente misionero protestante, inicia su vasta labor en
Valparaíso y conforma de Sociedad
Bíblica y la Union Church. Tiempo después forma la Iglesia Presbiteriana de
Chile, en Santiago.
Le seguirán nuevos
pastores que llegan al país, ubicándose en sectores muy populosos, favoreciendo
que hacia inicios del siglo XX, comience
los que el teólogo Humberto Lagos denomina “el
fenómeno social evangélico-pentecostal”. Iniciado el siglo XXI, el censo de
población del año 2002, da cuenta de la existencia de un 15,14% de la población
chilena que se declara evangélico.
Vista la realidad
protestante en el plano de los derechos y en un contexto comparativo de los
derechos y la igualdad ante la ley, el Estado de Chile tiene aún muchas deudas
con las Iglesias Protestantes y con los credos de minorías, como consecuencia
del largo proceso de incompletud de la separación de la Iglesia Católica y el
Estado.
La ley 19.638 que data de
1999, que establece las normas para la Constitución Jurídica de las Iglesias y
Organizaciones Religiosas, presenta muchas falencias y desigualdades, que
favorecen condiciones de privilegios. Esto se ve expresado incluso en la forma
como el Estado trata las distintas confesiones. En muchas instituciones del
Estado, incluso aún se siguen conculcando los derechos de igualdad ante la ley
de todos los credos.
En muchas, o demasiadas
instituciones del Estado, aún se manifiestan acciones amparadas en criterios de
hegemonía, incluso al margen de los derechos constitucionales. Un aspecto
relevante de ello es lo que se manifiesta en las Fuerzas Armadas, por ejemplo,
instituciones que deben expresar necesariamente la integridad de la componencia
nacional, donde, a pesar de la separación del Estado y la Iglesia, al menos así
proclamada constitucionalmente en 1925 y en 1980, aún siguen expresándose acciones
que favorecen condiciones de hegemonía y exclusión.
Resulta doloroso para las
minorías tener que ocultar su fe, para garantizar su carrera profesional, o ser
sometido a obligaciones religiosas castrenses, en contra de sus creencias
religiosas, imponiéndoles cultos y actividades comprendidas dentro de un
arbitrio avasallador y contrario la ley.
En ese sentido, ha
resultado muy estimulante la Circular del 25 de marzo de 2011, del Comando
General de Personal del Ejército de Chile, en que reiteró “el cumplimiento de disposiciones referidas a aspectos religiosos”,
que en lo fundamental estableció la absoluta voluntariedad del ejercicio de la
fe y determina – lo más importante – que los actos religiosos dentro de
unidades militares no constituyen “actos de servicio”. También establece que no
se podrán entregar artículos o elementos religiosos en forma masiva, sin el consentimiento de las
personas que lo reciban, y dispone que el Comando de Bienestar se preocupe de
dar asistencia religiosa dentro de la institución, según el credo de cada
requirente.
Por cierto, ello es un
buen comienzo, no solo para el Ejército de Chile, sino también para las Fuerzas
Armadas en su conjunto. Se consolidará en el tiempo, cuando sea posible
constatar que ningún oficial, suboficial, clase o soldado sea obligado a
realizar actos religiosos, dentro y fuera de los cuarteles, que no correspondan
a su credo o convicciones. De la misma manera, cuando nadie por sus creencias o
carencia de ellas, pueda ver conculcada su carrera militar o su paso a los
altos mandos de la institución. Se consolidará cuando los mandos de la Armada de
Chile asuman que son una institución que requiere homologar sus normas y
prácticas religiosas, en relación a las demás instituciones armadas.
Quienes no tenemos una
identidad teológica y no somos parte de
ninguna opción confesional, en virtud de lo cual tenemos también una calidad de
minoría de conciencia, saludamos los logros en sus derechos y la trayectoria de
esfuerzo y convicciones de quienes se aprestan a celebrar su día, el 31 de
octubre. Con ellos compartimos la opción por la igualdad ante la ley, las
demandas en contra de posiciones excluyentes, y el deseo de una ley de cultos
justa en todos sus alcances. Compartimos también la voluntad de respetar y
hacer respetar todas las opciones de conciencia, todas las creencias y
concepciones sobre la vida y la muerte, que corresponden al ámbito íntimo de
cada persona, respecto de cómo entiende y construye su lugar en la vida, en la
sociedad y en el mundo.