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Impresiones desde Irán. Día 2++: Reencuentro 27 años después


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28/10/2011


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[Un amigo iraní afincado en España ha vuelto al país del que tuvo que exiliarse tras la revolución islámica. Asuntos familiares le devuelven a la tierra de los ayatolás y de Ahmadineyad, y desde allí me envía sus impresiones, que, con el disfrute de su permiso, reproduzco en este espacio a título personal y con cierto retardo para evitarle al protagonista cualquier tipo de complicación:]






Yo quería aprovechar y contactar con un amigo al que no había visto desde hacía 27 años cuando estudiábamos en Inglaterra. Él no sabía que yo había regresado a Teherán, ni se lo podía imaginar. Nos habíamos «mensajeado» un par de veces a través de algún medio social, pero como las conexiones de internet en Irán son bastante erráticas, era difícil mantener un contacto fluido. Había conseguido el teléfono de su casa a través de otro amigo que vive en los Estados Unidos, y le había pedido que no le dijera nada para mantener la sorpresa.





Por la mañana había llamado a su casa y su mujer me había dicho que estaba en su consulta. Me había presentado como un viejo amigo, sin decir mi nombre, algo que no es de muy buena educación pero la situación lo requería. La esposa me facilito el teléfono de la consulta y sin más nos despedimos. Ahora venía la parte difícil: cómo conseguir que su secretaria me pasara con él sin que le diera mi nombre. Pues simplemente diciendo la verdad: llamé, pregunté si podía hablar con «aghaye doctor» (señor médico) y cuando me preguntó que de parte de quién, le pregunté si le importaba que no me identificase, ya que era un antiguo amigo y le quería dar una sorpresa al «aghaye doctor». Lo admitió sin rechistar y me pasó con él. Es difícil expresar en palabras la intensidad de lo que ocurrió en los siguientes minutos. Evidentemente me hice el remolón a la hora de decir quién era, y él creo que tenía sus neuronas a plena máquina intentando averiguar quién le estaba tomando el pelo, hasta que no pude más y entre, la risa y la emoción, me identifiqué. El estallido fue descomunal. Tuvo que abandonar su consulta unos instantes para mantener las formas ante algún paciente que estaba atendiendo. Como no era el mejor momento, quedamos en que hablaríamos posteriormente, pero antes de colgar me comentó que tenía que emprender un viaje hacia el norte y no dudó en invitarme a que le acompañase. Yo dudé un instante pensando en ese hábito iraní, el «tarouf», que básicamente supone ofrecer algo por educación y no porque realmente lo quieras, y, a la inversa, rechazar algo aunque realmente lo desees, también por educación; y llegué a la conclusión de que no podía desperdiciar semejante ofrecimiento y oportunidad para visitar una de las zonas mas bellas de Irán, a orillas del Mar Caspio; y además, los dos nos habíamos educado en Inglaterra y supuestamente no entendíamos ese concepto, así que le dije que le acompañaría encantando siempre que los compromisos que habían motivado mi viaje a Irán lo permitiesen y que no fuera una molestia, a lo que me respondió que de ninguna manera era una molestia, que viajaba para supervisar las obras de una nueva casa que se estaba construyendo y que aprovecharíamos el camino para ponernos al día de nuestras vidas. En cualquier caso lo organizaríamos tan pronto como ambos tuviéramos claras nuestras agendas.





Yo ya sabía que no tenía nada importante que hacer hasta la semana siguiente, por lo que contacté al poco con mi amigo para cuadrar agendas. Me dijo que tenía planeado salir de viaje la tarde del día siguiente y que si iba a poder acompañarle, a lo que le respondí que sí sin más. Luego le propuse que nos viéramos antes del viaje aunque fuera para tomar un té, ya que no me parecía del todo ortodoxo meterme en el coche de alguien que no había visto desde hacía 27 años, viajar con él 450 kms. y quedarme en su casa dos noches sin ni siquiera verle la cara antes.





Y aquí teníamos un dilema: dónde quedar en una ciudad tan inmensa. Yo le pedí que me facilitara su dirección para que pudiera coger un taxi. Él me preguntó dónde me hospedaba y, tras unos instantes de confusión –aquí hay un poco de follón con las direcciones, ya que tras la revolución islámica, el Gobierno cambio el nombre de casi la totalidad de las calles, pero todavía hoy muchísima gente se refiere a ellas por su vieja denominación, incluso personas que ni siquiera habían nacido entonces–, nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en la misma calle, él al principio y yo al final de la misma, y que apenas nos separaban unos 3 o 4 kilómetros. Créeme, esa casualidad roza el milagro en esta ciudad, ya que nos podía haber separado fácilmente un viaje de dos horas, como te comenté para el trayecto al Registro de la Propiedad.





Sin más preámbulos le dije que estaría ahí tan pronto como me llevara un taxi y salí pitando de mi habitación en busca de uno, que por aquí es bastante fácil: se lo dices al portero del hotel y en un instante tienes un vehículo a tu disposición, solo para ti, para que te lleve donde sea; eso sí, a un precio que supera en diez o veinte veces el transporte público habitual: autobuses, taxis compartidos que recorren trayectos preestablecidos y la inevitable caminata.





El reencuentro fue prodigioso. Nos metimos en su consulta y nos pusimos de inmediato a recuperar el tiempo perdido. Como no podía ser de otra forma en casa de un iraní, al instante me trajeron un plato de mi comida favorita, "chelo kebab" (arroz blanco con carne picada hecho al fuego), que devoré con entusiasmo entre risas, carcajadas y momentos de melancolía.





Como empezaron a llegar pacientes, le dije que me iba a marchar para no molestar, a lo que replicó que no era ninguna molestia y que me podía quedar el tiempo que deseara; y es que hay costumbres que perduran en un iraní no importa el tiempo que hay vivido fuera. Me sonreí, le di las gracias por todo y me despedí cordialmente de él y de las dos señoritas que aguardaban pacientemente para hacer entrar a los pacientes.





Regresé, tal como me había sugerido mi amigo, al hotel andando; eso sí, la mochila bien posicionada y atada a la espalda; no sé si le preocupaba la seguridad de mi mochila o la salud de mi columna, que es lo que a él le atañe profesionalmente.





Al hotel, a descansar un poco, a repasar el correo electrónico, a escribir a unos amigos y a las 19:00 horas coger un autobús para subir a la plaza de Tajrish, en el norte de Teherán, para encontrarme con mi primo y su mujer e ir a cenar. Voy en autobús para ahorrarle el viaje de venir a buscarme y volver a subir otra vez por donde había venido, o sea, la friolera de 2 horas.



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