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Hace algún
tiempo escribí sobre los tres síndromes que atenazan al presidente Sánchez: el
síndrome de Estocolmo, el de Medea y el de Diógenes. Pero de todos ellos es
este último el que más me preocupa porque ya no tengo dudas. Recuerden que el
síndrome de Diógenes “es un trastorno del comportamiento que se caracteriza por
el total abandono personal y social, así como por el aislamiento voluntario en
el propio hogar y la acumulación junto a él de grandes cantidades de basura y
desperdicios…”.
Ese
trastorno de comportamiento abarca cuatro facetas que mantienen
prisionero al presidente. La primera, y más importante, es la que se refiere al
trastorno de comportamiento que le ha llevado a la mentira permanente y a la
paranoia más vulgar; él todo lo hace bien y la culpa es de los demás. Todo un embustero visceral disparando al aire a ver si
alcanza a alguien. No piensen que hemos olvidado la urna de Ferraz con la que
no pudo culminar su treta: se coge antes al ladrón que al cojo. Y como siempre
hay algún listo no tardará en aparecer el que moje su pan en la salsa. Por eso
decía Manuel Fraga Iribarne que “Jesucristo tendría buenos medios de
información y, sin embargo, le salió un Judas”.
La segunda
faceta del trastorno es la que se refiere al abandono social y personal. Bien
es verdad que en lo personal ha sido un aprovechado de la mentira, pero en lo
social es donde ese abandono es clamoroso: ahí tienen el estado de las
residencias de mayores tras declararse
el Gobierno como único responsable desde el 19 de marzo. Tuvieron que comprobar
Sánchez e Iglesias la ineficacia, ineptitud e incompetencia de su
Gobierno para autorizar a las comunidades autónomas a buscar material sanitario
en el infernal mercado exterior. Ahí se demostró que estaban más descentrados
que un pulpo en la lápida de un cementerio. Ese mismo abandono social se dejó
ver en la huida del primer acto a los fallecidos por la covid-19; como el
gamberro que es y el gaznápiro que demuestra, le organizaron una “orgía”
en Portugal para evitar a Felipe VI; no ha olvidado que en el último homenaje a
las fuerzas armadas fue el destinatario de todos los silbidos e insultos de la
ciudadanía. Y eso no lo puede soportar su deteriorado “ego”. Tan solo faltó el
presidente al homenaje a los fallecidos. Ya decía Quevedo que nadie ofrece
tanto como el que no piensa cumplir. El segundo homenaje ya fue un clamor
popular y no pudo inventarse ninguna treta pueril.
Respecto al
aislamiento voluntario -- que sería esa tercera faceta del síndrome de
Diógenes-- no hay más que echar mano de la eliminación de la página de
transparencia, de las nulas explicaciones tras el Consejo de Ministros y el
temor a ser preguntado por el informe que acababa de terminar la Fiscalía de
Estados Unidos con el apoyo de la DEA. En aquellos días estaba preparando dos
órdenes de búsqueda y captura internacional contra dos presuntos delincuentes
nacionales, uno es José Luis Rodríguez Zapatero, alias “ZParo”, y el otro es el
“marqués” de Galapagar: un tal Iglesias Turrión, cada vez más cercado por la
legislación internacional y por el informe de William Barr. El presidente
y muchos miembros de su Gobierno se han pasado por el arco del triunfo la luz y
hasta a los taquígrafos: es lo que se llama “la mochila del impresentable” o “equipaje
de prisión”.
Y vamos con
la cuarta y última faceta del síndrome que nos ocupa. Me refiero a la
acumulación de grandes cantidades de basura y desperdicios. Viendo cómo
han actuado los diferentes ministros durante la covid-19, y cómo actúan, no le
va a ser fácil al presidente librarse del síndrome porque está rodeado de
grandes desperdicios, negados especialistas, contradictorios ministros,
mentirosos papanatas e irrespetuosos personajes. Son tan torpes que nada
solucionan y utilizan la estupidez como arma; el acuerdo con Bildu en Navarra;
los encapuchados de Bolivia; las mentiras de Sánchez a diario; el plagio de la
tesis; la inutilidad para aclarar el caso de las niñas violadas en Baleares; el
ocultamiento de la sentencia de los ERE; las compras fraudulentas de
mascarillas con facturas infladas; la nula protección de los trabajadores del
sector sanitario; la desprotección y órdenes atentatorias contra los mayores en
residencias; el caos de los ERTE; la insuficiencia del IMV…. Y así escándalo
tras escándalo sin aclarar mientras se destroza el escudo social.
Toda esa
porquería que ha atesorado Sánchez y de la que está haciendo acopio Iglesias,
hace que veamos a ambos como acumuladores de porquería, con claro síndrome de
Diógenes. Se han acostumbrado a hacer apostolado del engaño y van a tener a la
calle enfrente: ¡A la calle no hay quien la calle! Las golferías y la porquería
atesorada hace ya insoportable el hedor y de éste se ha hecho eco el fiscal
general, William Barr, quien intenta sanear la fuerte infección extendida en
Moncloa. Recientemente la prensa holandesa hablaba de “Gobierno español de
fracasados, con imborrable tinte de acomplejados”.
En fin, como
siempre, dirán que la culpa no es del Gobierno. De momento lo será del PP y de
la extrema derecha por atreverse a hacer preguntas incómodas al Gobierno,
incluso por votar en Bruselas a favor de la transparencia. Y, por
supuesto, también lo será de Francisco Franco porque para eso, año tras año,
cobran la paga extra del 18 de julio.