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República de partido


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18/11/2020

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Carece de originalidad decir que la monarquía en los tiempos que corren es un anacronismo histórico, máxime cuando, por otro lado, se ha establecido la democracia como fórmula para gobernar. Dicho esto, en principio, su presencia en el panorama político no tendría sentido, pero si se entra en la realidad de la democracia fabricada por la burguesía revolucionaria para la ocasión y continuada por el capitalismo para la tranquilidad del mercado, ya no sería así. No lo sería porque de democracia tiene poca cosa. A lo que hay que añadir que en política siempre juega el sentido de oportunidad, que hace posible que las ideologías caminen por un lado, mientras la realidad se impone por otro.

La democracia, que solo con el nombre parecería ser cosa de todos, en el plano efectivo ha resultado serlo de unos pocos. Estaba claro desde sus comienzos burgueses que el pueblo elegía a sus representantes pero no gobernaba. Función que quedaba reservaba a una minoría dirigente que lo hacía a su saber y entender, siguiendo las directrices del partido que la había colocado en el sitial con el visto bueno de los que daban su opinión en las urnas. De ahí se deduce, pese a la parafernalia política diseñada para la ocasión, que el elitismo tradicional sigue vigente en los nuevos tiempos, con lo que la democracia no es otra cosa que un adorno político para seducir a las masas. Con democracia, el culto a las elites políticas no ha perdido brillo, aunque estas sean temporales y electivas, mientras el pueblo ha pasado a ser la comparsa. En definitiva, no ha dejado de ser visto, salvando la metáfora, como aquel antiguo rebaño que, pese a su carácter manso, permanentemente debe ser conducido debidamente a los terrenos de pasto para evitar que se descarríe.

Resulta de lo anterior que en la práctica, con el arribo de la modernidad política, solo cambia el modelo de elite, que pasa a ser de hereditaria a electiva y de vitalicia a temporal, pero el elitismo de fondo se conserva. Con lo que, en el caso de la monarquía, si en principio pudiera parecer fuera de lugar ya no lo es tanto. Por otro lado, respetando su carácter, hay que operar con la realidad histórica, jugar con las opciones posibles, y en este caso, vistas anteriores experiencias, el papel que hoy representa la monarquía española está plenamente justificado por razones de oportunidad política, entre ellas para no remover viejos rencores. En cuanto a la república, primero, no la acompaña por el momento la característica de oportunidad y, segundo, conviene aclarar que el papel del pueblo no va a variar, ya que al igual que sucede con la democracia al uso, parece un logro político pero es más de lo mismo, aunque cara al tendido no lo aparente.

Aprovechando la coyuntura de su acceso al poder, el combinado de izquierdas, que parece haber olvidado que está ahí no solo por la voluntad popular sino porque le ha dado el visto bueno el alto empresariado capitalista, quiere dar ánimos a sus seguidores y cosechar votos. Los herederos de aquellos que desplegando su espíritu contestatario corrían a todo correr delante de los grises, los que alzaban el puño en la clandestinidad y gritaban aquello de ya verán cuando lleguen los nuestros, resulta que ya están donde querían, pero como si nada, porque están obligados a ser fieles al sistema. De ahí que haya cierto grado de decepción entre quienes les han votado y que se dicen de izquierdas y anticapitalistas, pero se nutren del capitalismo, de sus imágenes virtuales, de las redes que les sirven las multinacionales, de su dinero, del bien vivir, incluso no renuncian al lujo ni al alto standing, si se les pone al alcance de la mano. Vamos que, aun declarándose anticapitalistas en su mayoría, tratan de vivir al ritmo que marca la sociedad capitalista; lo que parece razonable, aunque resulte contradictorio a primera vista. No obstante, para mantener los ánimos de los seguidores, hay que hacer algo de ruido, dar un poco de bombo y tocar los platillos, al objeto de dejar constancia de su presencia. La cosa está clara, se trata de aprovechar la ocasión que brinda lo de estar en el poder y el barullo de la pandemia, pero, sobre todo, porque ahora tocan a república, simplemente la quieren poner de moda y explotar el negocio para incrementar la rentabilidad del partido.

Siguiendo la línea de la democracia representativa, lo que se propone es apear una elite para situar en su lugar otra elite de grupo con una cabeza visible, más o menos electiva, pero en definitiva elite—la suya—. Se trata de un producto político para satisfacer las ilusiones de algunos desencantados, que se pretende imponer utilizando la puerta falsa, es decir, sin consultar a la ciudadanía. Una república de partido, ya sea en su modelo federal o unitario, en la práctica iría más allá de la cuestión formal, de los nombre sonoros, del electoralismo, porque además de liquidar el llamado Estado de Derecho unitario abriría el horizonte de negocio a los caciques locales para que, ya sin un superior jerárquico al que dar cuentas, puedan mangonear libremente en su territorio a sus respectivos vasallos —que no ciudadanos aunque se hable de modernizar—, e incluso lleguen a tener la ocurrencia de emprender la reconquista territorial moderna. Lejos de tomarse el camino del progreso, vistas las intenciones del proyecto, la vuelta al pasado de los personalismo dirigentes locales es inevitable, aunque se asista de todo un arsenal jurídico y tecnológico dispuesto para maquillar la situación real ante sus nuevos servidores.

Esta propuesta de república que tiene el sello de partido, no es más que tratar de aprovechar una posición ocasional en el plano institucional para dar aire a una ideología. Algo más evidente es que al amparo de la realidad propia del mandar, que ha traído como consecuencia indeseable la pandemia, y de la pasividad de la ciudadanía afectada por este problema de fondo, se trata de poner de actualidad viejas reivindicaciones para sacar provecho electoral. De ahí que lo más sensato sea dejar las cosas como están, puesto que la monarquía del Estado de Derecho aporta algo fundamental para la marcha política del país como es la estabilidad institucional. Por otra parte, abordar un proyecto republicano con coherencia supone hacerlo en términos de colectividad y de unidad, ateniéndose al sentido de oportunidad general. Un tránsito de monarquía a república en la actualidad de tendencia partidista no pasaría de ser, además de improcedente e inviable, totalmente inútil para la ciudadanía. En tales términos, ya sea monarquía o república, resulta indiferente.

Para ser innovador y coherente se requeriría como paso previo acceder a una democracia real que pusiera fin al elitismo, y donde efectivamente la ciudadanía se autogobernara, pero no lo es tanto que continúe al servicio de una minoría dirigente del signo que sea. Por el momento tal posibilidad parece remota, ya que no combinaría con los intereses de la elite del poder económico internacional dominante. De manera que colocar en escena una república de partido dirigida a cambiar el rótulo del Estado, con las consecuencias políticas que la acompañan, no parece lo más prudente.



Antonio Lorca Siero



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