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Anticapitalismo como negocio


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09/11/2020

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Hay un anticapitalismo ideológico de naturaleza crítica y otro simplemente especulativo. Mientras que el primero suele ser ignorado, el segundo concentra la atención del auditorio y se ha apropiado del título. Endeble en sus métodos de actuación, porque se nutre de verborrea para la ocasión y se muestra alejado de la efectividad, resulta que es el que se impone actualmente para goce y disfrute del propio capitalismo. Básicamente el tema ha quedado orientado a que ciertos grupos busquen obtener simple provecho comercial utilizando el rótulo, mientras otros vayan más allá para ganarse un puesto en el terreno político. A tal fin se trata de montar algo de barullo siguiendo la batuta de líderes para la ocasión, animados en todo momento por imágenes llamativas como instrumento de promoción social, pero sin aportar nada efectivo para el anticapitalismo crítico. Y es que poco más se puede hacer, porque en los tiempos que corren la propuesta de liquidar el capitalismo, aunque solo fuera como ideología. no pasa de ser una insensatez.

Desviada la cuestión hacia alternativas demagógicas, la actividad especulativa se viene reduciendo a dar vueltas en círculo sobre el mismo tema. Tampoco lo de poner límites a la actividad de los productores del capitalismo aportaría originalidad a esta tendencia, puesto que siempre se ha demandado una respuesta social frente a la propensión depredadora de las actividades capitalistas que abusan de sus posiciones de poder. El hecho es que una gran mayoría de personas es consciente de la mala praxis de algunas empresas fieles al dividendo a cualquier coste, pero la contestación no ha pasado de ahí, simplemente se lamentan de ella, pero les siguen el juego. Por otra parte, lo de ser anticapitalista ha perdido atractivo y apenas cuenta con seguidores en la sociedad del espectáculo, simplemente porque muchos lo consideran pasado de moda. De ahí que el tema del anticapitalismo especulativo, sea radical o descafeinado, ha ido decayendo entre la gente a medida que avanzaba el consumismo y ha quedado reducido precisamente a rótulos periodísticos. Salvando su utilización para hacer carrera política de izquierdas, podría decirse que ha buscado refugio en este plano comercial porque todavía vende, aunque relegado su papel a servir de cabecera editorial, lo que quiere significar que es una pieza todavía utilizable en el negocio mediático. En cuanto al personal sin ambiciones políticas, esto de ser anticapitalista frecuentemente se reconduce a autoadherirse una simple etiqueta para estar en la órbita de un sector de moda, cuya clientela solo busca animación y subsiste tratando de promocionar sus canciones que suenan a música de otros tiempos, con arreglos de última hora.

En cualquier sociedad siempre hay descontentos frente a las desigualdades que ha creado el empresariado capitalista, generalmente porque han perdido el tren de las oportunidades. Igualmente aspiran a hacer notar su presencia aquellos que viven para el incordio, a la espera de que junto con otros de su mismo estado se les saque las castañas del fuego y, al amparo del grupo, procurarse algo de algarabía para satisfacer así sus pequeñas aspiraciones personales. Unos y otros se promocionan como material aprovechable para entregarse a la acción bajo la pancarta antisistema. Aquí vale todo, con tal de que meta ruido e incomode a la mayoría. Quienes carecen de individualidad perdidos en el rebaño se presentan como objetivo de adhesión. Desde este otro planteamiento del negocio anticapitalista, los más avispados aspiran a alcanzar distinción para ser remunerados en términos de poder, al amparo de la consigna grupal. Exigen distinción, y a tal efecto se promocionan con rituales a la moda para destacar la imagen, utilizando cualquier elemento formal asociado a la diferencia, simplemente para llamar la atención de las masas. En realidad de lo que se trata es de buscar el simple reconocimiento social, a través de lo que sea llamativo en el momento. El negocio en estos casos es ocupar un lugar en la diferencia para ejercer influencia y esperar que les toque algo más en el reparto, y es ahí donde se sitúan los que lo utilizan con pretensiones políticas.

Entre los autoseñalados como anticapitalistas más significados están los encargados de transformar la ideología contrasistema en mercancía dispuesta para la venta. Este anticapitalismo puramente especulativo es el que en el momento actual concentra la atención. La actividad mediática suele ser el puesto de mercado apropiado para promocionarlo, porque desde el monopolio de la difusión con el que cuentan es sencillo imponer sus versiones y venderlas en exclusiva. Lo primero, contando con empleados fieles al gremio a los que se procura un nombre comercial y, lo segundo, porque nunca faltan seguidores que asumen las ocurrencias del momento como una forma de aliviar sus ratos de ocio. El grupo promocional vive del negocio asociado a la mercancía, en este caso de la publicidad que transmite el medio, complementado con las subvenciones y las aportaciones de sus simpatizantes. Se trata de otra fórmula de explotación económica similar a la de cualquier empresa capitalista, dado que de no ser por el tema del capitalismo, aunque sea desde el otro lado, el negocio dejaría de existir. Junto a lo estrictamente comercial coexiste esa otra dimensión no menos comercial, que no reside solamente en la difusión social de la ideología, sino que está dirigida a construir grupos de influencia para, desde allí, tratar con el poder y venderle su colaboración. Un ejemplo significativo ha venido a raíz de la situación de crisis generalizada provocada por lo del virus, en la que este anticapitalismo controlado ha mostrado su vinculación al al poder político y al capitalismo. Se ha limitado como los demás a seguir el juego mediático, quedándose con las imágenes, siguiendo las tesis oficiales sin incordiar lo más mínimo, condenando a la conspiranoia cualquier intento de aclarar la situación, censurando y haciendo cumplido uso de la mordaza en el caso de discrepancias de opinión en torno a la versión oficial de la pandemia.

Hablar del anticapitalismo como negocio —a esto ha sido reconducido— es hacerlo de la actividad de quienes predican la oposición al capitalismo para tratar de vivir como capitalistas o de aquellos que pretenden obtener un salario trabajando la mercancía. En definitiva nada serio, y los representantes del capitalismo lo saben. Puesto que los anticapitalistas sueñan —como casi todos— con las ventajas sociales que procura el dinero, que es el lenguaje clave del capitalismo, este último, desde el empresariado, no tiene la menor reticencia en incluso promocionar tal ideología para mantener a los disidentes bajo el control de los operarios mediáticos y prevenir las discrepancias que puedan comprometerle. De esta manera hay que hablar de ese anticapitalismo controlado que sirve de referencia en el panorama actual, siempre necesario en el marco de un sistema que alienta la pluralidad inofensiva.

El anticapitalismo de rótulo no ha quedado reducido a tales etiquetas, como un producto más de expresión de la pluralidad controlada del sistema, se ha hecho extensivo más allá de quienes viven directamente del nombre. Por ejemplo, empresas y política obtienen sus respectivas cuotas de participación en el negocio. Las empresas capitalistas sectorialmente aparecen como perceptoras de las rentabilidades económicas de la actividad material que procura la promoción que hacen los anticapitalistas de vivir a la moda anticapitalista, ya sea en el sector textil, del estilismo, los eventos, el mediático o el cultural. En la vertiente política, colocarse la etiqueta anticapitalista es apropiado para darse cierto brillo progresista y controlar a los disidentes, ya que sus dirigentes, debidamente subvencionados y comprometidos con los intereses del poder, están en disposición de manipular a conveniencia a su colectivo y llevarlo en la dirección electoral que convenga. De esta manera, debidamente agrupado el anticapitalismo como tendencia, puede servir de complemento de la propaganda y ser utilizado a gusto del promotor, bien provocando pequeñas explosiones sociales controladas, sirviendo como colaborador directo e indirecto de la doctrina oficial de cada momento o aportando votos. En definitiva, que se mire por un lado u otro, este anticapitalismo comercial es un negocio rentable para cualquiera que sepa aprovecharlo.

Antonio Lorca Siero



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