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Productividad, eficacia, eficiencia, pero ¿existe sólo una racionalidad económica?


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28/10/2011

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Hace unos días regresaba a casa con mis hijas después de comprar el pan. Al pasar por unos soportales, mis hijas salieron corriendo desviándose un poco del camino, para ir a jugar entre las columnas y las escaleras de ese lugar :”¡Papá, nosotras vamos por aquí! ¿vale?”, me gritaron, avanzando en dirección hacia nuestra casa por una ruta distinta a la mía.


“¡Pero chicas, si vais por un camino más largo! ¡Os vais a cansar más!”, les dije y, como es natural, no me hicieron caso. Como era de prever, llegaron antes que yo -”¡Papá a que te ganamos!”- y menos cansadas, aunque su camino fuera más largo y lo hubieran recorrido a toda velocidad.

Este episodio tan cotidiano me dio que pensar acerca de la racionalidad que aplicamos para juzgar cual es la estrategia más correcta o eficaz para obtener un resultado.

Para mí, lo importante era recorrer el camino más corto, de modo que pudiera llegar a casa cuanto antes y con el menor consumo de energía posible.

Para mis hijas también era importante llegar, pero ellas no veían contradicción entre llegar y divertirse ¿tardaron más? no, pero aunque lo hubieran hecho, ¿acaso tardar menos era lo más importante?, ¿se cansaron menos? no estoy seguro, pero creo que eso tampoco no les importaba demasiado.



En cambio, lo que sí les importaba era no aburrirse; lo que les satisfacía era explorar rutas alternativas, evitando el tedio de hacer siempre lo mismo.

En mi trabajo como profesor y como consultor en comunicación de las organizaciones, me encuentro a menudo con que lo aparentemente “correcto” es lograr el máximo rendimiento, con el mínimo gasto energético y de recursos en el mínimo tiempo posible. Productividad, eficacia y eficiencia son las palabras mágicas que se utilizan para referirse a esta lógica que representa un tipo de racionalidad económica, pero que no es la única posible, ni tan siquiera la única deseable.

Hace no mucho, un colega consultor me enseñaba con orgullo un análisis que había efectuado sobre los movimientos que hacía una limpiadora de hotel cada vez que tenía que arreglar una habitación. Primero había registrado y medido los movimientos y tiempos que realizaba espontáneamente; y luego había diseñado un procedimiento que maximizaba los resultados reduciendo el número de movimientos y el tiempo que tardaba en ejecutar cada uno de ellos.

El trabajo de este consultor era, sin duda, excelente dentro de las prácticas de reingeniería de procesos al uso. pero me fui pensando que en su proceder, típicamente taylorista, había algo que podía traerle complicaciones, quizás un déficit de comprensión del grado de complejidad sistémica que nos diferencia a los seres humanos de las máquinas.

Para averiguarlo, pensé para mí que no estaría mal experimentar en la propia carne qué consecuencias tiene arreglar habitaciones día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, siguiendo un esquema de funcionamiento “maquinal”, en el que lo importante sea siempre la máxima productividad, eficacia y eficiencia en segmentos de tiempo homogéneos y relativamente cortos.

Tengo muchas dudas de que este modo de organización del trabajo logre lo que pretende, si no deja margen no ya a la “irracionalidad”, sino a otras racionalidades que también son económicas, pero distintas en sus fines y sus medios.

Esa lógica maquinal es la que opera, por ejemplo, con las pastillas de freno de mi coche: las pongo nuevas y las utilizo conforme a un patrón de eficiencia hasta que se desgastan y las cambio por otras. Esa lógica opera también en muchos mercados de trabajo, en los que al trabajador se le exige rendir conforme a una lógica maquinal, de modo que cuando el trabajador se desgasta se cambia por otro  y a seguir rodando.

Este modelo, además de ser éticamente discutible, tiene como es sabido grandes costes emocionales y de salud para los trabajadores (y los directivos y los empresarios), costes que se externalizan para que sean las personas a título individual, sus familias o el Estado quienes los asuman.

Es posible que a corto plazo la limpiadora del hotel tarde más y haga más esfuerzo para arreglar una habitación. Pero es posible que a largo plazo la relación coste-beneficio sea más sostenible, por lo menos para ella, orque a diferencia de las máquinas, los seres humanos nos frustramos y nos aburrimos haciendo repetitivamente un conjunto limitado de tareas, durante tiempos uniformes y prolongados.

De hecho, la sustitución constante de seres humanos por máquinas es una forma de eliminar la disfunción que los sentimientos humanos introducen en la racionalidad económica del modo de producción capitalista.

Las distopías que fantasean con un futuro de “máquinas sintientes” lo que ponen de relieve es la pérdida de control de los seres humanos sobre máquinas cuyos sentimientos rompen con la previsibilidad y uniformidad de su funcionamiento.

En otras palabras, que las máquinas puedan tener sentimientos no las hace más perfectas y eficaces desde el punto de vista de su productividad, eficacia y eficiencia, sino más disfuncionales con relación a los fines con los que fueron fabricadas.

A mis hijas no les importaba andar más, tardar un poco más e invertir un poco más de esfuerzo en llegar a casa, porque necesitaban divertirse, jugar, explorar rutas nuevas, romper con la rutina y la uniformidad del paisaje que supone tomar siempre el mismo camino, aunque éste sea el más corto y “racional”.

Quizás a la limpiadora del hotel le pasara algo parecido: la aparente ineficiencia de su conducta puede que sea una manifestación de la inteligencia sistémica de un organismo vivo complejo, que sufre y se deteriora como consecuencia de la rutinización extrema de su actividad laboral; y que a través de una aparente conducta caótica o irracional consigue mantenerse en equilibrio a largo plazo.

Productividad, eficacia y eficiencia no son, como a menudo se piensa, conceptos meramente técnicos. Para que sean operativos deben apoyarse en una previa definición de los fines y de su relación con los medios para lograrlos. Y es ahí donde está el meollo del problema, que no es técnico ni meramente económico, sino también político, cultural y antropológico como mis hijas pudieron enseñarme sin, creo yo, pretenderlo.

(+ información en www.javiermalagon.com)







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