El baile de los deshauciados

Ha vuelto a suceder. Todos los años, con el avance otoñal, se repite la misma escena. La dramática danza la dibujé, en anterior ocasión, con notas armónicas de palabras. Ahora tampoco puedo resistirme. La misma imagen, en el mismo escenario, por la misma causa, y con idénticos resultados, agita de nuevo mi sensibilidad. Incluso la escena me produce ansiedad. Sitúo el mismo problema pero con personas, y la serenidad cardiaca se me altera.

 

. Todos los años, con el avance otoñal, se repite la misma escena. La dramática danza la dibujé, en anterior ocasión, con notas armónicas de palabras. Ahora tampoco puedo resistirme. La misma imagen, en el mismo escenario, por la misma causa, y con idénticos resultados, agita de nuevo mi sensibilidad. Incluso la escena me produce ansiedad. Sitúo el mismo problema pero con personas, y la serenidad cardiaca se me altera.
Los gorriones no pueden entender el misterio. Y es que para ellos, como para el resto de pájaros adaptados a los ambientes urbanos, tiene que ser algo misterioso el hecho de que, con el primer resplandecer del alba, alcen el vuelo de sus respectivas moradas entre ramas y, al atardecer, cuando declina la luz y deciden retornar al hogar, ¡oh sorpresa!, no hay nido, ni rama, ni hojas. La casa ha desaparecido así, de repente, sin avisar. Ellos no saben que la poda otoñal ha comenzado y los servicios que la operan tienen que destruir sus refugios pajareros. Y entonces comienza la danza. Se repite todos los años. Al caer el día, los gorriones que se albergan en los árboles de mi dominio panorámico, vuelan veloces hacia su rama dormidera. Pero ya no está, y tienen que forzar un quiebro circense en pleno vuelo para aterrizar sobre otro objetivo. Algunos lo hacen sobre la repisa de mi ventana. Se muestran nerviosos, desorientados, confusos. No entienden nada. Pían y pían como pidiendo explicaciones. Están sorprendidos. Recorren a saltitos la repisa oteando con inquietud el panorama. Emprenden de nuevo el vuelo y planean sobre su árbol. Deciden posarse sobre la rama gruesa, pelada, amuñonada, que han dejado los de la poda, posiblemente la que soportaba el nido de su camada, pero todo ha desaparecido. Ya no hay refugio.

Y la noche comienza a oscurecer, y los vuelos del desconcierto se repiten. Cada vez son más intensos los piares y, mientras, el número de coralistas aumenta. Se les nota nerviosos, inquietos, plenos de congoja. Además tienen que reaccionar con agilidad, la noche avanza y hay que resolver el nuevo alojo. Pero las alternativas son menores. Casi todos los árboles del entorno han sido pelados. Algunos deciden emigrar. Otros eligen aleros, recovecos, o estancias provisionales. Mañana será otro día.

La escena me conmueve, pero lo hace aún de forma más intensa cuando, en un momento de reflexión, traslado el mismo escenario a situaciones reales, con actores y familias agobiadas y desesperadas que, por adversas circunstancias de la vida misma, han sido despojadas y desahuciadas de sus propieades, de sus viviendas.

 Es la triste danza de los desahuciados.

UNETE



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