La perversión ideológica del lenguaje (I): Conspiranoia y "negacionismo"

Don Miguel de Unamuno afirmaba, con su habitual agudeza, que “el lenguaje no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo”. Por ello, de entre toda la gama de instrumentos de que las ideologías hacen uso para prevalecer unas sobre otras, el lenguaje no es, ni mucho menos, uno más. Dominar el lenguaje de un ser humano no es otra cosa que dominar su pensamiento. Ello explica que, más allá del premeditado esfuerzo que se viene llevando a cabo en los últimos años para empobrecer, lo más posible, el lenguaje y, con ello, el pensamiento de las personas, la lucha por la acuñación de nuevos términos esté más en boga que nunca antes.


. Por ello, de entre toda la gama de instrumentos de que las ideologías hacen uso para prevalecer unas sobre otras, el lenguaje no es, ni mucho menos, uno más. Dominar el lenguaje de un ser humano no es otra cosa que dominar su pensamiento. Ello explica que, más allá del premeditado esfuerzo que se viene llevando a cabo en los últimos años para empobrecer, lo más posible, el lenguaje y, con ello, el pensamiento de las personas, la lucha por la acuñación de nuevos términos esté más en boga que nunca antes.
Con el presente escrito abro una serie de artículos que tendrán este fundamental asunto, la perversión ideológica del lenguaje, como hilo conductor. En este caso, abordaremos el tema de los “negacionistas”, que, según parece, constituyen un subgénero particular dentro de la especie de los “conspiranoicos”.

Todos sabemos cuán insoportables y pretenciosos pueden llegar a ser estos seres —por regla general (¡esperemos que alguna universidad se decida a hacer un estudio sobre el porqué de ello!), hombres—, cuyo obsesivo afán por “escaparse del rebaño” les lleva, en ocasiones, a atribuirse a sí mismos una insufrible condición de iluminados. Sin embargo, a los “conspiracionistas”, más allá de lo delirantes que puedan llegar a resultar, cabe atribuirles, al menos, el mérito de comprender que, bajo la reluciente superficie de informaciones y propaganda que promueven los medios de comunicación de masas, tras todo ese entramado que constituye el “discurso ideológico oficial”, el “mainstream”, deben de existir toda una serie de intereses ocultos que, para la mayor parte de las gentes, pasan totalmente desapercibidos.

Tal convicción es de primero de maquiavelismo, es decir, de primero de política. Y, dado que nos hallamos en un mundo cada vez más cercano a hacer cierto el eslogan “todo es política”, pensar maquiavélicamente es más ineludible que nunca antes.

No obstante, el problema de que adolecen la mayor parte de los “conspiranoicos” es que quieren pensar, pero no saben cómo. Las causas pueden ser muy diversas: desmedido fanatismo, exceso de soberbia, indisciplina a la hora de estudiar (lo cual, si bien no enseña, ayuda mucho a poder pensar con cierta coherencia). Sea como sea, muchos de estos “conspiracionistas”, aun llevados por la intención de encontrar la verdad sobre las cosas, acaban replicando la inopia y la barbarie que pretenden combatir. Y es entonces cuando el “mainstream”, el “discurso oficial”, los utiliza en su propio beneficio: éste es el caso de los “negacionistas”.

Porque sí: cualquier persona con dos dedos de frente ha de verse forzada a concluir que los “negacionistas” son unos descerebrados; no tiene, desde luego, fundamento alguno negar radicalmente la existencia misma del Covid-19. De hecho, dudo mucho que los “negacionistas” hayan llegado a sus descabelladas conclusiones a causa de un sincero deseo de conocer la verdad, así como tampoco me cabe ninguna duda de que los así llamados “antifas”, que están sembrando el caos en Estados Unidos, tampoco lo hacen movidos por una voluntad de “justicia social” tan pura e inocente como se nos pretende hacer ver.

Pero este artículo no trata sobre psicología de masas, sino acerca del uso que de las masas hace el poder. Y hay que tener muy claro que, para “los que mueven los hilos” (¿sonaré demasiado conspiranoico?), tanto los “negacionistas”, como los integrantes del “Black lives matter”, como en general todos los pobrecillos que se hacen a sí mismos partícipes de los movimientos de masas, no son más que monigotes. Algunos de ellos, los que resulten más convenientes, serán tratados con mayor indulgencia, revestidos de un velo de simpatía y, acaso, de adorable ingenuidad, mientras que otros, los que puedan llegar a acercarse, siquiera tangencialmente, a posiciones ideológicas molestas, serán ridiculizados y, de ser necesario, demonizados.

Así se hace conveniente uso de los “negacionistas”: se exhibe en pantalla a unos cuantos patanes diciendo estupideces (¡ay, Miguel Bosé, Moreno mío, esa larga barba tuya no te ha hecho más sabio!) y, de forma más o menos explícita, se viene a ilustrar con su caso hasta qué punto hay que estar mal de la chaveta para desviarse de la doctrina oficial, en este caso acerca del coronavirus. La estrategia es la misma que ya se viene utilizando con apabullante éxito en los últimos tiempos: se proporciona al individuo-masa un estereotipo y una etiqueta, gracias a los cuales, sin el más mínimo ejercicio reflexivo, esté en posición de anatematizar a diestro y siniestro a todo aquel de quien sospeche que puede sostener ciertas ideas prohibidas y deplorables, como que hay ciertas culturas superiores a otras o que las desigualdades de género tienen una raíz biológica, por ejemplo.

De tal modo, el pensamiento propio o, lo que es lo mismo, la forja de una personalidad genuina, se torna todavía más improbable y costosa de lo que ya es de suyo en nuestro tiempo, pues el individuo ya no sólo tiene que sobreponerse a toda una multitud de factores que le empujan a ser un imbécil, cuando no un desgraciado, sino que, además, de ocurrírsele hacerse una arquitectura espiritual propia, de tratar de escapar, de algún modo, de la barbarie, tendrá que hacer frente a los furibundos odios de una horda de esbirros cada vez más cuantiosa, en cuanto que tales desquiciados se ven amparados por una normalidad enfermiza.

Es verdaderamente fascinante, en fin, cómo una sociedad que se convence a sí misma sin descanso de ser defensora a rajatabla de la “diversidad”, procede, con obsesiva insistencia y mediante los medios más viles, a obturar y, si es necesario, destruir, cualquier conato de verdadera rebeldía. De tal manera, igual que toda persona que pretenda ayudar, en lo posible, a mejorar este mundo esquizo, ha de prepararse para la repudia, la incomprensión y, muy probablemente, el odio, también todo aquel que disienta del discurso oficial del coronavirus deberá mentalizarse de que se le tachará de “conspiranoico” o de “negacionista”.

Pero, ¿acaso no se tornan, en labios del infame, las injurias en halagos?

¡Conspiremos, pues!

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